Péo X, san (4 agosto 1903 - 20 agosto 1914)
Personalidad y carrera eclesiástica. San Pío X aporta a la etapa de los grandes pontificados de la época contemporánea no sólo su destacado magisterio, sino también el ejemplo de su vida santa (G. Dal-Gal, Pío X. El papa santo, Madrid, 1985, traducción de la edición italiana de 1954). Fue beatificado (3 junio 1951) y canonizado (29 mayo 1954) por Pío XII; el último papa proclamado santo antes que él fue san Pío V (1566-1572).
San Pío X había nacido (2 junio 1835) en Riese, un pueblecito de la diócesis de Treviso, al nordeste de Italia. Se le impuso el nombre de Giuseppe Melchiorre. El cabeza de familia, Giovanni Battista Sarto, era alguacil y por todo patrimonio poseía unos cuantos palmos de tierras de labranza, la casa y una vaca, por lo que la madre, Margherita Sansón, tenía que contribuir a aumentar los ingresos con el trabajo de costurera, además de atender a su numerosa familia. El matrimonio tuvo diez hijos, dos de los cuales murieron a los pocos días de nacer, de manera que Giuseppe se convirtió en el mayor de los dos chicos y las seis chicas de los Sarto.
Riese no tenía más que una pequeña escuelita primaria, donde Giuseppe Melchiorre Sarto dio muestras de poseer un gran talento. Por entonces, el arcipreste, don Tito Fusarini, descubrió las primeras señales de su vocación sacerdotal. Pero como la pobreza de los Sarto hacía impensable su ingreso en el seminario, don Tito propuso a su padre que el niño prosiguiera los estudios en Castelfranco, donde funcionaba una escuela secundaria, pensando en convalidarlos más tarde en el seminario. Castelfranco distaba siete kilómetros de Riese y tampoco había posibilidad de costearle allí una pensión, por lo que su madre le preparaba cada día la comida y Giuseppe hacía la distancia a pie. Salía de Riese de madrugada y regresaba por la noche; al cabo de unos días, las caminatas fueron destrozando sus sandalias, así es que, sin decir nada a sus padres, decidió hacer el recorrido descalzo, pues de sobra sabía él que no habría dinero para renovar el calzado (J. M. Javierre, Pío X, Barcelona, 1951). El esfuerzo de Sarto causaba admiración entre sus gentes, por lo que compadecida de él la buena signora Annetta de Castelfranco, a cambio de que enseñara las primeras letras a sus hijos, le permitió pernoctar en su casa durante los meses de invierno de lunes a sábado. En 1850, después de cuatro años de idas y venidas, concluyó sus estudios en Castelfranco con las notas máximas. Gracias a que don Tito consiguió del cardenal de Venecia una beca, pudo ingresar en el seminario de Padua, donde destacó por su compañerismo, su inteligencia y su piedad. Aunque en mayo de 1852 falleció su padre, a su madre ni se le pasó por la cabeza que su hijo mayor abandonara el seminario y la viuda cargó sobre sí la responsabilidad de sacar económicamente a la familia.
Ordenado sacerdote en 1858, fue de inmediato enviado como coadjutor a Tombolo y más tarde como párroco a Salzano en 1867 (E. Bacchion, Pio X. Giuseppe Sarto, arcipretre di Salzano, Padua, 1925). En 1875, el obispo de Treviso le nombró canónigo de la catedral, secretario de la curia diocesana y director espiritual del seminario (G. Milanese, Cenni biografici di Pio X, Treviso, 1903). Por los testimonios y las pruebas aportadas en los procesos de beatificación y canonización se conocen muchos detalles de su vida; así, por ejemplo, se sabe que cuidaba con esmero su predicación, pues se pudieron recoger los esquemas manuscritos de sus homilías de todos los domingos y fiestas litúrgicas, lo que permite afirmar documentalmente que se preparaba siempre y por escrito todas sus intervenciones. Sus contemporáneos (L. Ferrari, Pio X: Dalle mié memorie, Vicenza, 1922) destacan cinco rasgos fundamentales del sacerdote Sarto: el recogimiento con el que celebraba la misa, la dedicación a todas las almas traducida en las muchas horas que permanecía en el confesonario, su afán por la catequesis de los niños, la promoción de vocaciones sacerdotales y la seriedad con la que se aplicó después de ser ordenado a repasar y ampliar sus estudios de teología.
En 1884 fue nombrado obispo de Mantua, cuyo seminario por falta de medios y profesores apenas funcionaba, además de tener a su cabeza a un rector cuya vida no era nada ejemplar. En principio mantuvo al rector, pero el obispo supervisó personalmente la dirección del seminario, se encargó de dar las clases de las cátedras vacantes y con el tiempo acabó por licenciar al rector y asumir él mismo sus funciones. Vivió muy cerca de sus sacerdotes, a quienes visitaba en sus parroquias con frecuencia. Pero no eran las suyas unas visitas de inspección, sino jornadas de aliento y colaboración con sus sacerdotes, a los que en ese día ayudaba a confesar y a enseñar la catequesis de los niños. En 1888 convocó el sínodo diocesano que hacía dos siglos que no se reunía. Todas estas labores de gobierno las hizo compatibles con su ministerio pastoral directo, pues el obispo Sarto permanecía muchas horas en su confesonario de la catedral de Mantua a disposición de sus penitentes y se encargaba de explicar el catecismo en las parroquias que circunstancialmente carecían de párroco. Por lo demás, era bien sabido en Mantua que al obispo le gustaba estar mezclado entre la gente y que las puertas del palacio episcopal estaban abiertas a todo el mundo. Allí acudían personas de toda condición, especialmente los pobres, para acogerse a la más que probada generosidad de Sarto.
