Conciencia
La conciencia importa un acto reflexivo y práctico, que permite juzgar sobre la bondad o la maldad de las acciones. El imperio, la voz de la conciencia, es, debe ser, norma de moralidad. Pero en los tiempos de Jesucristo no existía doctrina alguna sobre la conciencia. La moralidad de los actos se regulaba siempre por las normas externas de la Ley y del formalismo farisaico. No se valoraban las motivaciones de tipo interno. Y esta falta de reflexión interna sobre la conducta humana se acusa también en los evangelios. A pesar de que en ellos encontramos la valoración de las intenciones, como señal decisiva en la moralidad del hombre y el reforzamiento, también de carácter definitivo, de la interioridad de la religión verdadera (cf. Mt 5-8; Lc 11,34-36; Jn 3,11-21). San Pablo dice que la Ley, rectora del comportamiento humano, está inscrita en el corazón del hombre, incluso de los paganos (Rom 2,14). Aunque la conciencia debe ser la norma suprema de la conducta, no debe desenvolverse en autonomía plena, pues por encima de ella hay otra norma más suprema todavía, que es Dios (1 Cor 4,4; 2 Cor 4,2). Conciencia mesiánica.
E. M. N.
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