Pascual II (13 agosto 1099 - 21 enero 1118)
Fin del cisma. Rainiero, cardenal presbítero de San Clemente y abad de San Lorenzo Extramuros, había nacido en Bieda de Galeata (Romagna) de una familia muy modesta. Monje en una comunidad que desconocemos, era un hombro muy sencillo y con tendencia a presentar los problemas con muy escasas matizaciones, lo que no dejaba de comportar ventajas, ya que es más fácil bailar solución en cuestiones debatidas cuando los términos del problema se presentan con claridad. C. Servatius (Paschalis II, Stuttgart, 1979) ha conseguido una reconstrucción muy correcta de su pontificado. Llegaba al solio cuando la reforma prácticamente había triunfado: ninguna duda de que la simonía y el concubinato eran grandes males que debían ser desarraigados. Pero seguía pendiente el asunto difícil de las investiduras laicas: ni los obispos podían renunciar a los beneficios para no verse despojados de poder, ni los reyes prescindir tampoco de estos preciosos administradores, puesto que los beneficios eran tambien un modo de gobernar. Pascual no podía vacilar en este punto y mantuvo en plena vigencia el canon aprobado en 1075.
Prácticamente el cisma concluyó con la muerte de Guiberto de Rávena, el S de septiembre del 1100, porque Enrique IV perdió todo interés. Los clérigos que formaban su séquito se reunieron secretamente en San Pedro, una noche, y eligieron a Teodorico, cardenal obispo de Albano, al que consagraron aprovechando la ausencia de Pascual II. Pero cuando el papa regresó, con las tropas normandas, fue preso, juzgado y condenado a prisión perpetua en el monasterio de la Santa Trinidad, cerca de Salerno, donde profesó como monje. Sus partidarios, refugiados esta vez en la iglesia de los Santos Apóstoles, insistieron, eligiendo a Alberto, cardenal de Silva Candida; estalló un motín y los mismos que le rodearon entregaron al antipapa en manos de Pascual II. Fue enviado al monasterio de San Lorenzo en Aversa. Todavía en 1105 los antiguos paludarios de Clemente III intentarían reunirse para repetir la aventura.
La fórmula para la investidura. Hace ya muchos años que Bernard Monod (Essai sur les rapparis de Pascal II avec Philippe I, 1099-1108, París, 1907) descubrió que fue en Francia donde se descubrió la solución al problema de las investiduras laicas. Ivo de Chartres estableció ante todo una división de la investidura en tres actos: la elección canónica, que corresponde al clero y al pueblo; la consagración episcopal del electo, que debe ser efectuada por el metropolitano; y la investidura de los beneficios inherentes a la sede, que debe hacerla el rey como «suzerano» de los mismos. Felipe I, ahora reconciliado con la Iglesia, y su hijo Luis VI (1108-1137), mediante un acuerdo que sería firmado solemnemente en Saint Denis (1107), aceptaron exactamente esa fórmula que aparentemente les reducía a un acto de entrega a quienes hubieren sido debidamente elegidos y consagrados. En Francia no era muy difícil alcanzar un acuerdo, ya que los bienes adscritos a cada obispado eran tan sólo beneficios simples que no implicaban funciones de gobierno y, por consiguiente, las obligaciones del auxilium et consilium eran fáciles de cumplir.
Hugo de Fleury dedicó a Enrique I de Inglaterra (1100-1135) su Tractatus de regís poíestate et sacerdotali dignitate, explicando esta doctrina. Pero en este reino su aplicación era menos fácil. Desde Guillermo el Conquistador, el cesa-ropapismo, que está en la raíz del anglicanismo, reclamaba tres condiciones: la intervención del rey tanto en la elección del candidato como en la investidura; la prohibición de las comunicaciones de los obispos con Roma sin licencia del soberano; y el reconocimiento de que el monarca es cabeza tanto de los cuerpos como de las almas de sus súbditos. Sólo bajo amenaza de excomunión aceptó Enrique I el retorno de san Anselmo (1105), que reclamaría una completa sumisión a Roma. En el caso inglés, el papa hizo evidentemente concesiones: aprovechando su presencia en Francia, pudo Adela de Blois organizar un encuentro de Enrique, Anselmo y Pascual II en un lugar de Normandía: el rey renunció a la investidura con el báculo y el anillo, pero obtuvo el reconocimiento de su «presencia» en el momento de las elecciones y también que el electo estuviera obligado a prestar juramento de fidelidad antes de ser consagrado (1107).