En 1891, León XIII le ofreció la sede patriarcal de Venecia, que llevaba implícita la púrpura cardenalicia. Sarto rehusó por considerarse indigno, lo que a más de uno dejó desconcertado en Roma. Tras una segunda propuesta en 1893, comprendió que no tenía más remedio que aceptar. Fue entonces cuando se creó una tensa situación debido a la actitud regalista del gobierno italiano, al negarse a dar el exequátur regio al cardenal e impidiéndole hacer su entrada en Venecia, aduciendo derechos históricos de la época de Pío IV (1559-1565). Sin embargo, la presión popular doblegó al gobierno italiano y por fin pudo hacer su entrada (24 noviembre 1894). Poco después de llegar a Venecia escribió su famosa carta pastoral sobre la música sagrada, base de su posterior motu proprio —ya como papa— Tra le sollecitudini, publicado en la fiesta de Santa Cecilia (22 noviembre 1903), considerado por los liturgistas como la carta magna de la restauración de la música religiosa, que permitió entre otras cosas el resurgir del gregoriano y que el órgano volviera a los recintos sagrados. Por lo demás, en nada cambió su línea de actuación, trazada ya con nitidez desde que fue designado coadjutor de Tombolo: predicación, catequesis, confesonario, atención del seminario, formación del clero, visitas a los enfermos, contacto con los pobres y atención a los marginados; en 1900 organizó unos ejercicios espirituales en la cárcel de Guidecca, en los que el mismo cardenal quiso recibir las confesiones de los reclusos, pronunciar el último sermón y participar en la fiesta final, en la que los presos le compusieron versos y le cantaron coplas.
A lo largo de toda su vida cuidó con especial esmero el culto eucarístico. Por eso, como reparación del sacrilegio que se había cometido en la iglesia de los Carmelitas, convocó un Congreso Eucarístico en 1897, que tuvo gran eco en toda Italia. Y, por supuesto, en Venecia, como ya había hecho en los destinos anteriores, fomentó la comunión frecuente entre los adultos y los niños. Contra la costumbre de entonces de no recibir la primera comunión hasta los doce años, él ya entonces la impartía en cuanto tenían uso de razón, aspecto éste que —como se verá— será una de las notas más peculiares de su magisterio pontificio.
Antes de partir para el cónclave se dirigió a sus fieles de Venecia en estos términos: «Rezad para que Dios dirija la elección reuniendo los votos sobre aquel que, por su virtud, su inteligencia y su fervor apostólico sea digno sucesor de León XIII.» El cardenal Sarto no era consciente de que había trazado su propia biografía con estos rasgos, precisamente en los que se fijaron 50 de los 62 cardenales reunidos en el cónclave que había comenzado el 31 de julio y que concluyó con ese resultado. Fue en este cónclave donde Jan Puzyna (1842-1911), cardenal de Cracovia —ciudad en la órbita de Austria—, vetó en nombre del emperador de Austria al anterior secretario de Estado, el cardenal Rampolla (1843-1913), pues Francisco José I (1848-1916) le consideraba enemigo de la Triple Alianza (Alemania, Austria e Italia) por su política de acercamiento a Francia y Rusia. No tuvo gran efecto el veto, pues después de pronunciado aumentaron los votos a favor de Rampolla, pero el incidente sirvió para reafirmar la independencia de la Iglesia. Pues si explicables podían ser estos usos antiguos, cuando el papa era también un soberano temporal, ahora carecían de sentido. Una de las primeras disposiciones de san Pío X fue firmar la constitución apostólica Commisum nobis (20 enero 1904), en la que se castiga con la excomunión latae sententiae reservada al romano pontífice a cualquiera de los participantes en los cónclaves de elección del papa que aceptara «encargo de potestad civil para oponer veto, ni siquiera en forma de simple deseo».
Los diez últimos años del pontificado de León XIII se vieron afectados por una tremenda agitación, basta con recordar que en torno a ese período a las ya de por sí graves crisis sociopolíticas se vino a añadir una serie de magnicidios. Entre otros, fueron asesinados los siguientes personajes: el presidente de la República francesa, Marie Francois Sadi Carnot (1837-1894) en 1894; el presidente del gobierno español, Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897) en 1897; la esposa de Francisco José I y emperatriz austríaca, Isabel Wittelsbach en 1898; el rey de Italia, Humberto I (1878-1900) en 1900; el presidente de los Estados Unidos, William McKinley (1843-1901) en 1901. Aún no se había establecido la calma cuando fue elegido san Pío X; por el contrario, empeoró todavía más la situación y prosiguieron los magnicidios: en 1808 fueron asesinados el rey de Portugal y su heredero, y en 1912 le sucedía lo mismo al presidente del gobierno español, José Canalejas (1854-1912). San Pío X moría pocos días después del atentado de Sarajevo del que fue víctima el heredero de la corona austríaca, el archiduque Francisco Fernando (1863-1914), cuyo asesinato desencadenó la Primera Guerra Mundial. Por otra parte, como se verá, las relaciones diplomáticas de todos estos países con la Santa Sede sufrieron un grave deterioro o se liquidaron por ruptura. A su vez, la vida interna en la Iglesia tampoco era una balsa de aceite; san Pío X llegaba al Vaticano cuando comenzaban a aparecer los primeros síntomas del modernismo, movimiento al que el papa tuvo que hacer frente en los años centrales de su pontificado.
