Adán
La etimología popular dice que Adán proviene de adamaha (tierra). Por eso Adán, el primer hombre, sería el terroso, el que fue hecho del lodo de la tierra y al que Dios infundió el aliento vital (Gén 1,26). Dios le dio, sacándola de él, la ayuda de la mujer. Adán y Eva son el prototipo de la pareja conyugal (Mt 19,4-5). Fueron puestos por Dios en el paraíso, como señores de todo lo creado, pero también sometidos a la prueba de obediencia, que no superaron (Gén 3), lo que es causa del pecado de origen que todos los hombres heredamos. Todos sufrimos la consecuencia de su pecado, la muerte universal, pues todos descendemos de Adán (Act 17,26). San Pablo hace una contraposición entre Adán y Cristo. Si en Adán, el primer hombre, todos morimos -porque en él y como él todos pecamos-, en Jesucristo, el segundo hombre, el nuevo Adán, todos vivimos. Adán trajo la muerte y su resurrección, venció a la muerte misma. Por la desobediencia de Adán entró en el mundo el pecado, la condenación y la muerte. Por la obediencia de Jesucristo tenemos la gracia la justificación y la vida (Rom 5,12-21). Si la muerte a todos nos afecta, la redención de Jesucristo es también universal. El evangelio de San Lucas intenta la comparación de Adán y Jesús en las famosas tentaciones del desierto. Jesús, «hijo de Adán, hijo de Dios» (Lc 3,38), es el verdadero Adán, pues si el primer Adán sucumbe ante la tentación del Demonio, Jesús resiste al Tentador (Lc 4).
E.M.N.
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