Se habían establecido precedentes que apuntaban a una solución negociada y no uniforme. En el caso alemán, y mientras viviera Enrique IV, tal solución parecía imposible, porque hubiera significado la capitulación del monarca. Descendía el prestigio del emperador, enfrentado desde su regreso a Alemania a constantes rebeliones, y aumentaba en cambio el del pontífice. La noticia de la conquista de Jerusalén, que fue conocida en Roma poco después de la elección de Pascual, había despertado un gran entusiasmo. Se comenzó a pensar en una solución de carácter militar también para el cisma oriental y en 1105 el papa bendijo a los soldados de Bohemundo de Tarento (1098-1104), que soñaban con la conquista de Constantinopla. Las amenazas no consiguieron derribar al Imperio bizantino, pero le atemorizaron hasta un punto tal que en 1112 Alejo I solicitó negociaciones: Pascual dio una respuesta que implicaba la aceptación del primado universal de san Pedro sin matizaciones. La creación del reino de Jerusalén, hacia el que afluían nuevos cruzados, completaba la idea de que el papa ejercía de hecho la jefatura sobre la cristiandad: la tierra de Jesús y la de Pedro le obedecían.
Sin embargo las cosas eran menos estables de lo que se pensaba. Cuando Enrique V, heredero alemán, se sublevó contra su padre, afirmando que —entre otras cosas— se proponía la defensa de la Iglesia, Pascual II apoyó el movimiento. Pero entonces el partido imperial en Roma, que seguía siendo fuerte en la aristocracia y en el clero, intentó una revuelta contra el papa. Miembros de esa aristocracia, reunidos en Santa María Rotonda, eligieron a Maginulfo, arcipreste de Sant’Angelo, y declararon a Pascual desposeído por simoníaco y hereje. La guerra civil ensangrentó las calles de Roma, porque Maginulfo, que se hizo llamar Silvestre IV, encontró un valioso protector en el conde Werner, de Ancona, que era uno de los partidarios del joven Enrique. El 18 de noviembre de 1105 Silvestre IV fue entronizado en Letrán, pero su causa duró el tiempo que tardaron en gastarse los bienes acumulados. Faltó el dinero, se alejaron los interesados partidarios, y el antipapa buscó refugio en Osimo, cerca de Ancona.
Acuerdo de Sutri. Falleció en 1106 Enrique IV. Ahora Enrique V, reconocido por todos, invitó a Pascual II a viajar a Alemania para negociar, dando sin embargo a entender con claridad que no debía pensarse en una renuncia a las investiduras laicas. El papa, que había llegado hasta Guastalla, donde un sínodo repitió todos los cánones de condena de los vicios y malas costumbres, decidió entonces no seguir su camino hacia Alemania, sino ir a Francia, detenerse un poco en Cluny, y conferenciar con Ivo de Chartres. Negociaba con Felipe I y con Enrique de Inglaterra los acuerdos que hemos mencionado y que le proporcionaron experiencia. En Chálons-sur-Marne recibió embajadores del soberano alemán: parece que éstos le amenazaron con una nueva campaña militar en Italia (Silvestre IV seguía en reserva como una posibilidad de cambio), pero el papa no se dejó intimidar. En 1017 podía contar con todos los reinos de Occidente que habían suscrito una fórmula que, con variados matices, resolvía la cuestión de las investiduras.
Ninguno de los textos empleados era aplicable al caso alemán, donde muchos obispos regían verdaderos condados o margraviatos. Pascual II regresó a Italia y allí presidió sendos sínodos en Benevento (1108) y Letrán (1110) que demostraron que, en cuanto a doctrina canónica, no se había cambiado ni una línea. Conoció entonces que Enrique V, a la cabeza de 30.000 hombres, se dirigía a Roma para hacerse coronar. El papa le comunicó que la previa renuncia a las investiduras era condición indispensable; el rey de Romanos explicó a los legados cuáles eran las dificultades en Alemania y ellos le sorprendieron con una radical proposición: se devolverían al Imperio todos los beneficios, cesando de este modo la investidura, viviendo en adelante los obispos del diezmo, la limosna y las rentas de sus bienes alodieros. Enrique aceptó. ¿Sabía ya que los obispos impedirían al papa cumplir este compromiso tan radical? El hecho es que el 4 de febrero de 1111 se firmó en Sutri, cerca de Roma, el acuerdo: el emperador renunciaba a toda investidura y al juramento de fidelidad en vasallaje y los obispos abandonaban todos sus beneficios, mayores y menores.
