Melquéades o Milcéades, san (2 julio 311 - 10 enero 314)
La paz de la Iglesia. A este romano o africano, aunque de ascendencia griega, iba a corresponder el gran momento. Pocos meses antes de su elección el emperador Galerio había publicado una ley (30 de abril del 311) que reconocía por primera vez a los cristianos el derecho a profesar su religión «a condición de que no hagan nada contra el orden establecido». El Imperio se plegaba a las demandas de la Iglesia, que adquiría personalidad jurídica; en consecuencia, las propiedades y cementerios confiscados durante la persecución fueron devueltos y, por primera vez, un 13 de abril del 312 el papa pudo presidir la Pascua en Roma sin ningún temor. Pese a las fantasías literarias no hay noticia de ningún enfrentamiento entre san Melquíades y Majencio en los meses que preceden a la victoria de Constantino (306-337) sobre el puente Milvio. Poco después de esta batalla, en febrero del 313, Constantino y Licinio, ahora únicos emperadores, se reunieron en Milán y decidieron no sólo confirmar el edicto de Galerio, sino añadir en favor de la Iglesia disposiciones que la hacían pasar de simple tolerancia a pleno reconocimiento social. Comenzaba lo que los historiadores llaman «imperio cristiano». Durante algunas décadas el cristianismo compartiría su legitimidad con las antiguas religiones, a las que no reconocía como verdaderas, y con el judaísmo, cuyo estatus de religio licita no había sido alterado.
Obviamente, Constantino esperaba del papa una colaboración semejante a la de los altos magistrados del Imperio. Fue probablemente durante su primera estancia en Roma cuando hizo a Melquíades un regalo que demuestra lo que apreciaba esta colaboración: el palacio que la emperatriz Fausta tuviera en el Monte Celio, llamado Letrán, por haber sido en tiempos cuartel de los soldados laterani. En él se establecería durante siglos la residencia de los obispos de Roma: la sala de justicia o basílica, convertida al culto cristiano, daría el modelo para muchas edificaciones semejantes. Las leyes imperiales no reconocieron ninguna legitimidad a la gnosis, considerada como simple secta. Dotada ahora de capacidad para adquirir y administrar bienes, la Sede Apostólica se encontró en condiciones de aumentar extraordinariamente su riqueza, que le llegaba por donaciones, herencias y otros medios. Esta riqueza era esencial: el crecimiento de la comunidad cristiana obligaba a tomar sobre sus hombros fuertes obligaciones, en el sostenimiento del culto, la remuneración de un clero cada vez más numeroso y la atención a viudas y necesitados.
Donatismo. Dentro del esquema imperial, Constantino deseaba que el papa y los patriarcas convirtieran su primacía en un poder jurisdiccional más completo para establecer disciplina. Estalló en África un conflicto en torno a la cuestión, tantas veces debatida, del perdón que debía otorgarse a los lapsi; aquí, los rigoristas declararon la ilegitimidad del obispo Ceciliano de Cartago, alegando que uno que intervino en su consagración, Félix de Aptunga, había sido un traditor. Procedieron a la elección de un antiobispo, Mayorino, que falleció pronto, al que sustituyeron por su propio líder, Donato. De él procede el nombre que se dio a esta facción, «donatismo». Excluía definitivamente de la Iglesia a quienes hubieran entregado (de ahí el término traditor que equivale a nuestro «traidor») libros o propiedades. La división de la comunidad cristiana estuvo acompañada de disturbios y perturbaciones del orden. Constantino pidió al papa Melquíades que, asesorado por otros obispos de las Galias, decidiera acerca de esta cuestión.
Pero Melquíades convirtió la reunión en un sínodo al convocar también a quince obispos italianos: estuvieron presentes Ceciliano y Donato. Se trataba de resolver una profunda querella teológica que fue fallada en el sentido que marcaba la tradición romana: la validez del sacramento no depende de la conducta moral de quien lo imparte. En consecuencia, Ceciliano fue reconocido. Como Donato se empeñó en seguir defendiendo que los laicos caídos en pecado debían ser bautizados de nuevo, y los sacerdotes reordenados, se pronunció contra él una sentencia de excomunión. Los donatistas, organizados como un movimiento de resistencia dentro de la Iglesia, acudieron de nuevo a Constantino, acusando a Melquíades y a sus dos antecesores de haber sido traditores, por lo que la sentencia resultaba inválida. Constantino, preocupado por el mantenimiento del orden, pidió a Melquíades que convocara un concilio de todas las Iglesias occidentales a fin de que quedara resuelta la cuestión y se pudieran dar órdenes a las autoridades provinciales. Pero el papa murió antes de que se inaugurara este concilio, previsto para el 1 de agosto del 314.
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