Juan XV (agosto 985 - marzo 996)
Crescencio había muerto, el 7 de julio del 984, en el monasterio de San Alejo, en el monte Aventino, adonde se había retirado. Actuaba como cabeza de la aristocracia romana su hijo Juan Crescencio que, en la turbulenta situación que siguió a la muerte del antipapa Bonifacio VIL. consiguió imponer su candidato. Juan XV, hijo del presbítero León, cardenal del título de San Vítale, era un hombre culto y de buena preparación. Teófano no intervino, pues se hallaba con dificultades para lograr el reconocimiento de su hijo en Alemania, de modo que se volvió en cierto modo a la situación del tiempo de Alberico II, pues Juan Crescencio asumió el título de «patricio» y comenzó a gobernar Roma según su criterio. Aunque reducido a funciones estrictamente ministeriales, Juan XV pudo mantener la línea favorable a la reforma. En el invierno del 989 a 990 la emperatriz Teófano estuvo en Roma reforzando con su cordialidad la posición del papa.
Se trataba, sin embargo, de una posición difícil que sus legados describirían en Constantinopla como de «tribulación y opresión». Era inevitable que, fuera de Roma, se le hiciera responsable de aquella anomalía: en Francia se le acusó de avaricia y de nepotismo. En un punto no vacilaba: apoyándose en las Falsas Decretales pretendía extender a toda la cristiandad su supremacía. Por primera vez se registra un intercambio entre el papa y Wladimiro de Kiev (980-1015). Medió entre Ethclredo de Inglaterra (978-1017) y Ricardo de Normandía (942-996) hasta convencerles de que suscribieran la paz (1 marzo 991). Aceptó el vasallaje que los reyes de Polonia le ofrecieron, garantizando así la independencia del reino y de su Iglesia. Un sínodo, reunido el 993 en Letrán, hizo la primera canonización de que tenemos noticia en la persona de Ulrico, obispo de Ausgburgo.
Conflicto con Gerberto de Aurillac. En junio del 991 se reunió un sínodo de la Iglesia de Francia en San Basilio de Verzy. Sirviendo los deseos de Hugo Capelo, depuso al arzobispo de Reims, Amoldo, y lo sustituyó por Gerberto de Aurillac, uno de los más extraordinarios sabios que ha conocido Europa. Pero algunos obispos y abades, invocando las Decretales, exigieron que se esperase la confirmación pontificia. Esta tardó en llegar. Se suscitó entonces un debate que pudo tener consecuencias muy peligrosas. Por ejemplo, Arnulfo de Orléans sostuvo que tal confirmación no era necesaria cuando los sínodos actúan, como en este caso, conforme a derecho; mezclaba este autor sus argumentos con tremendos ataques a la situación que se estaba viviendo en Roma. Juan XV no quiso decidir por su cuenta: dio poderes a un legado, León, abad del monasterio de San Alejo del Aventino, para que decidiese sobre el terreno. Se celebró un nuevo sínodo en Chelles (993 o 994) y en él se dijeron cosas muy radicales, como que cuando un papa no se atenía a la doctrina de los Padres no era mejor que cualquier hereje ni menos susceptible de excomunión. Por vez primera se sostuvo la tesis de que la Iglesia de un reino tiene derecho a proceder con independencia de Roma. Por fortuna para el papa, la protesta no prosperó: Hugo Capeto necesitaba de Roma para legitimar el cambio de dinastía y por consiguiente sacrificó a Gerberto que, en el sínodo de Mouzon (995), fue declarado como carente de derechos a la sede de Reims. Este percance no impediría a Gerberto llegar a ser papa.
La muerte de Juan Crescencio, a quien sustituyó su hermano, Crescencio II, la de Nomentano (988) y la de Teófano (991), perjudicaron hondamente a Juan XV. El nuevo «patricio» era menos condescendiente que su antecesor. Las relaciones con el papa se hicieron tan difíciles que, en marzo del 995, Juan huyó a Sutri y desde allí pidió ayuda a Otón III. La noticia de que el monarca aleman preparaba el viaje y su coronación, movió a Crescencio a reconciliarse con el papa, reinstalándolo en Letrán con todos los honores. Juan XV no tardó en sucumbir a la fiebre (marzo del 996) antes de que el rey de Romanos alcanzara Roma.
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