Vigilio (29 marzo 537 - 7 junio 555)
Querella de «Los Tres Capítulos». Aunque consagrado el 29 de marzo, Vigilio no fue verdadero e indiscutido papa hasta después del 11 de noviembre. Sobre la marcha advirtió a Antimo y a los otros patriarcas anticalcedonianos que, aunque compartía sus puntos de vista acerca del peligro que significaba el nestorianismo, era preciso obrar con cautela. Buscó ante todo el modo de reforzar su poder en Occidente, confirmando el vicariato de Arles y estableciendo con Profuturo de Braga, metropolitano en el reino suevo, relaciones que garantizaran su sumisión (29 de marzo del 538). Justiniano no podía esperar, pues las divisiones teológicas ponían en peligro su Imperio. Comenzó a desconfiar de aquel papa hechura suya cuando éste afirmó que la fe de la Iglesia coincidía con los cánones de Calcedonia y que repudiaba el monofisismo. En enero del 543 un rescripto imperial condenaba los «Tres Capítulos» (es decir, los escritos en que Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibbas de Edesa defendían la doctrina de las dos naturalezas en Cristo). Menas, patriarca de Constantinopla, firmó el rescripto: en realidad, se trataba de dar satisfacción a los monofisitas, que acusaban muy duramente a los tres autores mencionados. Patriarcas y obispos en Oriente obedecieron al emperador, pero en Occidente se produjo una fuerte resistencia, entre otras razones porque repugnaba a la conciencia que el emperador legislase acerca de lo que debía ser creído.
Vigilio se mantuvo, en principio, al lado de los occidentales. Pero el 22 de noviembre del 545, cuando se hallaba celebrando misa, la policía imperial interrumpió la ceremonia y le prendió; conducido a Sicilia bajo escolta, llegó a Constantinopla en enero del 547. A pesar de sus debilidades, Vigilio era sin duda, sucesor de Pedro, custodio de la fe de la Iglesia. En Constantinopla se apartó de la comunión con Menas y rechazó el decreto justiniano. Era un prisionero, sobre el que pudieron ejercerse presiones y amenazas hasta que, finalmente, su voluntad se doblegó: estableció comunión con Menas y dictó una sentencia, el Iudicatum, rechazando los «Tres Capítulos». Estalló una verdadera tormenta: los obispos de África, que también eran súbditos del Imperio, convocaron un sínodo, excomulgaron a Vigilio (550) y vertieron contra él acusaciones corroboradas por individuos de su séquito, como si hubiera traicionado la fe de la Iglesia. El papa decidió retirar su Iudicatum, llegando a un acuerdo con el emperador: sólo un concilio ecuménico podía disipar las dudas y llegar a una solución. L. Duchessne («Vigile et Pélagie», Rev. Quest. Historiques, 1884) llegó a la conclusión de que el Iudicatum no había sido redactado en la cancillería del papa.
En medio de la tormenta desatada quebraban los designios de Justiniano. Sin esperar al concilio, cuyo lugar y tiempo no estaban fijados, hizo que uno de sus consejeros, Askidas, redactara un nuevo decreto, omologia písteos, confirmatorio de la sentencia contra los Tres Capítulos, y lo promulgó sin dar cuenta al papa. Vigilio, que recobraba el sentido de su autoridad, excomulgó a Askidas y exigió la retirada del edicto; para evitar nuevas vejaciones, se refugió en la iglesia de San Pedro con los clérigos de su séquito. Pero la iglesia fue asaltada por los soldados del emperador y el papa quedó sometido a verdadera prisión domiciliaria (23 de diciembre del 551). Estos avatares servían, sin embargo, para que el pontífice descubriera cuánta era la fuerza moral que le asistía: el emperador necesitaba de su confirmación para evitar que sus actos carecieran de legitimidad. Una noche, Vigilio huyó de su casa, atravesó el Bosforo y se refugió en Calcedonia, precisamente en la iglesia en que se celebrara el concilio del 451.
La fuerza del emperador. Pacientes negociaciones permitieron alcanzar un acuerdo en junio del 552. Se haría la convocatoria del concilio. Aunque el papa propuso Sicilia, Justiniano impuso su voluntad y fue convocado para el 5 de mayo del 553 en Constantinopla. Es el quinto de los ecuménicos. Comprobando que la representación occidental era insignificante, el papa se negó a asistir, pero mantuvo a través del diácono Pelagio un diálogo constante con los padres conciliares, a los que presentó el 14 de mayo una constitución en la que se reconocían 60 proposiciones extraídas de los escritos de Teodoro de Mopsuestia que podían considerarse peligrosas, pero se guardaba silencio sobre los otros dos autores. Justiniano rechazó la constitución y mostró al concilio cartas de Vigilio en que éste se había comprometido a condenar los Tres Capítulos. Entonces el emperador tomó la dirección del concilio; estaba decidido a resolver las cuestiones doctrinales sin reparar en el precio. Dijo que suspendía la comunión con Vigilio, aunque no con la Sede Apostólica, cuya primacía espiritual seguía reconociendo. En su octava sesión, el concilio del 553 condenó solemnemente los Tres Capítulos.
El Imperio dominaba ahora en el Mediterráneo. El año 554 Justiniano promulgó una pragmática sanción reorganizando las provincias de África, Italia y España; equivalía a una confesión de que la reconquista ya no podría ir más allá. Este Imperio se consideraba a sí mismo como la cristiandad y el concilio del 553 aparecía como el máximo logro de una política que comunicaba a sus súbditos, clérigos o laicos, la conducta a seguir. Pero Vigilio se resistía a confirmar los acuerdos, y en esta situación el concilio, rechazado en Occidente, no podía titularse ecuménico. Se ensayaron todos los procedimientos —detención y destierro de los consejeros del papa, amenazas y ofertas— hasta conseguir (8 de diciembre del 553) que Vigilio firmara un largo escrito arrepintiéndose de su defensa de los Tres Capítulos porque al fin «Dios le había abierto los ojos». El 23 de febrero del 554 firmaría una segunda constitución por la que ratificaba todos los decretos del concilio.
Era ya un papa desprovisto de prestigio, acusado de debilidades por los obispos occidentales. En estas condiciones, Justiniano no tuvo inconveniente en autorizar el regreso a Roma, de la que faltaba desde hacía nueve años. Vigilio decidió permanecer todavía un año en Constantinopla a fin de obtener de Justiniano concesiones que le permitieran defender su gestión. ésta es la causa de que en la pragmática sanción se introdujera una cláusula aclaratoria que garantizaba las libertades eclesiásticas en las nuevas provincias. Con esta garantía mínima el papa se decidió a emprender el viaje. Nunca llegó a Roma: murió en Siracusa. Era tal su desprestigio que no fue sepultado en San Pedro, sino en San Marcelo, en la vía Salaria.
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