León XIII (20 febrero 1878 - 20 julio 1903)
Personalidad y carrera eclesiástica. Vincenzo Gioacchino Pecci nació (2 marzo 1810) en la zona montañosa y pobre de Carpineto, cerca de Roma. Su padre, Ludovico Pecci, fue coronel de la milicia baronal y su madre, Anna Prosperi, se distinguió por su piedad y dedicación a obras de misericordia, a pesar de los escasos recursos de la familia, que además era numerosa; el matrimonio tuvo seis hijos. Ingresó a los ocho años, junto con su hermano Giuseppe (1807-1890) —futuro cardenal— en el colegio de los jesuitas de Viterbo. Y según informes del rector de este colegio, el niño «era un angelito, a la vez que un picaro de primera». Durante su juventud fue un experto cazador y escalador (J. Braikin, L’infanzia e la giovenezza di un papa, Grottaferrata, 1914). A los 14 años se trasladó al colegio romano, también regido por los jesuitas, donde cursó filosofía y teología. En los dos centros dio muestras de poseer un gran talento y manifestó unas dotes nada comunes en el conocimiento de la lengua latina. Ya desde temprana edad compuso versos en latín; siendo estudiante, fue capaz de improvisar en público hasta doscientos hexámetros en latín sobre el incendio de San Pablo. Esta afición la cultivó durante toda su vida; quince días antes de morir todavía corrigió las pruebas de su poema en latín dedicado a san Anselmo (1033-1109). Su obra poética ha sido traducida a diversas lenguas. En opinión de los especialistas, León XIII es uno de los grandes de la estilística latina más clásica.
En 1832 ganó el grado de doctor en teología. Desde 1832 a 1837 cursó los estudios de derecho civil y canónico en la Academia de Nobles, en los que también consiguió doctorarse. Ordenado sacerdote en 1837, ese mismo año fue nombrado prelado doméstico de Gregorio XVI (1831-1846). Comenzó entonces su carrera diplomática: delegado pontificio en Benevento, Spoleto y Perugia (1838-1843) y nuncio de Bélgica (1843-1846), cargo que le permitió conocer directamente la realidad política y social de la Europa de entonces, pues realizó varios viajes por Inglaterra, Alemania y Francia, donde visitó minas de carbón, astilleros y fábricas. En 1846 se le confirió la titularidad de la sede episcopal de Perugia donde, además de restaurar la catedral, el seminario y diversas instituciones, se entregó sin perdonar fatigas a sus trabajos pastorales: reconstruyó la vida eclesial, organizó muchísimas misiones, se preocupó de los más necesitados y fundó varios orfanatos y asilos para niños. En 1853 recibió el capelo cardenalicio (Tserclaes, Le pape Léon XIII, 3 vols., París, 1894-1906).
El cardenal Pecci fue crítico con la política del secretario de Estado Antonelli (1808-1876), lo que explica que éste le mantuviera durante más de treinta años ininterrumpidos en Perugia y por lo tanto alejado de Roma. Durante esas tres décadas maduró en su interior la concepción de la universalidad de la Iglesia, frente a la reducida visión de quienes la recortaban hasta reducirla a los límites de Italia, donde sin duda los graves problemas con los que allí se encontraba la Santa Sede dificultaban la percepción de su catolicidad. Igualmente, durante la larga etapa de Perugia, su talante quedó definido por el afán de dirigir todos los esfuerzos a buscar soluciones cara al futuro, evitando desgastarse con lamentaciones del pasado. Pero tras la muerte de Antonelli, Pío IX (1846-1878) le nombró cardenal-camarlengo (21 septiembre 1877), por lo que tuvo que abandonar su arzobispado para instalarse en la Ciudad Eterna. El papa, que veía cercana su muerte, con este nombramiento quiso demostrar la confianza que tenía en las capacidades del cardenal Pecci para superar con bien el período de interregno. Y, en efecto, pocos meses después, al morir Pío IX, como camarlengo se hacía cargo del gobierno interino de la Iglesia y escribía a los fieles de la diócesis de Perugia para llorar la muerte del papa y solicitar sus plegarias a fin de que fuese elegido un digno sucesor de Pío IX. Cuando todo esto sucedía, el cardenal Pecci estaba a punto de cumplir 68 años.