El magisterio y el gobierno de la Iglesia de san Pío X. San Pío X, como vicario de Jesucristo, hizo oír su voz en medio de esta calamitosa realidad; con diligente valentía daba a conocer su análisis y sus remedios a la crisis en su encíclica inaugural E supremi apostolatus (4 octubre 1903): «Nuestro mundo sufre un mal: la lejanía de Dios. Los hombres se han alejado de Dios, han prescindido de él en el ordenamiento político y social. Todo lo demás son claras consecuencias de esa postura.» Y a continuación advertía san Pío X a quienes, «por aplicar medida humana a las cosas divinas», pudieran entender las anteriores palabras como una toma de partido, que «los planes de Dios son nuestros planes; a ellos hemos de dedicar todas nuestras fuerzas y la misma vida». Así pues, siguiendo la costumbre de elegir un lema para su pontificado y para dejar claro que su propósito no era otro que el de procurar que los hombres se volvieran a someter a Dios, san Pío X tomó prestadas para su divisa las siguientes palabras de san Pablo: «Instaurare omnia in Christo» («Restaurar todas las cosas en Cristo»).
Como se dijo, san Pío X en la misma encíclica programática, tras denunciar los males, señalaba también los remedios. En su conjunto constituían, en definitiva, el programa que realizó a lo largo de su pontificado. En efecto, no se puede limitar el juicio histórico sobre san Pío X, exclusivamente, a la condena del modernismo. Si se quiere proceder con rigor hay que estudiar históricamente el mandato de cada sumo pontífice, y eso sólo es posible si se analizan las decisiones de los sucesores de san Pedro en relación con el cumplimiento de la misión propia que les corresponde y que se identifica con el fin sobrenatural de la Iglesia. Y conviene no perder de vista que el fin de la Iglesia, fundada por Jesucristo no es otro que la santificación de todos sus miembros. Desde esta perspectiva se puede afirmar que el pontificado de san Pío X es uno de los más fecundos y renovadores de la historia, por cuanto sus decisiones promovieron la renovación de la vida cristiana y afianzaron la eficacia del gobierno interno de la Iglesia.
En cuanto a la renovación de la vida cristiana, el magisterio de san Pío X se nos presenta ante todo como emanado de un gran pastor de la Iglesia, a cuyos fieles impulsó hacia la vida interior, como medio imprescindible para que cada alma se identifique con Jesucristo y alcance así la santidad; sin duda, sus efectos no fueron visibles de inmediato, pero se dejaron sentir en toda su profundidad en los años posteriores a su pontificado. Fueron muchas las decisiones que tomó en este sentido, por lo que para una mejor comprensión las resumiremos en estos cuatro aspectos: la formación doctrinal de los fieles, la atención a los sacerdotes, la devoción cucarística y la reforma litúrgica. Y, respecto al gobierno de la Iglesia, hay que referirse a las nuevas disposiciones adoptadas por san Pío X para la celebración de los cónclaves, la reforma de la curia romana y la codificación del derecho de la Iglesia.
Tanto por medio de sus escritos como por su ejemplo personal, san Pío X promovió todos estos objetivos. Así, para resaltar la importancia que para la práctica religiosa tiene la formación doctrinal, siguió enseñando personalmente el catecismo hasta 1911 en el cortile de San Dámaso y en el de Pina en el Valicano; además, elaboró el catecismo que lleva su nombre, dirigido en principio para la diócesis de Roma y que después se adoptó para toda la cristiandad, a partir de 1912. De la importancia de la predicación y de la catequesis habla su encíclica Acerbo nimis (15 abril 1905). Por otra parte, ya en su encíclica inaugural se había referido san Pío X a la preparación intelectual y espiritual del clero y recordaba a los obispos que el cuidado de los seminarios debía convertirse en el principal afán de todos sus trabajos. En la exhortación Haerent animo (4 agosto 1908), fechada el día de la celebración de sus bodas de oro sacerdotales, especificaba a todos los sacerdotes los medios a emplear para conseguir «una virtud nada vulgar», esto es, la santidad: espíritu de oración, rezo del breviario, lectura espiritual, exámenes de conciencia y frecuencia en la recepción del sacramento de la penitencia, asistencia a ejercicios espirituales y celo por la salvación de las almas. En dicha exhortación quedaba bien patente lo mucho que esperaba el papa de la santidad de los sacerdotes: «si en el orden clerical se restaurare y se aumentare la vida de la gracia sacerdotal, nuestros restantes proyectos de reforma en toda su amplitud tendrán, Dios mediante, mucha mayor eficacia»; por lo que concluía san Pío X su exhortación Haerent animo aplicando a los sacerdotes la súplica evangélica («Padre santo, santifícales») y poniendo como intercesora de su ruego «a la augusta Virgen Madre, Reina de los Apóstoles». Todas estas enseñanzas dirigidas a los sacerdotes se reforzaron con la beatificación del cura de Ars, al proponerle como modelo de vida de sacerdote santo. Además, san Pío X será siempre recordado como el papa que fomentó el culto a la eucaristía, la comunión frecuente y a ser posible diaria (decreto Sacra Tridentina Synodus, 20 diciembre 1905) y quien rebajó la edad para que los niños pudiesen recibir la primera comunión al llegar al uso de razón (decreto Quam singulari, 8 agosto 1910), medidas todas ellas decisivas en orden a la consecución de la santidad cristiana y que adquirieron una aceptación universal, desde que se promulgaron hasta el presente. Y en cuanto a la reforma litúrgica, además de recordar la referencia que hicimos anteriormente al motu proprio Tra le sollecitudini, en el que se instaba a la «participación activa de los fieles en los sacrosantos misterios y en la plegaria pública de la Iglesia», hay que señalar la reforma del breviario que recogió la constitución apostólica Divino afflatu (1 noviembre 1911).
