Vitaliano, san (30 julio 657 - 27 enero 672)
Nacido en Segni, localidad cercana a Roma, hijo de Anastasio, gozaba indudablemente de buena opinión cerca del emperador. A ella respondió satisfactoriamente, escribiendo tanto a Constante II como al patriarca Pedro cartas en que, silenciado el Typo y las cuestiones debatidas, manifestaba una fuerte voluntad conciliadora. En aquel momento el avance musulmán sobre Constantinopla recomendaba al emperador un repliegue sobre Italia, donde, entre otras cosas, esperaba hallar recursos para montar la contraofensiva. De modo que la respuesta fue también conciliadora: se inscribió en los dípticos el nombre del papa y, entre otras generosas donaciones, Constante II hizo una confirmación general de los privilegios de que gozaba la sede romana.
Italia vivía un tiempo de fuertes tensiones. Bajo el reinado de Ariperto (653-661) el catolicismo había hecho progresos decisivos entre los lombardos, pero se abría paso en este reino la opinión que codiciaba la conquista de toda Italia. Una guerra civil entre los hijos de Ariperto, Bertaris y Godeperto, dio al duque de Benevento, Grimoaldo, la gran oportunidad. Consiguió proclamarse rey. Pero ahora unidos los ducados con el reino, Roma se hallaba como en el centro de una tenaza, con difíciles comunicaciones. Vitaliano acudió al emperador que había ido a instalarse en Sicilia. Constante hizo un corto viaje a Roma el 663 y fue acogido allí con gran entusiasmo. Aguardaba a los romanos una profunda decepción: los bizantinos no representaban ninguna fuerza, ni siquiera bastante para inquietar a Benevento. Lo que el emperador había ido a buscar a Roma era dinero. Incluso confiscó las puertas de bronce del antiguo Panteón para venderlas.
Vuelto a Sicilia, Constante promulgó un decreto (666) confirmando a Revena como capital del exarcado y disponiendo que, por esta condición, su metropolitano quedaba en adelante libre de cualquier dependencia con respecto a Roma. Sin embargo, cuando el emperador murió asesinado por sus tropas (15 de septiembre 668), san Vitaliano se negó a reconocer al usurpador Mejecio, prestando todo su apoyo al hijo de Constante, Constantino IV (668-685). El nuevo emperador pagó su deuda de gratitud olvidándose del Typos. En aquellas horas sombrías, cuando parecía Constantinopla condenada a sucumbir ante la marea islámica, las «cuestiones bizantinas» quedaban fuera de lugar. Vitaliano negó la comunión al nuevo patriarca Juan V, porque en sus cartas sinódicas seguía mostrándose monotelita, a pesar de lo cual Constantino no consintió que se borrara su nombre de los dípticos.
Dos son las obras que hacen grande la memoria de este papa: organizó la schola cantorum de Letrán, abriendo camino a la música religiosa que se separaba de la tradición profana de Roma hasta entonces dominante. Comenzaba el desarrollo de lo que sería, primero, canto gregoriano, y después, polifonía. Los cantores fueron llamados vitaliani, que es el origen de los italiani. La influencia bizantina sobre esta música, que es como la raíz de todo lo que vino después, resulta fácilmente reconocible. Tras la victoria de Oswy, rey de Northumbria (642-670), sobre la reacción pagana, reorganizó la Iglesia anglosajona, fortaleciéndola en su negativa a rechazar las costumbres irlandesas. Para ello consagró en Roma, como arzobispo de Canterbury, a Teodoro de Tarso, y colocó a su lado dos personajes, el abad Adriano y Benedicto Biscop, que garantizaron la fe calcedoniana de la isla. En ambos casos Vitaliano se limitaba a culminar lo que emprendiera su modelo san Gregorio Magno. En uno de los trabajos que continúan siendo esenciales, Henri H. Howorth The Goldes Days of the Early English Church from the arrival of Theodore to the death of Bede, Londres, 1917) demostró, entre otras cosas, que esta política pontificia convirtió a Inglaterra en una de las grandes bases de la cultura latina en Occidente.
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