Ya entonces impresionaban los rasgos de su figura, que el tiempo acentuó todavía más. Así le describía en Le Fígaro el periodista Séverine en 1892:
lívido, delgado, escuálido, flexible, apenas visible, casi inmaterial, de cara imperfecta pero llamativa, vivaracha, móvil, espiritual, transparente, perfilada, en cierto modo galvanizante, con un espíritu juvenil, vibrante, luchador, compasivo, atrayente, brillantes ojos nobles, nariz aguileña enérgica, labios sonrientes e ingeniosos, manos marfileñas y transparentes, voz sutil y no obstante enérgica.
Coinciden sus contemporáneos en afirmar que, incluso a sus 93 años, el contraste entre su ruina física y su energía vital, que residía sobre todo en sus centelleantes ojos, hacía de León XIII la encarnación ideal del vicario de Cristo (A. J. Schmidlin, El mundo secularizado, en A. Fliche y V. Martín, Historia de la Iglesia, t. XXVI, [1], Valencia, 1985). Sólo dos papas —san Agatón (107 años) y san Gregorio (99 años)— superaron la edad de León XIII; por lo que cuando sólo unos pocos días antes de morir alguien le manifestó —para animarle— que vencería esa enfermedad, León XIII con gran sentido del humor replicó que en ese caso deberían de dejar de referirse a él como santo padre para llamarle «eterno padre».
El cónclave de 1878 era el primero que se celebraba tras la proclamación de la infalibilidad del papa y de la pérdida de los Estados Pontificios, acontecimientos ambos que habían tenido lugar en 1870. Y, también, en torno a esta fecha se culminaba la unidad italiana, surgía el II Imperio alemán como potencia europea, Japón al reformarse a lo occidental se incorporaba a nuestro mundo, listados Unidos comenzaba su ascenso hasta convertirse más tarde en el gigante mundial, y los europeos lanzaban un nuevo impulso colonial, que ensanchó las fronteras del mundo conocido hasta igualarlas por fin con las del mundo real. Por todas estas circunstancias, esta nueva elección del sucesor de san Pedro se puede considerar como la primera de nuestro mundo actual. Perdido el poder temporal, resulta explicable que los 60 cardenales reunidos en 1878 se vieran más libres de las tutelas y de los vetos de las potencias que en elecciones pasadas. El cónclave comenzó el 18 de febrero y fue uno de los más cortos de la historia; sólo hicieron falta tres votaciones para que recayeran en el cardenal Pecci 44 votos, algunos más de la mayoría necesaria para que fuera válida la elección. En honor de León XII (1823-1829), Pecci eligió el mismo nombre para ocupar la cátedra de san Pedro.
Relaciones de la Santa Sede con las potencias europeas. En principio, el talante conciliador de León XIII debía ponerse a prueba en el escenario de la diplomacia europea, empezando por Italia (A. C. Jemolo, Chiesa e Stato in Italia negli ultimi cento anni, Turín, 1955). Durante los primeros años del reinado de Humberto I de Saboya (1878-1900) se sucedieron los enfrentamientos de las autoridades del reino de Italia con la Santa Sede. A la legislación sectaria se sumaron los ataques directos, como fue la celebración en Roma del centenario de Voltairc (1694-1778) en el mes de mayo de 1878, o la pasividad del gobierno ante la agresión (13 julio 1881) a la comitiva que trasladaba a la basílica de San Lorenzo Extramuros los restos mortales de Pío IX, que a punto estuvieron de ser arrojados al Tíber. Y todo ello por no hablar de las peticiones de algunos políticos en la Cámara para que se suspendiera la Ley de Garantías, lo que forzó a León XIII a tantear incluso un posible exilio. León XIII solicitó al emperador de Austria que le acogiera en sus dominios en caso de que los revolucionarios le expulsaran del Vaticano, a lo que Francisco José (1848-1916) respondió con evasivas por el temor a enfrentarse con Italia. El papa desistió en sus proyectos de exilio y decidió resistir hasta el final en el Vaticano, pasara lo que pasara. Todo ello no hacía sino confirmar la necesidad de que los titulares de la cátedra de san Pedro tuvieran un poder temporal, por pequeño que fuera, que garantizase la independencia en sus actuaciones. Así pues, a diferencia de Pío IX, León XIII dejó de reclamar los Estados Pontificios, pero con mayor contundencia que su predecesor reivindicó su soberanía sobre la ciudad de Roma, mostrándose dispuesto a dialogar, pues sus pretensiones en modo alguno pretendían dinamitar la unidad italiana. Pero todas estas iniciativas cayeron en el vacío. Habría que esperar, pues, a los arreglos de Letrán de 1929.
