León I Magno, san (septiembre 440 - 10 noviembre 461)
El Grande. Sólo dos papas hasta ahora han merecido el calificativo de «grandes»: san León y san Gregorio. Y lo fueron. Para T. G. Jalland The life and times of Saint Leo the Great, Londres, 1941), este pontificado marca el cambio decisivo. Nacido en Roma aunque de familia toscana, se había convertido en el brazo derecho de Celestino y de Sixto: fue elegido en ausencia, mientras desempeñaba una misión en las Galias por cuenta del emperador. Vuelto a Roma fue consagrado en una solemne ceremonia el 29 de septiembre, fecha que conmemoraría durante los veinte años siguientes como la de su «nacimiento». Se conservan de él numerosos escritos, en especial la colección de 96 sermones, en los que no se advierte ninguna erudición helénica, pero mediante los cuales demuestra claridad de ideas: la autoridad sólo sirve para ser puesta al servicio de la Iglesia y de los hombres en el camino hacia Dios. Toda su doctrina acerca del pontificado gira en torno a ese eje, tantas veces repetido, de la sucesión de Pedro; pero esa autoridad y esa prerrogativa que hacen de Roma «primado de lodos los obispos», no es tanto un poder como un servicio. No son los titulares quienes magnifican el oficio, sino a la inversa, el oficio les engrandece. El año 445 Valentiniano III (425-455) haría expreso reconocimiento de la primacía romana mediante un rescripto que declaraba sumisas al poder del papa a todas las Iglesias de su parcela occidental del Imperio.
Ejercería esta autoridad especialmente como pastor. En los sermones, que cubren todo el año litúrgico, son constantes las referencias a la doctrina. Estimulaba el celibato incluso entre diáconos y subdiáconos. Prohibió la confesión pública de pecados ocultos. Combatió el maniqueísmo, que presentaba a Valentiniano III como un peligro social además de religioso, el pelagianismo subsislente aún en Britannia y el priscilianismo que rebrotaba en Hispania. En tollos estos casos, san León no se limitaba a exponer la doctrina correcta: daba instrucciones a los obispos para que actuasen en la práctica. Tanto en el caso de Arles, que pretendía excederse en sus funciones, como en el de Tesalónica, advirtió a sus titulares que el vicario era tan sólo una «representación» del poder del primado, pero que no afectaba a los derechos que tradicionalmente asistían a los metropolitanos.
Monofisismo. Surgió entonces el «monofisismo» (doctrina que afirma que en Cristo sólo hay una naturaleza, la divina) como consecuencia de la exageración de la doctrina aprobada en éfeso el 431. Un monje llamado Eutiques fue condenado, en un sínodo, por su obispo Flaviano, al sostener que en Jesús la naturaleza humana estaba absorbida por la divina. Eutiques apeló al papa y consiguió del emperador cartas que le recomendaban. San León contestó afectuosamente a estas cartas y ganó tiempo para recibir informes; luego redactó un texto que sería llamado el Tomus, en donde se hacía la clara exposición teológica de las dos naturalezas de Cristo unidas en una sola persona. Envió el documento a Flaviano. El Tomus Leonis está fechado el 13 de junio del 449 y redactado en latín, lo que impedía ciertas matizaciones que ofrece el griego, ganando en consecuencia en claridad. Pero en el intermedio el emperador Teodosio II, que apoyaba evidentemente a Eutiques, había convocado un concilio, en éfeso, para el mes de agosto de ese mismo año, designando a uno de sus consejeros, Dióscoro, para presidirlo. Los monofisitas se apoderaron del concilio con ayuda de los soldados que Dióscoro movilizó, maltrataron a los legados pontificios y condenaron a Flaviano. Uno de estos legados, Hilario, huido a duras penas, informó a León de lo ocurrido.
El papa no se conformó con rechazar los acuerdos del concilio: lo calificó de «latrocinio», exigiendo la inmediata rehabilitación de Flaviano. La muerte de Tcodosio II y la regencia de su hermana Pulquería (399-453) cambiaron bruscamente la situación. Fue convocado un nuevo concilio en Calcedonia el otoño del 451. Los legados pontificios ocuparon el puesto de honor y pudieron leer el Tomus, acogido con grandes aclamaciones. «Creemos lo que han creído nuestros padres, aceptamos la fe de los apóstoles. Es Pedro quien habla por boca de León.» Los orientales comprendieron que habían ido demasiado lejos porque si aceptaban que la singular posición de Roma era debida al apostolado de Pedro, la doctrina del primado universal no ofrecía la menor duda. En las sesiones siguientes maniobraron para introducir un canon, el 28, que afirmaba que Constantinopla y Roma eran iguales en calidad por ser ambas capitales del Imperio. León no podía aceptar esta condición; por eso retrasó su aprobación de las actas, y cuando lo hizo puso la salvedad de considerar el canon 28 como ilegítimo porque se oponía a las disposiciones de los concilios, desde Nicea hasta entonces.
La fórmula definitivamente aprobada en el debate teológico era que en Cristo existen dos naturalezas en una sola persona hypostasis). San León insistiría cerca de las autoridades imperiales para que no consintieran ninguna desviación. Para hacer más eficaz su gestión decidió hacerse representar en Constantinopla por un «apocrisiario», Julián de Cos, que actuó a modo de nuncio permanente. Sobre todo desplegó una infatigable actividad epistolar de la que se han conservado 143 cartas. En sus escritos, que explican que fuera declarado doctor de la Iglesia por Benedicto XIV, a mediados del siglo xviii, resplandece sobre todo la sencillez expositiva. Tal vez no fuera un profundo teólogo, pero sí un hombre de espléndida caridad.
El político. ésta se refleja en los dos episodios políticos que le proporcionaron una extrema popularidad. El año 452, vencido Aecio (t 454) y desmantelada toda posible resistencia, Atila (t 453), rey de los hunos, invadió Italia reclamando una parte del Imperio y causando terribles daños. El emperador y los suyos se refugiaron en Rávena y sus inmediaciones, concentrando allí sus fuerzas y dejando Roma desamparada. Fue entonces cuando el papa salió al encuentro del rey en las inmediaciones de Mantua, el 6 de julio. No sabemos el contenido de aquella entrevista entre el sucesor de Pedro y el «azote de Dios venido de la estepa», pero es un hecho que Atila abandonó Italia retirándose a Panonia donde murió aquel invierno. El papa fue considerado el salvador de Roma y había conseguido este éxito sin desviarse un ápice de la caridad. En los años siguientes, asesinado Accio (454) tuvo lugar una revolución que anunciaba ya el fin: el senador Máximo dio muerte a Valentiniano III, casó con su viuda, y usurpó el trono. Entonces Genserico (428-477), rey de los vándalos, asentados en África, marchó por mar sobre Roma. Asesinado también el usurpador, la desamparada ciudad acudió de nuevo a León que pudo conseguir que, al menos, los lugares santos y las zonas de refugio para la población, fueran respetados (455). En medio de las ruinas de un Imperio que marchaba ya hacia la destrucción, era la del papa la única autoridad todavía viva en Roma. Una autoridad que, de momento, carecía de soldados.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.