Juan XII (16 diciembre 955 - 14 mayo 964)
La elección. El juramento fue cumplido y el clero eligió a este bastardo, Oclaviano, que contaba 17 años. Era laico y ostentaba ya la magistratura de patricio de Roma. Fue ordenado a toda prisa. Las fuentes historiográficas, todas proalemanas, insisten en presentarle como un licencioso gozador de la vida en el sentido más vulgar de la palabra y completamente ajeno a las preocupaciones espirituales. Carecía, en consecuencia, de las condiciones necesarias para una empresa de tanta envergadura como era la de afirmarse en esa posición tan singular de papa y príncipe soberano. Los historiadores, sin embargo, deben mostrarse cautos ante las exageraciones que la propaganda favorable a Otón I fabricaría en los años siguientes. Liutprando, uno de los colaboradores del emperador, incluye en su Antopodosis relatos extendidos a todo el siglo del pontifiicado, que deben reputarse falsos. Algunos visitantes ilustres como Oskitel, arzobispo de York, o san Dunstan, de Canterbury, están lejos de compartir las negruras del cronista alemán. Por ejemplo, es un hecho comprobado que Juan XII mostró el mismo interés que su padre por la reforma monástica y que aplicó este interés concretamente a las abadías de Farfa y de Subiaco.
Coronación imperial. Las obligaciones políticas que como príncipe le correspondían, acabaron por desbordarle. Volvían las amenazas militares desde el sur, por los duques de Capua y Benevento, y desde el norte, donde Berenguer de Ivrea, que seguía titulándose rey de Italia, pudo apoderarse de Spoleto el año 959. Puesta a prueba, la capacidad militar de Roma reveló su deficiencia; en tales circunstancias Juan XII envió sus legados a Otón I, solicitando su ayuda y ofreciéndole la coronación como emperador, restaurando la situación existente en época de Luis II. Otón prometió a estos legados proteger la persona del papa y su patrimonio temporal, no ejercer funciones de juez salvo en su presencia, y no hacer nada que pudiera perjudicar al pueblo romano (960). En la primavera del 961 un gran ejército alemán llegaba a Pavía, restableciendo el orden a su paso, alcanzando Roma en enero del año siguiente. Aquí, el 2 de febrero del 962, en una aparatosa ceremonia, tuvo lugar la coronación: el Imperio era declarado «santo» como la Iglesia misma. El papa y los principales romanos juraron fidelidad a Otón y rechazo absoluto a Berenguer.
Sus contemporáneos no se percataron enteramente de la importancia del paso que se había dado. P. van der Baar (Die Kirchliche Lehre der Translatio Imperii Romani, Roma, 1956) recomienda poner atención, sin embargo, a lo que dijeron los tratadistas del tiempo: se trataba de una translatio Imperii a los alemanes, lo cual significaba al mismo tiempo, como señala Peicy Schramm (Kaiser, Rom und Renovatio, Darmstadt, 1957), una «renovación». En la práctica, el acto del 2 de febrero del 962 no fue simplemente una reanudación de la línea seguida desde Carlomagno a Hugo de Arles; extrayendo las últimas consecuencias de las Falsas Decretales, se llega a una nueva definición de la autoridad en sus dos dimensiones: la espiritual del papa, que es por esencia universal, y la que corresponde al emperador, de carácter temporal, y colocada a la cabeza de la sociedad cristiana. No es que Francia, España o Inglaterra se sometieran de alguna manera a su poder: en cuanto a éste, Otón y sus sucesores seguían siendo reyes de Romanos, de Italia, de Germania y de Borgoña, nada más. Pero siendo el primero entre los soberanos de la tierra, el papa —y sólo el papa— le confería en una ceremonia que tiene rasgos de consagración sacerdotal, un carácter «sacro» que daba a sus disposiciones jurídicas un alcance universal. Sólo el emperador podrá en adelante promulgar esas leyes fundamentales que se llaman Constituciones.
El imperio —señala J. Orlandis (El pontificado romano en la historia, Madrid, 1966) siguiendo en este punto a G. A. Bezzola, Das ottonische Kaisertum in der franzosischen Geschichtssechreibung des 10. und beginnenden 11. Jahrhunderts, Graz, 1956)—no coincidía con la cristiandad y, sin embargo, otorgaba a los reyes de Alemania, Italia y las fronteras del este, una especie de cumbre en la estricta jerarquía de los soberanos. Esto daba lugar a que se estableciese cierta confusión, ya que siendo definida la cristiandad como un «cuerpo místico» de Cristo, la paridad en la cumbre de emperador y papa provocaban también en el primero la fuerte tentación de presentarse como cabeza de la cristiandad entera en el orden temporal.
Deposición. Así apareció muy pronto. En el sínodo romano que siguió a la ceremonia de la coronación, Otón reconvino a Juan XII a fin de que enmendase su línea de conducta, acomodándola a la conveniente a una persona religiosa; se otorgaron al mismo tiempo a la Iglesia alemana grandes poderes en relación con todos los países del este. El 13 de febrero de esc mismo año, renovando la Constitución romana del 824 —siempre punto de partida— el emperador confirmó las donaciones de Pipino y Carlomagno, ampliándolas hasta que abarcasen aproximadamente los dos tercios de la península italiana en sentido estricto. Sin embargo, Otón retenía lo que entonces se llamaba soberanía eminente sobre este territorio, que de este modo parecía un dominio señorial como eran los grandes ducados alemanes. Meses más tarde, a este privilegium ottonianum se añadiría una cláusula según la cual las elecciones pontificias necesitaban el plácet imperial: ningún electo sería consagrado antes de recibirlo y de que prestara en consecuencia juramento de fidelidad.
Juan XII comprendió el alcance de la revolución: ahora el papa, cuya universal autoridad espiritual nadie discutía, estaba reducido, en cuanto príncipe, al nivel de uno de los grandes magnates del Imperio. Apenas hubo abandonado Otón la ciudad, para combatir los focos de rebeldía que aún se detectaban, y ya el papa estaba contactando con Berenguer y, superando antiguos recelos, abría al hijo de éste, Adalberto, las puertas de Roma: alegaba que el emperador no había cumplido el juramento que hiciera ante sus legados. Por su parte, Otón acusó a Juan XII de haberle traicionado negociando con los rebeldes y con los enemigos de la cristiandad. En noviembre del 963 estaba de regreso en Roma, haciendo huir al papa, que buscó refugio en Tívoli con todos los tesoros que en el último momento pudo reunir. Un sínodo, presidido por el emperador, se reunió en San Pedro. Fue enviada al papa la orden para que compareciera; no obedeció y fue depuesto (4 de diciernbre del 963). Entonces los clérigos reunidos solicitaron de Otón que designara al nuevo pontífice.
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