En continuidad con las decisiones de Pío IX, respecto a los católicos italianos, León XIII mantuvo el non expedit, vigente hasta 1919, que les prohibía participar en la vida política del nuevo Estado italiano, no así en la vida administrativa, por lo que podían concurrir a las elecciones municipales y provinciales. Para compensar este retraimiento político aparecieron diversas agrupaciones de católicos, con objetivos sociales, tales como la difusión de la «buena prensa», la defensa de las órdenes religiosas y de la libertad de enseñanza, etc. Todas estas asociaciones confluyeron en 1871 en la Opera dei Congressi e dei Comitati Cattolici, organización de carácter confesional —con capellanes con derecho a veto— que acabó por proponerse como finalidad la unión de todos los católicos. A partir de 1896, el sacerdote Romolo Murri (1870-1944) orientó la Opera hacia la política y consiguió una enorme popularidad, a la vez que el también sacerdote Luigi Sturzo (1871-1959) se unía a Murri, planteando a partir de entonces una concepción politizada de la Iglesia, para luchar mejor en la defensa de los pobres. Lógicamente, León XIII, por medio de la encíclica Graves de communi (18 enero 1901), tuvo que salir al paso para reafirmar el carácter sobrenatural que su fundador dio a la Iglesia y definir, a la vez, lo que se debería entender por democracia cristiana (M. P. Fogarty, Historia e ideología de la Democracia Cristiana en la Europa occidental, 1820-1953, Madrid, 1964). Defendía así el papa la libertad de actuación de los católicos, al afirmar que nadie podía proponer en nombre de la Iglesia una exclusiva fórmula de actuación política, a la vez que dejaba claro que la democracia cristiana no podía ser compatible con la lucha de clases. Murri se rebeló, engrosó las filas de los modernistas en 1902, abandonó la Iglesia en 1908, contrajo matrimonio civil en 1909 y se entregó a la militancia política en un partido de extrema izquierda; un año antes de morir se reconcilió con la Iglesia. Sturzo, por su parte, aceptó las orientaciones de León XIII y continuó trabajando en las organizaciones sociales; años después fue nombrado secretario general de la Junta de Acción Católica italiana.
León XIII heredó también los graves problemas de Alemania, que habían surgido a partir de la proclamación del II Reich en 1871. El canciller Otto von Bismarck (1815-1898) (J. Pabón, «El príncipe Bismarck, apunte para un diccionario de historia», en La subversión contemporánea y otros estudios, Madrid, 1971), receloso de los católicos que se habían agrupado en el partido del Zentrum, dictó una serie de leyes entre 1871 y 1878 conocidas en su conjunto como Kulturkampf o lucha por la cultura, eufemismo que encubría una auténtica persecución contra la Iglesia. La Kulturkampf bismarck’mna expulsó a todas las órdenes religiosas de Prusia, obligó a someter los nombramientos eclesiásticos a la autoridad civil, cerró los convictorios y los seminarios, impidió el normal funcionamiento de más de mil parroquias y desterró a varios obispos, de modo que León XIII se encontró en 1878 con que de los doce obispos de Prusia, sólo cuatro permanecían en sus sedes.
Pero la firme reacción de los católicos alemanes junto a sus pastores, el talante conciliador de León XIII y el realismo político de Bismarck, que comprendió los inconvenientes que le reportaba dicha persecución al privarle del apoyo político del Zentrum, motivaron un cambio en sus planteamientos. En dicho cambio, la actuación de los secretarios de Estado de León XIII jugó un papel decisivo. Durante el pontificado de León XIII cuatro titulares ocuparon la Secretaría de Estado. El primero fue el cardenal Alessandro Franchi (1819-1878), que apenas pudo encarrilar la política de conciliación con Alemania, ya que falleció (1 agosto 1878) pocos meses después de ser nombrado. Esta línea de actuación fue seguida por su sucesor en el cargo, el cardenal Lorenzo Nina (1812-1885), que lo fue hasta 1880, año en que pasó a desempeñar otra función en la curia. A Nina le relevó el cardenal Ludovico Jacobini (1832-1887), buen conocedor de la situación política de centroeuropa, pues era nuncio en Viena. Jacobini, eficaz colaborador de León XIII, consiguió que se ocuparan todas las sedes episcopales vacantes y que remitiera la legislación persecutoria. Lamentablemente, su magnífica ejecutoria se truncó también con la muerte (28 febrero 1887).
