Eternidad
Dios es eterno; ni ha tenido principio, ni tendrá fin (Mt 6, 13; Rom 1, 20; 1 Cor 2, 7; Col 1, 26). Jesucristo es también eterno como el Padre (Lc 1, 33. 35; Jn 12, 34; Heb 6, 20-24; Ap 1, 18; 4, 9-10), al igual que lo es el Espíritu Santo (Heb 9, 14). Las cosas propias de Dios y de Jesucristo son también eternas: la gloria (1 Tim 1, 17), el poder (1 Tim 6, 16), el reino (2 Pe 1, 11), el sacerdocio (Heb 7, 17-24), la vida (Mt 19, 16. 29; 25, 46; Mc 10, 17. 30; Lc 10, 25; 18, 18. 30; Jn 3, 15-16. 36; 4, 14; 5, 24; 6, 27-68; 12, 25. 50; 17, 2-3). El alma del hombre, aunque fue creada (por tanto, ya no es eterna en sentido estricto, pues lo eterno es lo que no tiene ni principio ni fin), ya no tendrá fin, no morirá (Mt 10, 28. 39; 11, 25-26; 25, 46; Mc 8, 35-37; Lc 9, 24; 17, 33; 21, 19; Jn 12, 25). Como contrarréplica, los evangelios hablan también de un pecado eterno (Mc 3, 29), de un castigo eterno.
E. M. N.
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