En cuanto al gobierno de la Iglesia, además de asegurar mediante la constitución apostólica Commisum nobis la independencia de los participantes en los cónclaves al penar con la excomunión a quienes ejercieran el veto sobre algún candidato —como ya se vio—, aseguró la libertad de quien fuera elegido, al promulgar junto con la anterior otra constitución, Vacante Sede Apostólica (24 diciembre 1904), que invalidaba cualquier pacto o condicionamiento que hubiese estado ligado a los votos durante la elección. San Pío X también reformó la curia romana, que todavía se regía por los estatutos de Sixto V (1585-1590) de 1587; por el paso del tiempo había sagradas congregaciones que ya no tenían razón de existir, mientras que otras estaban sobrecargadas y con competencias entrecruzadas, de modo que, mediante la constitución apostólica Sapienti Consilio (29 junio 1908), las redujo de veinte a once y agilizó su trabajo. Además de las congregaciones, estableció en la curia tres tribunales y cinco officia y definió con claridad las competencias de cada una de estas instituciones. Por último, san Pio X decretó la reforma del Código de derecho canónico que a su muerte dejó muy avanzada, por lo que correspondió a Benedicto XV su promulgación en 1917.
San Pío X designó como secretario de Estado a un joven prelado español de 38 años, que había actuado como secretario del cónclave, Rafael Merry del Val (1865-1930), por su piedad y su espíritu sacerdotal, por su modestia y su santidad —según manifestó a cierto cardenal el propio pontífice—, pero también por ser un políglota, ya que nació en Inglaterra, se educó en Bélgica, era de nacionalidad española, vivió en Italia, además de ser hijo de diplomático y serlo él mismo, por lo que conocía los problemas de los países. Cualidades todas ellas a las que venía a sumarse su condición de no tener ningún compromiso con nadie, debido a su juventud. Merry del Val fue un buen colaborador del papa, y se mantuvo como secretario de Estado hasta la muerte de san Pío X (R. Merry del Val, El papa X. Memorias, Madrid, 1954).
La persecución de la Iglesia en Francia. El ascenso a la presidencia del gobierno francés de émile Combes (1835-1921), en junio de 1902, supuso una nueva persecución para la Iglesia en Francia. Combes había sido un seminarista de un talante intransigente que llegó a doctorarse en filosofía escolástica. «La revolución —llegó a escribir en estos años— que comenzó por la declaración de los derechos del hombre, ha de terminar proclamando los derechos de Dios.» Pero sus superiores no le admitieron a la recepción del subdiaconado y abandonó el seminario, dando un giro radical a su vida: «En esta época —manifestaba tras la mutación— en que las antiguas creencias más o menos absurdas y en todo caso erróneas tienden a desaparecer, los principios de la vida moral se refugian en las logias.» Acabó militando en el radicalismo político y en la masonería con tal sectarismo que el propio Clemenceau (1814-1929), líder de los radicales socialistas, define a Combes «como cerebro de cura viejo, no cambiado, sino simplemente salido de raíles».
Pues bien, Combes, que ya durante el pontificado de León XIII había comenzado sus ataques contra las órdenes religiosas, en junio de 1904 rompió las relaciones con la Santa Sede y suspendió el concordato vigente desde 1801. Daba así un primer paso para de manera unilateral —sin el concurso de Roma— fijar un nuevo estatuto a la Iglesia en Francia, que es lo que se conoce como la Ley de Separación de la Iglesia y el Estado francés de 1905. Pocos días después de la ruptura de 1904, se presentaron varios proyectos de ley y comenzaron los trabajos parlamentarios. Sin embargo, Combes no pudo ver aprobada esa ley como primer ministro, pues fue apartado del gobierno al descubrirse el «escándalo de las fichas» o ficheros secretos de funcionarios y militares a los que de un modo arbitrario se les podía ascender o paralizar en función de que fuesen o no adeptos. Su sucesor, Maurice Rouvier (1842-1911), sería quien promulgase dicha Ley de Separación el 9 de diciembre de 1905.
La Ley de Separación de 1905 no reconocía a la Iglesia personalidad jurídica, por lo que dejaba de ser sujeto de derechos (J. Kerleveo, L’église catholique en régime pangáis de séparation, París, 1970). En consecuencia, todos los bienes de la Iglesia en Francia quedaron sin propietario, por lo que había que crear un nuevo dueño para esos bienes y se quiso buscar en unas futuras sociedades a constituir, que se denominaron «asociaciones cultuales». Las asociaciones cultuales, compuestas por laicos, recibirían su capacidad de la ley civil; a la vez, el texto legal prohibía la intervención de la jerarquía eclesiástica en las mismas. De este modo, se arrebataba a los católicos un derecho natural inalienable, pues tal disposición legal suponía que el derecho a la práctica de la religión emanaba del Estado, además de arrojar a los católicos franceses a la anarquía religiosa y al cisma, porque esas asociaciones cultuales y sólo ellas serían las que podrían disponer de los lugares de culto, al margen o en contra de lo que pudiera decir el párroco o el obispo. Por último, la ley daba un plazo de un año para constituir las asociaciones cultuales, porque de no hacerlo así el Estado se apropiaría de todos los bienes de la Iglesia.
Nadie dudaba de que la amenaza iba en serio. Ante la posibilidad de perderlo todo, el gobierno francés estaba convencido de que el papa ordenaría de inmediato a los fieles franceses que constituyeran las asociaciones cultuales. Esos eran sus cálculos porque, a pesar de la claridad de san Pío X en su encíclica inaugural, las autoridades francesas no podían comprender cuáles eran de verdad los «planes» de san Pío X:
Sé cuántos andan preocupados —dijo el romano pontífice en estas fechas— por los bienes de la Iglesia. A mí sólo me inquieta el «Bien». Perdamos las iglesias, pero salvemos la Iglesia. Miran demasiado a los «bienes» y poco al «Bien» (J. M. Javierre, El mundo secularizado, 2, en A. Fliche y V. Martín, Historia de la Iglesia, t. XXV [2]).