Pero por entonces la situación estaba bastante normalizada y el Zentrum apoyaba parlamentariamente la política militar que sostenía las alianzas del sistema bismarckiano. Poco después, el nuevo emperador alemán, Guillermo II (1888-1918), destituía a Bismarck (1890), y se abría para el Zentrum una nueva etapa, en la que libre de los compromisos contraídos con el destituido canciller podía abandonar la defensa de la Iglesia desde dentro del sistema para colocarse frente al estatismo del gobierno alemán. En 1893, junto con los votos de los liberales y de los socialistas, el Zentrum rechazaba el proyecto de ley para la reforma del ejército. Bien es cierto que desde que aminoró la persecución religiosa, el Zentrum perdió muchos votos de los católicos por considerar éstos que ya no tenía sentido dar su apoyo a una organización estrictamente política. El Zentrum se mantuvo, no obstante, como el mayor partido alemán hasta 1903, fecha en la que se desató una grave crisis en esta organización política.
Así las cosas, el sucesor de Jacobini en la Secretaría de Estado, el cardenal Mariano Rampolla (1843-1913), que desempeñó dicho cargo hasta la muerte del papa en 1903, pudo variar la orientación diplomática de la Santa Sede para aproximarse a Francia. Conviene recordar que desde la firma de los acuerdos de 1894, Francia formaba un bloque defensivo junto con Rusia en contraposición y respuesta de la Triple Alianza, constituida con anterioridad (1882) por Alemania, Austria e Italia (P. Milza, Les rélations ínter natío nales de 1871 á 1914, París, 1968).
Los católicos de Francia también estaban acosados por graves dificultades. Tras las elecciones de 1879, los republicanos franceses que llegaron al poder decidieron imponer el laicismo, ideología que por afirmar de un modo radical que todas las normas de conducta —tanto las individuales como las colectivas— deben emanar únicamente de la voluntad popular, trata de articular la sociedad como si Dios no existiera, y en consecuencia debía ser barrida de esa proyectada sociedad laicista cualquier presencia de la Iglesia. éste era el sentido de la serie de disposiciones legislativas del ministro de Instrucción Pública y presidente del Consejo —a un tiempo, al retener ambos cargos—, Jules Ferry (1832-1893), contra la libertad de enseñanza religiosa entre 1880 y 1882, para implantar la enseñanza laica en Francia. Las leyes de Ferry provocaron la separación entre los católicos y los republicanos franceses, y el intento de los primeros de formar un partido católico, que por exclusión tendría que ser monárquico. Pero toda una serie de cambios políticos en 1890, que apartaron del poder a los grupos sectarios, permitieron que la actitud conciliadora de León XIII invitara a los católicos franceses al ralliement (adhesión) hacia la III República (A. Sedgwick, The Ralliement in French Politic, 1890-1898, Cambrigde, 1965). Por medio de la encíclica Au milieu (16 febrero 1892), León XIII transmitía a los católicos franceses los criterios básicos para su actuación social y política; el documento pontificio sirvió para que la opinión de los franceses dejara de equiparar el término católico con los de monárquico en lo político o el de paternalista en las relaciones laborales. Los sindicatos católicos, a partir de entonces, defendieron la autonomía del trabajador respecto a los patronos y el derecho de huelga.
Poco duró la calma, pues como consecuencia del affaire Dreyfus en las elecciones de 1898 triunfó el Bloque de Izquierdas, del que salió el gabinete de Waldcck-Rousseau (1846-1904), que promovió toda una legislación para controlar las órdenes religiosas, al extremo de que cualquier congregación religiosa que no solicitara la respectiva autorización del Estado quedaba disuelta automáticamente, a la vez que se facultaba al gobierno para disolver las ya autorizadas por un simple acuerdo del Consejo de Ministros (A. Latreille y R. Rémond, Histoire du catholicisme en France, 3 vols., París, 1962). En consecuencia, algunas de ellas como la de los jesuítas o la de los benedictinos, se exiliaron. Pero todavía estaba por llegar lo peor, pues las elecciones de 1902 llevaron a la presidencia del gabinete a un personaje todavía más sectario, el ex seminarista émile Combes (1835-1921). De inmediato cerró 3.000 escuelas religiosas y expulsó de Francia a 20.000 religiosos de ambos sexos. Estas decisiones, y otras no menos graves, fueron adoptadas por Combes en un solo año, entre el verano de 1902 y el de 1903. Al año siguiente, en junio de 1904, ya durante el pontificado de san Pío X (1903-1914), Combes rompió relaciones con el Vaticano y suspendió el concordato vigente desde 1801, alegando que la Santa Sede actuaba con intolerancia. Pocos días después de la ruptura de relaciones prohibió a cualquier orden religiosa enseñar no sólo religión, por supuesto, sino también cualquier otra materia escolar.
