Martén V (11 noviembre 1417 - 20 febrero 1431)
Decretos finales del concilio. Martín V comenzó su programa de reformas mediante el restablecimiento de la curia, tomando para ella, como el concilio propusiera, personas procedentes de las dos obediencias. Modesto, de buen juicio y notable prudencia, entendía que dicho programa tenía que empezar precisamente por la cabeza, es decir, restaurando el principio de autoridad y conservando la colación de todos los beneficios con los ingresos que éstas procuraban. Incorporó seis cardenales a la comisión de reforma. Pero el colegio no tenía mucho interés en ella y cada una de las naciones tenía su propio programa que no coincidía con el de la nación vecina. Los alemanes se adelantaron a presentar en enero de 1418 lo que podríamos llamar un croquis general, que afectaba por igual a todos los países. Martín suprimió dos puntos (la protesta por excesivas apelaciones a la curia y la referencia a aquellos casos en que un papa puede ser juzgado por el concilio) y presentó los demás a la aprobación de las naciones. Así surgieron los siete decretos del 20 de marzo de 1418:
Supresión de las exenciones otorgadas a monasterios durante el cisma.
Revocación de las uniones concedidas para reformar con varios beneficios un solo título.
Renuncia por parte del papa a percibir las rentas de los beneficios vacantes.
Suspensión inmediata de todos aquellos que hubiesen sido ordenados con simonía.
Obligación de residencia para todos los titulares de beneficios, privándose de ellos a los obispos que no se hubiesen hecho consagrar.
Supresión de todos los diezmos concedidos hasta entonces y compromiso de no imponer otros nuevos excepto en casos especialmente graves.
Corrección de los abusos producidos en el vestir y comportamiento de los clérigos ordenados.
Los decretos tuvieron escasa efectividad. Pero en cambio Martín V se vio obligado a firmar concordatos con Alemania, Francia, Italia y España (13 de mayo de 1418) que restringían durante cinco años —hasta la celebración del siguiente concilio— muchas de las prerrogativas pontificias. El acuerdo con Inglaterra era más fuerte, ya que no reconocía límites de tiempo confirmando así el Estatuto de Provisores que iba a permitir a los monarcas británicos conformar un clero a su medida. El papa pudo recuperar gran parte de sus poderes en Francia por la confusa situación provocada por la guerra y porque el Parlamento de París se negó a registrar el concordato, alegando que había sido firmado con la Iglesia y no con el príncipe. En aquellos momentos los borgoñones ocupaban París reconociendo a Enrique VI, y los obispos franceses estaban divididos entre las dos obediencias.
La tarea de reconstrucción. El 22 de abril de 1418 concluyó el Concilio de Constanza. Comenzaba ahora la tarea más difícil, precisamente aquella en que, según P. Partner (The Papal State under Martin V, Londres, 1958), obtendría el mayor éxito: recuperar su poder en Italia. Habiendo celebrado el 15 de mayo su última misa, Martín abandonó Constanza al día siguiente, acompañado hasta Gottlieben por una inmensa muchedumbre. Allí embarcó rumbo a Schaffhausen. Por Berna y Ginebra, viajando lentamente, llegó a Milán. En Florencia tuvo que detenerse 19 meses porque ni Roma, ocupada por Juana II, ni Bolonia, sometida a tiranuelos locales, le obedecían. A sus hermanos Jordano y Lorenzo les nombró respectivamente duque de Amalfi y príncipe de Salerno, y conde de Alba. Mediante negociaciones logró que Juana II retirara sus tropas de Roma y así pudo entrar en la ciudad el 29 de septiembre de 1420 con un ceremonial deliberadamente fastuoso.
La vieja capital era una ruina: hubo que comenzar reponiendo la techumbre de San Pedro, que se había caído. Martín V inició la profunda transformación que haría de la capital de la Iglesia la gran ciudad del Renacimiento, contratando artistas como Massaccio, Giacomo Bellini o Gentile da Fabriano. Pero la guerra era en aquellos momentos la ocupación fundamental. Un condottiero, Braccio da Montone, se encargó de recuperar los Estados Pontificios, que significaban una muy sustantiva fuente de rentas. Mientras tanto, de acuerdo con el decreto Frequens aprobado en Constanza (5 de octubre de 1417), tuvo que convocar un Concilio en Pavía (22 septiembre de 1423). W. Brandmüller (Das Konzil vori Pavía-Siena, 1423-1424, Münster, 1968) ha comprobado que el conciliarismo reapareció, aunque la asistencia fuera muy escasa. A causa de la peste, las sesiones se trasladaron a Siena. Aquí la gran figura fue precisamente un español, Juan Martínez de Contreras, arzobispo de Toledo, que gozaba de la confianza de Martín V. Se comenzó a trabajar en un programa de reformas preparado por maestros franceses que tendían a disminuir los poderes pontificios: supresión de las expectativas, reducción de las causas susceptibles de apelación ante la curia, sometimiento de ésta a los decretos conciliares y reforma del colegio mediante la condición de que el papa sólo pudiera nombrar cardenales de entre una lista de candidatos propuesta por las naciones. Naturalmente, el interés de Martín V estaba en cerrar lo antes posible los trabajos conciliares.
La guerra de Nápoles y los disturbios acaecidos en el norte de Italia, acontecimientos ambos en los que aparece mezclado Alfonso V de Aragón, permitieron a Martín V poner fin al concilio tras la sesión del 25 de febrero de 1424. Braccio de Montone se había convertido ahora en una amenaza porque se había pasado al servicio de Juana II. El papa consiguió derrotarle en L’Aquila, consolidando de este modo su dominio sobre los Estados Pontificios. Desde 1428 puede decirse que el pontificado se había restablecido en su antiguo poder. Estaba previsto que el concilio volviera a reunirse en 1431 y, a pesar del temor que inspiraban los doctrinarios, Martín V no quiso alterar este compromiso.
Mientras tanto continuaban sus esfuerzos de reforma. Decretos de 13 de abril y 16 de mayo de 1425 redujeron los oficios de la curia, rebajaron las tasas por colaciones y adoptaron normas disciplinarias. Aparecen también por este tiempo los primeros humanistas, con Antonio Loschi y Poggio Bracciolini. A la hora de promover cardenales, el papa buscó personas dentro de esta línea, verdaderos hombres de Iglesia, como Domingo Capránica, Julio Cesarini (1389? -1444) o el beato Luis de Alemán. Mostró comprensión inusual hacia los judíos, prohibiendo que se predicara contra ellos y que se bautizara a niños menores de doce años. En 1426 fue presentada una denuncia contra san Bernardino de Siena, que difundía la devoción al santo nombre de Jesús, pintando en todas partes el anagrama «JHS»; algunos frailes le acusaban de que fomentaba una superstición. El papa escuchó la defensa que de esta práctica hizo san Juan Capistrano y autorizó que continuara. De su tiempo data la fundación de las oblatas por santa Francisca Romana (1425).
La apelación que formulara Juana de Arco contra el proceso inquisitorial a que estaba siendo sometida, llegó a Roma cuando el papa había fallecido. Las difíciles circunstancias que siguieron fueron causa de que la revisión de la causa no se emprendiera hasta la época de Calixto III.
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