San Pío X, mediante la encíclica Vehementer (11 febrero 1906), condenó la Ley de Separación; meses después otra encíclica, Gravissimo (10 agosto 1906), rechazaba tajantemente las asociaciones cultuales. Por su parte, los obispos franceses celebraron tres asambleas plenarias para tratar de buscar alguna salida, y ante la imposibilidad de encontrarla acabaron por cerrar filas al lado del papa. El conflicto era gravísimo, pero se volvía ahora contra el gobierno, que veía pasar los días sin que se cumplieran sus objetivos de construir una Iglesia nacional y laica, dependiente del Estado. Y a la vista de que se agotaba el plazo fijado, decidió prorrogarlo. Fue inútil; san Pío X, en una nueva encíclica, Une fois encoré (6 enero 1907), manifestaba de nuevo su firme postura y calificaba la disposición legal como «ley de expoliación». El 13 de abril de 1908 comenzó la incautación de todos los bienes, por lo que la Iglesia en Francia perdía todo su patrimonio en bienes muebles e inmuebles y por supuesto se retiró la subvención que el clero venía recibiendo desde 1801, según lo acordado en el concordato. Al igual que sucedió durante la Revolución francesa, la Iglesia era despojada de todas sus pertenencias. En las páginas del Journal Officiel de 1908 se pueden consultar las largas listas de tantos lugares de culto y objetos religiosos que fueron a parar a manos particulares. La Primera Guerra Mundial sorprendió al gobierno francés elaborando nuevas leyes anticlericales para tapar cualquier resquicio, por pequeño que fuera, por el que la Iglesia se pudiera hacer presente en la sociedad francesa.
La Iglesia en Italia. La acción de la Opera dei Congressi se había enturbiado, ya durante el pontificado de León XIII, entre otras cosas porque en su seno operaba el grupo de la democracia cristiana, que el sacerdote Romolo Murri (1870-1944) había orientado hacia el socialismo. El 28 de julio 1904, el secretario de Estado, el cardenal Merry del Val, en carta a todos los obispos italianos les manifestaba que el papa en vista de la falta de concordia y de unidad para llevar a cabo sus propósitos, había decidido disolver la Opera dei Congressi. Poco después, se anunciaba la creación de otro organismo que sustituiría a la Opera dei Congressi y se supo también que san Pío X, sin anular totalmente el non expedit de sus antecesores, lo iba a regular de modo que pudiera haber católicos que fuesen diputados, pero sin formar un partido confesional. Por fin, la encíclica II fermo proposito (11 junio 1905) daba a saber a los católicos italianos —y naturalmente por extensión a los del todo el mundo— las pautas que deberían seguir en sus actuaciones públicas.
Ante todo esto, el clérigo Romolo Murri se rebeló y fundó en Bolonia la Liga Democrática Nacional (noviembre 1905) en la que se integraron parte de sus antiguos seguidores de la Opera dei Congressi, conocidos como democra-tacristianos. El grupo de Murri, que en 1902 tenía 6.000 personas inscritas, pasó a 1.600 en 1906, de los que no pocos eran recién llegados. Y es que ese mismo año, san Pío X en la encíclica Pleni l’animo (28 julio 1906), sobre la educación del clero joven, desautorizó al partido de Murri y prohibió a los clérigos que se inscribieran en él. La condena del modernismo y su enfrentamiento abierto contra el papa significó el abandono de la Iglesia por parte de Murri. Por lo demás, la Liga Democrática Nacional desapareció en 1922, y él, abandonado por sus correligionarios, vivió en soledad sus últimos años. Tras varios intentos fallidos para recuperarle, Pío XII se dirigió a Murri por carta personal en la que le recordaba los años vividos como condiscípulos en el colegio de Capranica y le abría la puertas de la Iglesia. Mostró su arrepentimiento en 1943 y murió al año siguiente.
La encíclica II fermo proposito daba un sentido preciso a la Acción Católica —que Pío XI reorientará a partir de 1928, cambio de rumbo que permite hablar de otra Acción Católica diferente— como instrumento para restaurar todas las cosas en Cristo. Así, la Acción Católica de san Pío X acogería toda la actividad de los católicos, en cuanto que católicos, para abrir a Jesucristo la familia, la escuela... la sociedad, en suma, con el fin de restaurar y promover una civilización cristiana. La Acción Católica, para operar en Italia, creó un organismo llamado Unione Popolare, que según sus estatutos estaría formada por cuatro secciones, cada una de ellas con las misiones específicas que indican sus nombres: la Unión Popular, como órgano de formación, la Unión Económico-social, la Unión Electoral Católica y la Juventud Católica Italiana. Las presidencias de estas cuatro asociaciones formarían la dirección general de la Acción Católica en Italia.
En consecuencia, y por lo que se refiere a los aspectos políticos de Italia (A. W. Salomone, Italy and the Giolittian Era, Pennsylvania, 1960), se superaba la fase de la abstención del non expedit. A partir de ahora los católicos debían prepararse para que, de acuerdo con las normas de los obispos en cada una de las diócesis, influyeran en las distintas elecciones. Por otra parte, en el documento pontificio // fermo proposito, san Pío X al referirse a todas estas actividades y movimientos de los católicos hacía una mención expresa al papel que correspondía a los sacerdotes. En uno de sus párrafos, tras advertirles que la demasiada atención a las cosas materiales les puede llevar a desatender lo más importante que se les ha entregado, esto es, su ministerio propio de sacerdotes, san Pío X afirma: «el sacerdote ha de conservarse por encima de todos los humanos intereses [...] y su campo propio es la Iglesia». Daba así a entender el sucesor de san Pedro que sólo desde la alta estima que merece la misión sacerdotal, se podrían evitar injerencias de los clérigos en el ámbito de la acción temporal, reservado para el resto de los fieles que no han recibido las órdenes sagradas.