El magisterio de León XIII. En su encíclica inaugural, Inscrutabili Del consilio (21 abril 1878), León XIII se propuso orientar su magisterio a un objetivo: recristianizar la sociedad y el mundo contemporáneo. Este empeño del papa era un auténtico reto, pues se planteaba precisamente cuando surgían con fuerza de plenitud ideologías como el positivismo, el evolucionismo, el idealismo, el marxismo y el nihilismo. Por la entraña antirreligiosa de estos humanismos sin Dios, todas estas ideologías reconocían en la Iglesia católica a su enemigo natural, y la acusaban de ser el freno del progreso y un reducto oscurantista. Naturalmente, que ante semejante panorama el propósito de León XIII era toda una audacia, pues se proponía recristianizar el mundo contemporáneo, sin renunciar a las conquistas de la modernidad que fueran compatibles con la fe. Pues bien, éste es el empeño constante en sus muchos escritos. Por la imposibilidad de comentarlos en su totalidad, a continuación prestaremos nuestra atención sólo a los más importantes.
El nombre de León XIII, desde luego, va unido inseparablemente a la doctrina social de la Iglesia que el pontífice expuso en varios documentos, sobre todo en la encíclica Rerum novarum (15 mayo 1891). Además de su doctrina sobre el mundo del trabajo, su magisterio atendió a otros aspectos de la vida cristiana, que por su importancia no podemos dejar al menos de mencionar.
No pocas corrientes de pensamiento actuales, que hunden sus raíces nutricias en el siglo xix, niegan la relación armónica entre la fe y la razón, o simplemente ni se plantean tal relación al levantar sus planteamientos cientifislas sobre el prejuicio de que sólo existe lo material o tangible. Pues bien, León XIII, por medio de la Aeterni Patris Filias (4 agosto 1879), proponía la renovación del tomismo, puesto que «santo Tomás es entre todos los pensadores, el que —por el momento— ha conseguido expresar más claramente la inexistente oposición entre razón y fe, naturaleza y sobrenaturaleza, progreso y verdad permanente» (G. Redondo, La Iglesia en el mundo contemporáneo, t. II). La propuesta del pontífice nada tenía que ver ni con un anacronismo nostálgico de la Edad Media, ni con un mera repetición literal de santo Tomás (1225-1274). Por el contrario, León XIII pretendía que, a partir de la inspiración y de los principios de la filosofía perenne de santo Tomás, el pensamiento de los católicos se encumbrase por encima del reduccionismo de la fenomenología positivista. Era, en definitiva, la suya una apuesta por los dos grandes valores de la naturaleza humana, el conocimiento y la libertad, frente a su negación por parte de los determinismos ideológicos de finales de siglo, que pocos años después nutrirían ideológicamente a los totalitarismos políticos. El propio León XIII fomentó —en más de un caso con dotaciones económicas— la creación de cátedras de Filosofía y Teología tomistas en muchos seminarios y en las universidades de Roma, Lille, Friburgo, Washington y Lovaina. Fue en esta última universidad donde surgió, en torno al cardenal belga Désiré Joseph Mercier (1851-1926), el núcleo de estudiosos más destacados. No obstante, y a la vista de los resultados, cabe afirmar que esta propuesta de León XIII sigue siendo todavía actual.