El 12 de febrero, mientras se celebraba la coronación, fue leído el texto. Inmediatamente estalló un gran clamor. El rey, interrumpiendo la ceremonia, se retiró a deliberar con sus obispos y regresó al poco tiempo diciendo que, por unánime opinión, el acuerdo de Sutri era irrealizable y herético. Para protegerles, según dijo el rey, condujo al papa y a algunos cardenales presentes a su campamento situado en Monte Mario. Previamente había hecho venir al llamado Silvestre IV desde Osimo para disponer de una alternativa amenazadora. Pascual resistió dos meses, pero al final se rindió: coronaría al emperador y aceptaría las investiduras laicas en el Imperio. El 12 de abril firmó el llamado «privilegio de Ponte Mammola». Al día siguiente el papa, que había jurado no excomulgar nunca a Enrique V bajo ningún concepto, le coronó emperador. La victoria alemana era, en estos momentos, completa: fue deshecho el previsto y absurdo matrimonio de Matilde con Welfo V de Baviera y la marquesa suscribió un documento que convertía a Enrique V en heredero de todos sus bienes. Silvestre IV fue enviado de nuevo a su retiro y desapareció de nuestras fuentes.
Las opiniones se dividieron. Para los reformadores, que consiguieran los acuerdos de 1107 con Francia e Inglaterra, el privilegio —al que se referían corrientemente llamándolo pravilegium— resultaba inaceptable. Algunos pensaban, sin embargo, que la paz era preferible. Pascual II pensó en su propia abdicación como medio de resolver el problema. Gerardo de Angouleme tomó la iniciativa de recurrir a una declaración de nulidad presentándola al sínodo de Letrán de marzo de 1112: se trataba de una concesión arrancada por la fuerza a un prisionero. En Francia se registró en seguida un movimiento con Ivo de Chartres, Hugo de Fleury y el anónimo autor de la Defensio Paschalis Papae, defendiendo a la persona del papa y combatiendo al emperador. No faltaron sectores, aunque siempre minoritarios, que, con Godofredo de Vendóme, Joserrand de Lyon y Guido de Vienne, se volvieron contra el papa acusándole de debilidad. El legado pontificio en Alemania, Conon de Preneste, tomó contacto con los príncipes, preparándose para reactivar la resistencia contra el emperador.
Del escándalo en torno a Sutri quedaba un aspecto positivo: por vez primera se había definido con entera claridad el fondo mismo del problema, pues una Iglesia independiente no era posible en los esquemas del vasallaje. De momento era imposible salir de este círculo vicioso, pero significó una experiencia. Pascual II desarrolló la unidad en el gobierno de la Iglesia, definiendo en primer término al colegio de cardenales como un cuerpo de 53 miembros (siete obispos, veintiocho presbíteros y dieciocho diáconos) y desarrollando las notarías y escritorios. Cusía y Cámara incrementaron su actividad. Sabemos lo que la curia pensaba en aquellos momentos a través de un documento anónimo, llamado también Defensio Paschalis Papae; había que admitir la existencia de una doble investidura, espiritual con el báculo y el anillo, y de dominios temporales con el cetro. Una solución de compromiso que permitía cerrar la reforma y alcanzar la reconciliación.
En 1115 murió Matilde y Enrique V regresó a Italia para recoger la copiosa herencia. Pascual II reunió uno de los acostumbrados sínodos en Letrán (1116) para reconocer su culpa y declarar nulo el privilegio de Ponte Mammolo. Inmediatamente estalló la revuelta en Roma: el pretexto era el preponderante papel que los banqueros judeoconversos, Pierleoni, estaban desempeñando junto al papa. Pascual II se vio obligado a huir y el emperador se sintió obligado a reafirmar su legitimidad repitiendo la coronación. Ausente el papa ofició en esta segunda ceremonia el arzobispo de Braga, Mauricio, apodado Burdino, es decir, «asno». Inmediatamente, Mauricio fue excomulgado por el papa. Curiosa muestra de ambición la de este monje cluniacense, nacido en el sur de Francia que, bajo la protección de Bernardo de Salvetat, arzobispo de Toledo, había hecho una carrera eclesiástica: archidiácono en Toledo, obispo de Coimbra y arzobispo de Braga (1109), habiendo recibido el pallium del propio Pascual. Estaba en Roma para defender la primacía de su sede frente a las pretensiones primadas de Toledo y las metropolitanas de Compostela. El papa le había nombrado legado cerca de Enrique V en 1116, momento en el cual se pasó al enemigo.
Enrique V no pudo mantenerse mucho tiempo en Roma, a la que regresó Pascual II a principios de 1118, pero sólo para morir pocos días más tarde el 21 de enero.
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