Interregno (4 julio 1415 - 11 noviembre 1417)
Entre el 4 de julio de 1415 y el 11 de noviembre de 1417 se produjo en la Iglesia un interregno muy singular: por vez primera la Iglesia estaba, sede vacante, gobernada por un concilio y no por el colegio de cardenales. Segismundo seguía firme en la idea de que no debía procederse a una nueva elección mientras no hubiera sido eliminado el tercero de los sedicentes papas, Benedicto XIII. Embajadores de este último y de los reyes españoles habían insistido en Constanza el 4 de marzo de 1415 en la idea de una entrevista con Fernando y con don Pedro de Luna, señalando la ciudad de Narbona. El rey de Romanos aceptó y emprendió el viaje en el mes de julio del mismo año. La enfermedad que padecía Fernando I fue causa de que la entrevista tuviera que celebrarse en Perpignan, tierra catalana, a partir del 17 de septiembre. Los españoles comenzaron defendiendo la vía iustitiae, es decir, aquella información que debía permitir averiguar quién de los electos era legítimo papa. Benedicto propuso dos fórmulas: que se repitiese la elección de 1378 con los cardenales supervivientes de aquel cónclave —es decir, únicamente él—, prometiendo que en modo alguno se votaría a sí mismo; o que se estableciese una negociación con arbitros entre sus procuradores y los del concilio. No hubo modo de inducirle a abdicar. Al final, Fernando optó por retirarle su obediencia, firmando con Segismundo un convenio (13 de diciembre de 1415) que implicaba la incorporación al concilio de Aragón, Castilla, Navarra, Escocia y Armagnac. ésta fue la decisión que san Vicente Ferrer comunicó a Benedicto el 6 de enero de 1416.
Hubo fuertes retrasos en la constitución de la nación española. Los procuradores de Portugal y Aragón fueron admitidos el 15 de octubre en 1416 y los de Navarra el 24 de diciembre del mismo año. Pero los de Castilla no quisieron hacerlo hasta el 18 de junio de 1417, porque como L. Suárez Castilla, el cisma y la crisis conciliar, Madrid, 1960) ha comprobado, exigieron seguridades de que se procedería a una elección de papa antes que a los decretos de reforma. La deposición de Benedicto XIII como culpable de perjurio, al haber incumplido la promesa de abdicar, de cisma y de herejía contra la Unam Sanctam —no se pudo formular acusación alguna respecto a su conducta personal—, tuvo lugar el 26 de julio de 1417.
Segismundo compartía el pensamiento de la nación alemana: la reforma debía preceder a la elección de papa a fin de que el nuevo vicario de Cristo se encontrara con una Iglesia reformada. Los cardenales y las dos naciones de Italia y España sostenían que la primera y principal de las reformas era precisamente devolver a la Iglesia su cabeza. Hubo fuertes debates. Llegó la solución cuando el obispo de Winchester, Enrique de Beaufort, tío de Enrique VI de Inglaterra (1422-1461), asumió la presidencia de su nación y sumó su voto al de las dos mencionadas, estableciendo una mayoría a la que entonces se sumó Francia. Un decreto del 9 de octubre de 1417 declaró que la reforma se haría inmediatamente después de la elección. Alemania se sintió entonces traicionada. Fue ésta la primera raíz de las gravamina, que se esgrimirían más tarde en la Reforma. El 30 de octubre el concilio aprobó un programa de 18 puntos para esa reforma, que el futuro electo tenía que comprometerse a aceptar.
Por una sola vez, y habida cuenta de las excepcionales circunstancias que entonces concurrían, las naciones estuvieron de acuerdo para que en el cónclave, además de los 23 cardenales existentes, tomaran parte otros treinta prelados o embajadores, seis de cada nación. Se reunieron el 8 de noviembre y en sólo tres días llegaron al acuerdo de elegir al cardenal diácono Otón Colonna que, por la festividad del día, quiso llamarse Martín V. Tuvo que ser ordenado antes de que se procediera, el día 21 del mismo mes, a su coronación. Felipe de Malla pronunció en esta ceremonia un discurso en que establecía la comparación entre las doce estrellas del Apocalipsis y los doce reyes que habían conseguido acabar con el cisma. Benedicto XIII mantuvo su condición de papa, sin ser molestado, en la pequeña villa de Peñíscola, rodeado por un minúsculo grupo de fieles seguidores hasta su muerte en 1423, contando 95 años de edad. Los tres cardenales que le sobrevivieron eligieron entonces a Gil Sánchez Muñoz, arcipreste de Teruel, que tomó el nombre de Clemente VIII. Obedeciendo las sugerencias de Alfonso V abdicaría en una solemne ceremonia el 28 de julio de 1429, haciendo que los cardenales de él dependientes proclamasen también a Martín V como legítimo papa. Gil Sánchez moriría en 1446 siendo obispo de Mallorca.
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