León XIII escribió un total de 51 encíclicas. A partir de 1881 publicó —entre otras más— cinco grandes encíclicas (P. Galindo, Colección de encíclicas y documentos pontificios, 2 vols., Madrid, 1967), cuyos contenidos doctrinales desembocan y se estructuran en la Rerum novarum. La encíclica Diuturnum (29 junio 1881) se ocupa del origen del poder. La Inmortale Dei (1 noviembre 1885) aborda las relaciones entre la Iglesia y el Estado. La Libertas (20 junio 1888) es un estudio, a la vez que una defensa de la libertad del hombre. La Sapientiae christianae (10 enero 1890), en la que se llega a afirmar que la ignorancia es el peor de los enemigos de la Iglesia, entiende la sociedad no como fin en sí mismo, sino como el medio en el que la persona debe conseguir los medios para su perfección; en uno de los párrafos de la Sapientiae christianae se puede leer que si bien la Iglesia debe ser respetuosa e indiferente con las formas de gobierno o las leyes, del mismo modo no puede ser esclava de ningún partido político; en consecuencia, afirma Léon XIII en dicha encíclica: «arrastrar a la Iglesia a algún partido o querer tenerla como auxiliar para vencer a los adversarios, propio es de hombres que abusan inmoderadamente de la religión». La quinta encíclica es la Praeclara gratulationis (20 junio 1894), donde León XIII abunda en los temas ya expuestos en la Sapientiae christianae cuatro años antes; tal insistencia es la mejor prueba de que, a pesar de la claridad en la exposición de León XIII, o no se le había entendido suficientemente o no se le quería entender.
Como ya se ha dicho, en 1891 se publicó la encíclica Rerum novarum (E. Guerry, La doctrina social de la Iglesia, Madrid, 1963), en cuya introducción, tras calificar de utópica la pretensión de fijar de un modo definitivo la norma justa que regule las relaciones entre ricos y pobres, León XIII añade, inmediatamente después, que hay obligación de auxiliar a los más indefensos de la sociedad. Pasa a continuación el documento pontificio a ocuparse del socialismo, cuyas propuestas de la lucha de clases y eliminación de la propiedad privada se enjuician como falsas soluciones para el arreglo de la cuestión social. Inmediatamente después, León XIII recuerda los principios de libertad, justicia y respeto a la dignidad de la persona que siempre deben estar vigentes en la consideración de los patronos respecto a los obreros, y de éstos hacia sus patronos. A vuelta de página, León XIII apunta al núcleo del problema y se enfrentaba a los postulados del determinismo naturalista de la economía liberal, al afirmar que tanto la propiedad como el salario tienen un carácter social, y que en consecuencia la cuantía de un jornal no puede estar marcada exclusivamente por la ley de la oferta y la demanda; hay un salario justo que se debe pactar, cuya cantidad en cualquier caso nunca puede ser inferior al coste del mantenimiento del obrero. El Estado por tanto —según la Rerum novarum— no puede ni permanecer al margen de todo el proceso productivo, como proponían los liberales, ni controlarlo de un modo absoluto, como defendían los marxistas, sino que debía actuar para garantizar que se respetara la propiedad y su uso adecuado, a la vez que para promover el establecimiento de una justicia distributiva en beneficio de los más necesitados, elementos que deben confluir en el sostenimiento de la paz social. Ya al final del documento, León XIII se refería a un punto de capital importancia como era el de las organizaciones obreras, a las que el Estado debía proteger, pero sin entrometerse ni en su organización ni en su disciplina.
Por la importancia de la Rerum novarum, los sucesores de León XIII se han referido continuamente a ella e incluso con motivo de sus aniversarios se han publicado nuevas encíclicas. Pío XI (1922-1939) afirmó que gracias a esta encíclica «los principios católicos en materia social han pasado poco a poco a ser patrimonio de toda la sociedad humana». Pío XII (1939-1958), en su cincuenta aniversario, califica a la Rerum novarum como «la carta magna de la laboriosidad cristiana». Juan XXIII (1958-1963) se refiere a ella como «la suma de la doctrina católica en el campo económico y social». Pablo VI (1963-1978) reconoció que el mensaje de la Rerum novarum, a los ochenta años de su publicación, «seguía inspirando la acción en favor de la justicia social». Y Juan Pablo II (1978) ha querido conmemorar su noventa aniversario y su centenario, con la publicación de dos encíclicas: Laborem exercens y Centesimus annus. Por todo ello, ha escrito el jurista y teólogo Teodoro López («León XIII y la cuestión social, 1891-1903», Anuario de Historia de la Iglesia, VI, Pamplona, 1997):
no me parece exagerado afirmar que ningún otro documento del magisterio pontificio ha gozado de actualidad tan permanente, ningún otro ha merecido tantos homenajes y conmemoraciones, ningún otro ha sido objeto de tal atención continuada en los documentos del magisterio posterior. La moral social cristiana, la doctrina social de la Iglesia, la fidelidad cristiana a sus compromisos en la vida social se saben deudoras del gran documento del papa León XIII.