Como consecuencia de la encíclica II fermo proposito, en las elecciones italianas de 1909 entraron en el Congreso 24 católicos. En diciembre de 1912, el conde Gentiloni, presidente de la Unión Popular, pudo llegar a un pacto con Giolitti (1848-1928), jefe del gobierno italiano, para que en las elecciones de 1913 pudieran figurar 55 católicos en las candidaturas de los gubernamentales, a cambio de que los católicos en el resto del territorio apoyasen las listas liberales, siempre que éstas no atacasen a la familia, a la enseñanza religiosa y a las congregaciones de frailes y monjas, de las que en definitiva dependía casi en absoluto dicha docencia religiosa. Realmente, los resultados no fueron espectaculares, pues sólo consiguieron el acta de diputado 35 católicos, pero de todos modos se sentaron los precedentes para que después de la Gran Guerra, anulado el non expedit por Benedicto XV, don Sturzo (1871-1959) fundara el Partito Popolare, precedente inmediato de la Democracia Cristiana italiana.
La Iglesia en Alemania, Portugal y España. En cuanto a Alemania (W. Carr, A History of Germany, 1815-1945, Londres, 1969), cuando a principios de siglo el Zentrum alcanzaba su mayor desarrollo, sobrevino la crisis del partido. Al ser ya un recuerdo la persecución religiosa de la Kulturkampf y perder sentido el voto católico de años precedentes, se enfrió su masa electoral y sus dirigentes se dividieron en torno a la conveniencia de hacer un partido inlerconfesional. A todo ello venía a unirse las acusaciones de que eran objeto los dirigentes del Zentrum de ser antipatriotas y oscurantistas. Por todo ello, los hombres del Zentrum del llamado grupo de Colonia reclamaban una apertura interconfesional del partido; por el contrario, sus correligionarios del grupo de Tréveris rechazaban el interconfesionalismo. Ambos sectores veían en tan contrapuestos puntos de vista la salida a la crisis. En estas circunstancias, durante las elecciones de 1912 se formó una coalición anti-Zentrum de liberales y socialistas y en esa campaña electoral se acusó a los católicos de ser «romanos» y antialemanes. Fue entonces cuando el Zentrum perdió la posición de primer partido del Reich. La derrota, sin embargo, no supuso una persecución a la francesa, aunque tampoco hubo tiempo para ello. El estallido de la Primera Guerra Mundial dejó ésta y muchas cosas más entre paréntesis, entre otras la futura orientación del Zentrum.
En Portugal, el reinado de Carlos I (1898-1908) fue un auténtico caos (J. Pabón, La revolución portuguesa, 2 vols., Madrid, 1941-1945) que llevó al país a la bancarrota; fue durante esta etapa cuando se suprimieron todas las órdenes religiosas. El intento del rey de implantar una dictadura se saldó con su asesinato y el de su heredero. Nada cambió en la breve monarquía de Manuel II (1808-1910); destronado, huyó y se dio paso a la República, que en política religiosa siguió las pautas del sectarismo francés. El gobierno, apoyado por la masonería, confiscó los bienes de la Iglesia en 1911, rompió relaciones con la Santa Sede dos años después y alentó todavía más la persecución religiosa. San Pío X se ocupó de los problemas de la Iglesia en Portugal en su encíclica Iamdudum in Lusitania (24 mayo 1911). Todas estas medidas supusieron una descristianización de la sociedad, que comenzó a recuperar espectacularmente sus prácticas religiosas a partir de las apariciones de Fátima de 1917.
En España (J. Andrés-Gallego, La política religiosa en España 1889-1913, Madrid, 1975), entre 1903 y 1909 se intentó sin éxito aprobar la Ley de Asociaciones, con el fin de controlar a las congregaciones religiosas. Sin que se hubiera llegado todavía a una solución, en los últimos días de agosto de 1909 tuvieron lugar los acontecimientos que se conocen como la «Semana Trágica» de Barcelona. De nuevo, el sectarismo antirreligioso se manifestaba a la española: grupos incontrolados asesinaron a tres clérigos e incendiaron doce parroquias y cuarenta conventos de la ciudad condal. Al año siguiente se volvió sobre las congregaciones, con la que popularmente se conoce como Ley del Candado, por cuanto prohibía el establecimiento de nuevas órdenes religiosas hasta que no fuera aprobada la Ley de Asociaciones. Y para comprender lo inexplicable hay que recurrir a la ingénita esquizofrenia religiosa de los políticos españoles, religiosos en lo privado y todo lo contrario en público, que permitió elaborar una ley antirreligiosa pero con una cláusula para que no se cumpliera: la Ley del Candado quedaría sin efecto si en el plazo de dos años no se promulgaba la Ley de Asociaciones. Así, los políticos españoles, para maquillarse a la europea, daban muestras una vez más de su inefable capacidad para estar a favor y en contra de la Iglesia, porque además de no hacer falta la previsión sobre el establecimiento de nuevas órdenes religiosas, ya que en España estaban todas establecidas, el proyecto de Ley de Asociaciones ni se discutió. La Ley del Candado no sirvió para nada, salvo para encrespar los ánimos de la sociedad durante todo este tiempo.
