Zacaréas, san (3 diciembre 741 - 15 marzo 742)
Su persona. De familia griega, nacido en Calabria, su bilingüismo le permitió traducir los Diálogos de san Gregorio, abriéndoles paso en las Iglesias orientales. I labia sido uno de los principales colaboradores de su antecesor. Tal como Karlo Janlere (Dic Romischec Weltreichsidee und die Entstehung der weltlichen Machi des Papstcs, Turku, 1936) ya señalara con precisión, este pontificado marca un punto de inflexión definitiva: Roma se separa del Imperio de Oriente y se convierte en la cabeza indiscutida de Occidente. La idea de crear unos Estados Pontificios no estaba probablemente en la mente de ninguno de sus protagonistas, pero fue el resultado de una evolución casi inevitable del Patrimonium Petri. Apenas elegido, Zacarías comunicó al emperador su nombramiento, como un gesto de deferencia, sin esperar confirmación. En adelante los papas iban a prescindir de este requisito. El papa buscaba en aquellos momentos un acercamiento a Constantino V (741-775), aunque sin ceder una línea en la posición doctrinal referida a la inococlastia.
Cambió la política de Gregorio III, abandonando la alianza con Trasamundo de Spoleto y tratando de llegar a un entendimiento directo con el rey Liutprando, con quien celebró una entrevista en Trani el año 742. Consecuencia de este diálogo fue una tregua de veinte años, con devolución de las fortalezas, territorios y prisioneros que los lombardos ocuparan en el ducado de Roma. La razón de esta aparente generosidad estaba en el proyecto del monarca de eliminar el exarcado de Rávena reducido ya a la Pentápolis: el 743 lanzó su ofensiva. A instancias del exarca Eutiques, el papa volvió a entrevistarse con el rey, viajando a Pavía, y consiguió que devolviera sus conquistas. Rachis (743-749), sucesor de Liutprando, que era ferviente católico, también se rindió a las demandas y regalos del papa, retirándose del exarcado y firmando una tregua. De este modo se logró una paz, y tanto en Roma como en Rávena se aclamó a Zacarías como verdadero salvador. Pero ya no era el emperador, lejano, sino el papa, quien ejercía las funciones de defensa territorial.
Alianza con los carlovingios. En julio del 749 Rachis fue depuesto e ingresó en un monasterio. Su hermano y sucesor Astolfo (749-756) no estaba dispuesto a guardar a Zacarías las mismas consideraciones. De un solo golpe hizo desaparecer el exarcado (751) sin que Zacarías pudiera hacer nada para evitarlo.
Cuando los legados que Zacarías enviara a Constantinopla a comunicar su elección el año 741 llegaron a aquella ciudad, encontraron sentado en el trono a un usurpador, Artavasdes, yerno de León. Hasta noviembre del 743 no conseguiría el legítimo heredero, Constantino, entrar en Constantinopla restableciendo la normalidad. Ni el emperador, convencido iconoclasta, ni el papa, decidido defensor de las imágenes, querían ahondar en las divergencias doctrinales; mantuvieron una política de frías relaciones amistosas, evitando las referencias a la cuestión que tan profundamente les separaba. Constantino, dueño ahora de Asia Menor, vida para el Imperio, empleaba todas sus fuerzas en la frontera árabe y no podía distraerlas en Italia: hasta el año 749 la diplomacia de Zacarías se mostró eficiente, frente a los lombardos y también en las provincias e islas meridionales.
En Francia, tras la muerte de Carlos Martel, sus hijos Carlomán y Pipino (741-768), llamado «el Breve» por la corta estatura, fueron mayordomos de palacio. La influencia de san Bonifacio creció. En el año 742 culminó el encargo que el papa le hiciera: todos los obispos de Austrasia y Neustria se sometieron a su autoridad como ya lo estaban los de Hesse, Turingia y Baviera, en su calidad de legado vicario. En una serie de sínodos promovió la reforma, siendo punto principal de la misma el reconocimiento del primado romano. En el del año 747 fue leída y aprobada, con plena unanimidad, la carta de fe católica y unidad jurisdiccional aprobada por Zacarías. Se condenaba la iconoclastia, si bien se definía con precisión la doctrina que impedía las exageraciones, y se establecía que, en la Iglesia, todos los obispos estaban sometidos a sus metropolitanos y éstos al papa.
Ese mismo año, 747, Carlomán renunció a su cargo para ingresar en un monasterio. Pipino quedó solo al lado de un fantasma de rey, Childerico III. El 751 una embajada en la que figuraban el obispo de Würzburgo, Burchardo, y el capellán real, Fulrado, viajó a Roma para plantear a Zacarías una cuestión moral: ¿es o no justo que se llame rey el que sólo tiene el título de tal en lugar del que posee todos los poderes? La respuesta del papa permitía establecer un nuevo criterio de legitimidad: «El orden de las cosas de este mundo reclama, conforme a la voluntad divina, que el título de rey lo ostente quien haya sabido hacerse con el poder, antes que el que no haya sido capaz de conservarlo.» Sobre esta base, Pipino, tras haber depuesto a Childerico, enviándole a un monasterio, será proclamado rey por la asamblea de los francos. Lo importante fue que, resucitando el rito bíblico de la unción, y apoyándose en ciertos precedentes visigodos, Bonifacio procedió a ungir, en el nombre de Dios y de su Iglesia, a Pipino y sus hijos.
Fue un cambio muy importante. La unción sacralizaba la realeza, arrancándola de la elección por la asamblea, pero al mismo tiempo la sometía a la Iglesia. Desde este momento el papa, que fuera súbdito del emperador desde la época de Constantino, se colocaba en el vértice de toda autoridad en Occidente; a ella se encontraban subordinadas todas las demás. Zacarías, dueño ya, de hecho, del gobierno temporal de Roma y su ducado, comenzó allí una tarea de reasentamiento de campesinos en tierras abandonadas o roturadas, buscando una afirmación de poder y también una compensación para las rentas perdidas por la confiscación del Patrimonium que decretara León III. Menos opulencia, desde luego, pero una independencia más absoluta.
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