En efecto, el tema de la acción social y la Iglesia ha hecho correr ríos de tinta. Y no han faltado, incluso, quienes han llegado a afirmar que la Iglesia ha vivido ajena a la cuestión social. Tal afirmación o nace de un prejuicio o se realiza cerrando los ojos ante la historia, porque no hay ninguna institución que, como la Iglesia, pueda exhibir una tan rica y variada actuación social, que por lo demás dura ya dos mil años. Ahora bien, si por acción social sólo se entiende la lucha de clases, en este caso hay que decir que tanto el magisterio de León XIII como el de sus predecesores y sucesores, denunciaron la lucha de clases como una falsa solución para el mundo del trabajo y para la sociedad en general. Es más, a la vista del exterminio de millones de personas por el comunismo, a lo que hay que añadir las calamidades, la miseria y el sufrimiento que ha reportado a tantos seres humanos el socialismo real, resalta todavía con más mérito la valentía de los pontífices al denunciar la perversidad de esa ideología, sobre todo si se tiene en cuenta que dichas denuncias se realizaron cuando buena parte de los intelectuales se habían dejado alienar, precisamanente, por esa misma ideología (F. Furet, El pasado de una ilusión, México, 1995).
Quedaría incompleto este resumen del magisterio doctrinal de León XIII sin hacer referencia a un problema surgido al final de su pontificado, como es el del americanismo o herejía de la acción (R. Pattee, El catolicismo en los Estados Unidos, Madrid, 1964), que no es sino el anticipo de la gran crisis del modernismo, a la que tuvo que hacer frente su sucesor, san Pío X. La publicación en Estados Unidos de la biografía del fundador de los paulistas, Isaac Thomas Hecker (1888-1919), y sobre todo el prólogo que la precedía, reclamó la atención de León XIII. En dicho prólogo se pedía a la Iglesia que adaptase sus normas disciplinares y las verdades del depósito de la fe como único medio para aumentar el número de los fieles, a continuación se calificaba de superfluo e innecesario el magisterio de la Iglesia por considerar suficientes las mociones del Espíritu Santo en cada alma, además se preferían las virtudes naturales a las sobrenaturales, y por último se consideraba que había dejado de tener sentido, por juzgarla de otros tiempos, lo que se definía como vida pasiva, esto es la oración y la penitencia; la vida pasiva, por tanto, debía ser sustituida por otra, a la que se denominaba vida activa, plena de actuaciones externas. León XIII salió al paso con la carta Testem benevolentiae (22 enero 1899), sobre los errores que «algunos llaman americanismo». La advertencia de Léon XIII fue muy bien acogida por los obispos americanos, así como por el superior general de los paulistas y el biógrafo del padre Hecker, a los que les faltó tiempo para dirigirse al pontífice agradeciéndole su escrito y sometiéndose a su magisterio. Como problema menor que era, la cuestión quedó zanjada con esto. Y a buen seguro que el término americanismo no hubiera llamado tanto la atención de los historiadores de la Iglesia, de no ser porque con motivo de esta polémica salieron a la luz en Francia las primeras manifestaciones del modernismo.
Las misiones y la vida interna de la Iglesia. En otro orden de cosas, la expansión colonial fue uno de los rasgos peculiares del período en el que dirigió la Iglesia León XIII. A partir de 1880, una serie de factores contribuyó a que así fuera, desde la búsqueda de prestigio de las potencias europeas hasta las nuevas posibilidades que ofrecía la tecnología (D. R. Headrick, Los instrumentos del imperio, Madrid, 1989). Durante los meses de noviembre de 1884 a febrero de 1885 se celebró la conferencia de Berlín, donde trece potencias europeas además de Estados Unidos fijaron las condiciones para la colonización del continente africano. Y por lo que aquí interesa, en uno de los puntos de los acuerdos se declaraba a los misioneros, junto con los sabios y los exploradores, personas a proteger por las potencias colonizadoras. Paradójicamente, el anticlericalismo generalizado en la política interior de los países europeos, desaparecía en el programa colonizador de esas mismas potencias. Esta situación favoreció sin duda el trabajo de los misioneros, entre los que cabe destacar al cardenal arzobispo de Argel, Charles Lavigerie (1825-1892), fundador de los Padres Blancos.
