Péo II (19 agosto 1458 - 15 agosto 1464)
Personalidad y carrera eclesiástica. Eneas Silvio Piccolomini nació en Corsignano, Siena, el 18 de octubre de 1405. Hijo de Silvio Piccolomini y de Victoria Forteguerri, nobles empobrecidos, cursó estudios de derecho en Siena, aunque desde joven se sintió atraído por la cultura humanista. En 1432 dejó los estudios y se puso al servicio del cardenal Capránica, al que acompañó al Concilio de Basilea; después sirvió a Nicolás Albergati, al que acompañó a Borgoña para firmar la paz de Arras (1435), y fue enviado a Escocia con una misión ante el rey Jacobo I (1406-1437). Vuelto a Basilea, llamó la atención de los sinodales por sus grandes dotes de elocuencia y su formación humanista. Después de la deposición de Eugenio IV y la elección del antipapa Félix V, Eneas Silvio se convirtió en secretario del nuevo antipapa y obtuvo diversos despachos que le acreditaron como delegado del concilio. Enviado a la Dieta de Frankfurt de 1442 entró en contacto con Federico III (1440-1493), que se había declarado neutral en la lucha entre el papa de Roma y el concilio, y le nombró secretario de la cancillería imperial.
Durante su estancia en Alemania, por influjo de los cardenales Cesarini y Carvajal, modificó su postura y se pasó a la obediencia romana, lo que también consiguió del emperador, que en 1445 le envió a Roma con una embajada. En Roma declaró a Eugenio IV su arrepentimiento por haber sido uno de los más firmes defensores del Concilio de Basilea y su deseo de tomar el estado eclesiástico, el papa le absolvió de las censuras y le perdonó, y en 1446 recibió las órdenes sagradas.
Desde aquel momento Eneas modificó su conducta y prestó grandes servicios a la Iglesia romana, consiguiendo el fin de la neutralidad alemana con la firma del concordato de Viena (1448). Nombrado obispo de Trieste por Nicolás V, envió al rector de la Universidad de Colonia una carta de retractación, confesando su error por haber seguido las teorías conciliares y explicando las razones por las que había vuelto a la obediencia romana. Trasladado al obispado de Siena, Fernando III le encargó concertar su matrimonio con Leonor de Portugal y conseguir su coronación imperial, recibiendo a cambio el título de consejero del Imperio. En 1456 Calixto III le creó cardenal del título de Santa Sabina y ya permaneció al lado del papa como consejero de las relaciones con el Imperio.
En el cónclave que siguió a la muerte de Calixto III, Eneas Silvio fue elegido papa el 19 de agosto de 1464 con el apoyo de los cardenales italianos, y con gran decepción de los franceses que esperaban la nominación del cardenal Estouteville. El 3 de septiembre recibió la tiara de manos del cardenal Colonna en la basílica vaticana y seguidamente tomó posesión de San Juan de Letrán.
La cruzada contra los turcos. El pontificado de Pío II, como el de su predecesor, estuvo dominado por la cruzada contra los turcos. El año 1459 convocó un congreso en Mantua, en el que se acordó la cruzada, pero no tuvo ningún éxito, porque los príncipes y los señores estaban más preocupados por sus problemas que por la guerra contra los infieles.
En la política italiana llevó a cabo una función mediadora entre los diferentes Estados, aunque la concesión de la investidura del reino de Nápoles a Ferrante de Aragón (1458-1494), que le había apoyado en el cónclave, le enfrentó con Francia, que sostenía las aspiraciones de Juan de Anjou. Pues como dice Combert (Louis XI et la Saint Siége, París, 1903), Luis XI de Francia (1461-1483), que había abolido la pragmática sanción de Bourges, con la esperanza de que el papa cambiara su política respecto a Nápoles, sin restablecer oficialmente la pragmática promulgó una serie de ordenanzas «para la restauración y defensa de las libertades galicanas contra las usurpaciones romanas».
En el ámbito de la disciplina eclesiástica promulgó varias disposiciones. En primer lugar, a fin de extirpar la doctrina conciliarista que subvertía el orden constitucional de la Iglesia, al defender la superioridad del concilio sobre el papa, prohibió apelar las sentencias del pontífice al futuro concilio, imponiendo a los apelantes la pena de excomunión (1459); en segundo lugar, rescindió todo lo que él mismo había hecho contra Eugenio IV en el Concilio de Basilea (1463); y en tercer lugar, abrogó los convenios firmados en 1436 entre los husitas y los legados del Concilio de Basilea, por los que se había concedido a los seglares de Bohemia el derecho de comulgar bajo las dos especies, de donde les vino la denominación de «utraquistas».
Ante el avance de los turcos, el año 1464 Pío II asumió personalmente la cruzada, esperando que los príncipes cristianos se avergonzarían de permanecer en casa, «cuando vieran marchar a la guerra a su maestro y padre, al obispo de Roma y representante de Cristo, un anciano enfermo y débil». Pero el papa se vio defraudado. Cuando llegó a Ancona, donde los cruzados tenían que congregarse, no encontró más que una chusma desarrapada. Y en Ancona halló la muerte el día 15 de agosto de 1464. Su cuerpo fue sepultado en la capilla de San Andrés en San Pedro, pero en 1614 fue trasladado a la iglesia de San Andrea della Valle. Uno de sus nepotes, el cardenal Tedeschini Piccolomini, que sería más tarde Pío III, mandó pintar al Pinturicchio (1454-1513) por los años 1502-1508 la vida de Pío II en la sala de libros corales de la catedral de Siena.
Pío II fue un espejo fiel del Renacimiento: hombre de mundo, diplomático, político y papa, escritor, poeta, humanista y amante de los libros; supo conciliar sus intereses privados con la institución que representaba y se sirvió del humanismo para llevar a cabo su acción política y religiosa. Practicó el nepotismo, como su antecesor; fue un fecundo escritor y, junto con Nicolás de Cusa, proyectó una reforma del clero que por la dificultad de los tiempos no se llegó a terminar; canonizó a santa Catalina de Siena (1347-1380) y protegió a los judíos.
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