Y fue en este clima en el que tuvo lugar la iniciativa del padre Ángel Ayala (1867-1960) de congregar a un grupo de «jóvenes selectos», para llevar a la práctica en España las enseñanzas de la encíclica // fermo proposito de san Pío X. El nuncio impuso (3 diciembre 1909) en el colegio de los jesuítas de Areneros las 17 primeras insignias de la Asociación Católica Nacional de Jóvenes Propagandistas, cuyo primer presidente fue Ángel Herrera Oria (1886-1968). Como en principio no tenían un programa concreto de acción, solicitaron al Vaticano unas normas de comportamiento. El secretario de Estado, a través del cardenal de Toledo y por lo tanto máximo dirigente de Acción Católica, les entregó por carta las orientaciones que solicitaban. Esto era tanto como conceder a la Asociación Nacional un cierto reconocimiento oficial. Ahora bien —proseguía el secretario de Estado en su misiva—, los católicos españoles podían afiliarse a cualquier partido, con la única condición de que esc partido no se declarase enemigo de la Iglesia, y en consecuencia no se podría tachar de ser malos católicos a quienes se inscribiesen en otras organizaciones distintas de la de los Propagandistas. En conclusión, y en línea con el proceder que se había aconsejado a los católicos de otros países, el Vaticano rechazaba la formación de un partido católico, lo que valía también de paso para desautorizar al carlismo en sus pretensiones de representar al catolicismo español. En esta situación, se pensó en que la mayor influencia de la Asociación Nacional podía ejercerse a través de la prensa, por lo que se buscaron recursos económicos entre capitalistas católicos vascos para fundar El Debate en 1911. El Debate, como manifestación de obediencia a la jerarquía, se sujetó por estatutos a la censura del obispo de Madrid y de todos los metropolitanos. El periódico desapareció en 1936, no así sus hombres ni la Asociación a la que pertenecían, a los que volveremos a encontrar en los siguientes pontificados como protagonistas de la vida religiosa y política de España.
El modernismo. Si todos los problemas —descritos hasta aquí— fueron motivo de la preocupación de san Pío X, ni siquiera todos juntos tenían el calado y las consecuencias del modernismo (R. García de Haro, Historia teológica del modernismo, Pamplona, 1972). Todos los conflictos anteriores son externos a la Iglesia; el modernismo, por el contrario, es interno. Hay que reconocer que san Pío X tuvo una claridad por encima de lo común para medir las magnitudes del modernismo, además de una gran valentía para dictar toda una serie de medidas disciplinares para atajar el problema. Quizás en aquel momento nadie como él supo darse cuenta de las consecuencias del modernismo de principios de siglo, cuyos efectos siguen todavía activos al día de hoy.
Las distintas tendencias modernistas se pueden definir como un nuevo intento gnóstico que trata de sustituir los fundamentos doctrinales sobre los que su fundador había edificado la Iglesia, en un afán de desplazar la fe y la Revelación como fundamento del hecho religioso y colocar en su lugar los criterios del racionalismo y de la ciencia positivista. En suma, el modernismo subordina la fe a lo que los modernistas denominan formulaciones de los tiempos modernos, que por ser contradictorias a la fe acaban modificando el depósito entregado por Jesucristo.
El círculo de los modernistas fue muy reducido, realmente eran muy pocos y estaban muy localizados; todos ellos eran clérigos, entre los que destacaban el sacerdote Alfred Firmin Loisy (1857-1940) en Francia, el jesuita George Tyrrel (1861-1909) en Inglaterra o el profesor del seminario romano Ernesto Buonaiuti (1881-1946) y el sacerdote italiano Romolo Murri, anteriormente citado. Ahora bien, a pesar de ser tan pocos dejaron sentir su influencia entre los católicos, en primer lugar por su condición de clérigos de quienes dependen muchas almas y además porque a diferencia de lo acostumbrado por los herejes de abandonar la Iglesia, lo propio de los seguidores del modernismo es permanecer dentro de ella, pues el modernista considera que es su misión reformar la Iglesia de acuerdo con su propio pensamiento. Así, por ejemplo, el modernista en su concepción dialéctica concibe la coexistencia —como tesis y antítesis— de una Iglesia institucional y otra carismática, la primera tradicional y la segunda progresista, gracias a cuyo enfrentamiento surge el avance; naturalmente, en dicha concepción el modernista es el representante de los carismas y del progresismo. De aquí que para ellos no sólo no fuera compatible, sino necesario realizar una crítica contra los fundamentos mismos de la Iglesia y permanecer a la vez dentro de su seno. Por eso la estrategia modernista para evitar una excomunión no utiliza enfrentamientos directos, ni hace afirmaciones tajantes o esconde su personalidad firmando sus publicaciones con seudónimos, como el de Hilaire Bourdon, que fue el utilizado por Tyrrel. Como estratega, nadie tan habilidoso como Buonaiuti, que se las arregló para mantenerse dentro de la Iglesia hasta 1926, a pesar de haber sido excomulgado en dos ocasiones en los años 1921 y 1924.
Los modernistas no articularon un cuerpo orgánico doctrinal y prefirieron seguir la táctica de exponer sus ideas de un modo difuso, utilizando el recurso de las medias verdades. Todo ello, además de dificultar la actuación de las autoridades eclesiásticas en orden a establecer la divisoria entre las publicaciones de contenido erróneo, ofrecía a los modernistas la posibilidad de no darse por enterados, cuando llegase la condena. A pesar de todo, la claridad y coherencia de san Pío X fue meridiana: la fe de la Iglesia no tiene necesidad de adaptarse a nada, por cuanto la plenitud de los tiempos se había producido ya con la revelación de Jesucristo, Dios hecho hombre. Partiendo de este principio básico que salvaguardaba el depósito entregado por Jesucristo, san Pío X denunció los objetivos de los modernistas mediante el decreto Lamentab’üi (3 julio 1907), expuso de un modo organizado la doctrina del modernismo y la condenó en la encíclica Pascendi (8 septiembre 1907), y estableció toda una serie de medidas disciplinares en varios documentos, el más importante de todos fue el motu proprio Sacrorum Antistitum (1 septiembre 1910).