Por medio de la encíclica Sancta Del civitas (3 diciembre 1884), León XIII recordaba a todos los católicos su responsabilidad respecto a las misiones, a las que estaban obligados a ayudar con su oración y sus limosnas. El balance misional del pontificado de León XIII fue realmente impresionante. Pero también con el tiempo se dejaron ver las sombras de esta etapa. La unión entre colonizadores y misioneros (H. Deschamps, La fin des Empires coloniaux, París, 1963) ayuda a entender la persecución religiosa durante el proceso descolonizador, más si se tiene en cuenta que los líderes de la descolonización, por pertenecer a los grupos dominantes de las colonias habían podido acudir a las universidades de Europa, en donde en no pocos casos recibieron una formación no exenta de un sectarismo antirreligioso.
La preocupación de León XIII por el ecumenismo, entre otras muchas manifestaciones, guarda relación con las seis encíclicas, siete cartas pastorales, catorce alocuciones y cinco discursos que el papa dedicó específicamente a este aspecto. Fueron muchas las iniciativas de León XIII en este sentido, entre las que cabría citar la creación de la Comisión pontificia para la reconciliación, claro precedente de la futura Secretaría para la Unidad de los Cristianos. Dicha comisión apenas pudo trabajar, dada su corta existencia, pues poco tiempo después de su constitución falleció el papa.
León XIII reforzó la vida de la Iglesia mediante la dignificación del culto eucarístico. A él se debe la iniciativa de la celebración de los congresos cucarísticos anuales; el primero tuvo lugar en Lille (1881), y a continuación —entre otras ciudades— en Avignon, Lieja, Friburgo, París, Amberes, Jerusalén y Londres. En línea con sus predecesores fomentó también la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a quien consagró el género humano el último año del siglo xix. Introdujo la celebración litúrgica de la fiesta de la Sagrada Familia, y la propuso como modelo para todas las familias cristianas; en sus escritos mostró una gran veneración por san José. Pero, sobre todo, León XIII puso especial énfasis en recomendar el rezo del rosario, por considerar que era el medio más eficaz para conservar la fe y el arma para combatir los males de la sociedad; señaló el mes de octubre para la práctica especial de esta devoción y recomendó insistentemente que se rezara en familia; en 1883, León XIII introdujo en las letanías la advocación de Reina del Rosario. Todas estas recomendaciones fueron el objeto, naturalmente, de las frecuentes indicaciones que el papa hizo a los obispos, a quienes animaba a que se reunieran cada año y por regiones en conferencias episcopales, con el fin de promover la formación del clero y mejorar la atención del pueblo. Durante su pontificado erigió 284 nuevas diócesis y 48 vicariatos; restauró la jerarquía eclesiástica en varias naciones, como en la India, dividida en ocho provincias eclesiásticas, o en Japón, donde León XIII estableció el arzobispado de Tokio, con las diócesis sufragáneas de Nagasaki, Osaka y Hakodaté.
A principios de julio de 1903 León XIII sufrió una inflamación pulmonar; dada su gravedad pidió que se le administraran los últimos sacramentos el día 5. Dos días después, los médicos detectaron que se le habían encharcado los pulmones y le sometieron a diversas toracentesis para extraerle líquido. Los remedios médicos le mantuvieron estacionario hasta que el día 19 por la noche perdió el conocimiento y comenzaron los estertores agónicos. Al día siguiente León XIII recobró la conciencia, de modo que el moribundo se pudo despedir de todos los que le rodeaban, especialmente de su secretario de Estado, el cardenal Rampolla. Tras rezar la letanías de los agonizantes entregó su alma a Dios a las cuatro de la tarde. Sus restos mortales fueron trasladados en 1924 a la basílica de San Juan de Letrán. En su monumento funerario, realizado por Giulio Tadolini (1849-1918), dos figuras flanquean la de León XIII, una de ellas con la cruz en la mano representa a la Iglesia que le llora, la otra es la de un trabajador. En una de las inscripciones se puede leer: «Los hijos acuden de todas las naciones a honrar a su padre.»
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