Silvestre II (2 abril 999 - 12 mayo 1003)
Papa del milenio. Siguiendo los consejos de Odilo, abad de Cluny, Otón III promovió la candidatura de Gerberto de Aurillac, el gran sabio, que lomó el nombre de Silvestre II en memoria del contemporáneo de Constantino. Al cumplirse el primer milenio de vida cristiana, el papa y el emperador proyectaban un retorno a las bases mismas del Imperio, haciendo que Europa fuese verdaderamente cristiandad. Conviene recordar que jamás existió el «terror milenario», una leyenda infantil sin fundamento alguno. Sin embargo, Raúl de Glaber, que escribe en torno al año 1044, ya señaló cómo, en el tránsito de uno a otro milenio, se había advertido una especie de despertar, un empujón hacia arriba que era producto en gran medida de la reforma que los monjes venían difundiendo desde un siglo atrás. La obra de Silvestre II reviste una gran importancia.
Nacido aproximadamente el 945, y de familia humilde, Gerberto estudió en Aurillac y luego en Ripoll, a la sombra del abad Atón, que era al mismo tiempo obispo de Vic, aprovechando su formidable biblioteca. Aquí recogió los materiales para su Introducción a la geometría y entró en contacto con la obra de al-Kwarismí y los números arábigos que pasarían a llamarse «guarismos». Entre ellos estaba el cero, capaz de revolucionar todo el conocimiento matemático: en adelante sería teóricamente posible concebir cualquier magnitud numérica y establecer el cálculo decimal. Con este bagaje, viajó a Roma el 970, sorprendiendo al papa Juan XIII, que le presentó al emperador Otón: sus relaciones con la casa imperial ya no se interrumpirían. Instalado en Reims, el obispo Adalberón le tomó bajo su custodia y le puso al frente de la escuela catedral, una de las primeras que estaban evolucionando, todavía de forma imprecisa, hacia la enseñanza superior que daría los Estudios Generales. Viajando mucho, tuvo la oportunidad de actuar ante Otón II en un debate con el maestrescuela de Magdeburgo, Otrico, estando el emperador en Rávena. Impresionado, Otón le nombró abad de Bobbio en razón de la importante biblioteca que allí se estaba formando.
No era adecuada para el inquieto sabio la vida recoleta del monje. Regresó a Reims, donde se convirtió en la mano derecha de Adalberón. Fueron éstos, según Karl Schultess Papst Silvester ¡I (Gerbert) ais Lehrer und Staatsmann, Hamburgo, 1881), los años decisivos en su formación como líder. Ambos, obispo y maestrescuela, intervinieron en el cambio de dinastía ayudando a Hugo Capeto. Pero el papa intervino en favor de los últimos carlovingios y Hugo prefirió esperar hasta que con la muerte de Luis V (987) se agotó la línea. Un vínculo de agradecimiento se estableció entre el rey de Francia y el sabio matemático y astrónomo. A pesar de todo, cuando murió Adalberón, las esperanzas de Gerberto en convertirse en su sucesor no se cumplieron, pues Hugo prefirió dar la sede de Reims como compensación a un bastardo carlovingio, hijo de Lotario, llamado Amoldo. Hugo trató de rectificar más tarde, al comprobar que Amoldo conspiraba contra él. En páginas anteriores ya hemos visto cómo los papas sostuvieron a Amoldo y las ambiciones de Gerberto quedaron defraudadas.
Universalidad. Perdida la partida de Reims, Gerberto se incorporó a la corte de Otón III, siendo uno de los principales consejeros del jovencísimo emperador. Desde abril del 998 ocupaba la sede de Rávena. Una vez elegido papa defendió con energía las mismas tesis de superioridad pontificia que antes le perjudicaran: confirmó a Amoldo como obispo de Reims, castigando a quienes conspiraran contra él; demostró, sobre todo, ser un campeón de la reforma, combatiendo los tres males que aquejaban a la Iglesia: simonía, nicolaísmo y nepotismo. La reforma tendría en adelante objetivos concretos.
M. de Ferdinandy («Sobre el poder temporal en la cultura occidental alrededor del año 1000», A. Hist. Medieval, Buenos Aires, 1948), siguiendo la línea de Schramm, describe la obra conjunta de Otón III y Silvestre II como la creación de un Imperio cósmico, esto es, ordenado en círculos en torno a Roma, del que resultaría una Europa extraordinariamente agrandada y convertida ya en Universitas christiana, comunidad de hombres unida en el bautismo. En ella entraban a formar parte, con los antiguos reinos, Polonia, donde Boleslao usaba el título de rey, y Hungría, donde Waljk, convertido en Esteban (1001-1038) tras su cristianización, recibió del propio papa la corona.
Esta tendencia a la universalidad molestaba a la aristocracia romana. En febrero del 1001 estalló una rebelión y Silvestre y Otón tuvieron que abandonar precipitadamente la ciudad. Aunque el papa regresó el año 1002, reasumiendo su autoridad, le faltaba ya el apoyo esencial de Otón, fallecido el 23 de enero del mismo año, sin herederos directos. Juan II Crescencio desempeñaba las funciones de patricio y el papa estaba de nuevo reducido a funciones sacerdotales cuando murió.
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