El decreto Lamentabili condena 65 proposiciones modernistas, algunas de las cuales son éstas: la fe propuesta por la Iglesia contradice la historia; la Sagrada Escritura no tiene un origen divino y debe ser interpretada como un documento humano; la resurrección de Jesucristo no fue un hecho histórico, sino una elaboración posterior de la conciencia cristiana; los sacramentos del bautismo y de la penitencia no tienen un origen divino; no hay verdad inmutable y ésta evoluciona con el hombre; la Iglesia, por apegarse a verdades inmutables, no puede conciliarse con el progreso. Y concluía, literalmente el decreto Lamentabili con la 65 y última proposición: «El catolicismo actual no puede conciliarse con la verdadera ciencia si no se transforma en un cristianismo no dogmático, es decir en protestantismo amplio y liberal.»
Por su parte, san Pío X en la encíclica Pascendi, además de indicar los remedios contra la crisis modernista, retrata tres figuras: la del filósofo modernista, la del creyente modernista y la del teólogo modernista. El filósofo modernista, por fundamentar sus ideas en el agnosticismo y reducirse a lo fenoménico, acaba por afirmar el principio de inmanencia vital, según el cual Dios es un producto de la conciencia que el sentimiento de cada uno engendra; así las cosas, la conciencia religiosa, es decir, el «sentimiento» religioso de cada uno, se erige en autoridad suprema, por encima por supuesto del magisterio y de la autoridad de la Iglesia. El creyente modernista debía limitarse a elaborar en su interior su experiencia de lo divino; las creencias, por lo tanto, se identifican con las experiencias singulares. Por último, se refería el papa al teólogo modernista que, por partir del principio de que Dios es inmanente al hombre y que en consecuencia la autoridad religiosa no es sino la suma de todas las experiencias individuales, sostiene que la autoridad eclesiástica debe regirse por criterios democráticos. Este radicalismo religioso, inmanentista, individualista y subjetivo de los modernistas, que vaciaba completamente de sentido a la Iglesia, era condenado por el sumo pontífice, por ser el modernismo —según se lee en la Pascendi— el «conjunto de todas las herejías» con capacidad para destruir no sólo la religión católica, sino cualquier sentido religioso, por cuanto los presupuestos del modernismo cimentan, en definitiva, el ateísmo.
Así las cosas, no había posibilidad de entendimiento y sólo cabían el rechazo firme de tales planteamientos y las medidas preventivas. En este sentido, el motu proprio Sacrorum Antistitum exigió prestar el juramento antimodernista a los profesores de disciplinas eclesiásticas y a los clérigos. Dicho juramento contenía una declaración de fidelidad al magisterio de la Iglesia y el sometimiento al decreto Lamentabili. La iniciativa de san Pío X fue muy bien recibida; en toda la cristiandad sólo cincuenta personas se negaron a prestar el juramento antimodernista.
El final del pontificado en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Los últirnos años de su pontificado se llenaron de preocupación por la dirección que lomaba la política internacional de las potencias europeas. San Pío X presentía un desenlace fatal y a muchos de sus colaboradores cercanos ya.les hablaba del guerrone («la guerraza») que podía sacudir a la humanidad, antes de que estallara la guerra mundial. Días después de iniciarse el conflicto armado, mediante la exhortación Dum Europa (2 agosto 1914) hacía un llamamiento en favor de la paz e imploraba que se pusiera fin a la guerra. Desgraciadamente, san Pío X no fue escuchado. Las noticias de los primeros días de la guerra mundial le dejaron abatido; cuentan sus colaboradores que durante esos días el papa lloraba y rezaba insistentemente. A su médico de cabecera, el doctor Marchiafava, le llegó a manifestar: «Daría en holocausto esta pobre vida mía, para impedir la matanza de tantos hijos míos.»
El día 15 de agosto sintió un malestar general y el día 18 Marchiafava comunicó al secretario de Estado la gravedad de la enfermedad, pues san Pío X tenía encharcados los pulmones. Consciente de que era el fin, el sumo pontífice pidió los últimos sacramentos. Poco después perdió la facultad de hablar aunque conservó la lucidez mental y la mirada. Durante el día 19 en varias ocasiones hizo la señal de la cruz. A las once y media de la noche entró el cardenal Merry del Val en su habitación; durante cuarenta minutos san Pío X le estuvo mirando fijamente a los ojos, mientras cogía la mano de su fiel colaborador. Falleció a la una y cuarto de la madrugada. ’En su breve testamento, redactado en 1909, manifestaba una preocupación y su última voluntad:
Nacido pobre, vivido como pobre y seguro de morir muy pobre, me apesadumbra no poder retribuir a cuantos me prestaron sus servicios, especialmente en Mantua, en Venecia y en Roma. Por tanto, ya que no puedo darles muestras de mi gratitud, ruego a Dios les recompense con sus bendiciones mejores [...] Ordeno que mis restos no sean abiertos ni embalsamados. Por tanto, a pesar de la costumbre contraria, no podrán ser expuestos más que unas horas, y después serán sepultados en la cripta de San Pedro del Vaticano. Pero confío que por eso no me faltarán los sufragios de los fieles que pedirán la paz para mi alma.
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