Inocencio XIII (8 mayo 1721 - 7 marzo 1724)
Miguel Ángel Conti nació en el palacio nobiliario de Poli (Palestrina) el 13 de mayo de 1655. Aunque vino al mundo en la campiña romana, se le consideró un papa romano. Hijo de Cario, duque de Poli, y de Isabel Muti, pertenecía a una de las familias de más rancia alcurnia de Roma, que había dado varios papas, entre ellos Inocencio III. Hizo sus primeros estudios en Ancona junto a su tío, obispo de la ciudad, y los continuó en el colegio romano de los jesuítas. Entró en la carrera curial y fue sucesivamente gobernador de Ascoli, Frosinone y Orvieto (1693). En 1695 fue nombrado nuncio en Suiza y en 1698 en Lisboa. Clemente XI le concedió la púrpura cardenalicia el 7 de junio de 1706 y le promovió al obispado de Osimo, primero, y Viterbo después. Durante unos años se ocupó del gobierno de su diócesis, pero en 1710 volvió a Roma por su delicada salud.
El 31 de marzo de 1721 se encerraron en cónclave los cardenales para elegir al sucesor de Clemente XI. La mayoría de los purpurados habían sido creados por Clemente XT y en los primeros escrutinios el cardenal Paolucci, que había sido secretario de Estado del último pontífice, estuvo a punto de alcanzar los dos tercios de los votos necesarios para la elección. Ante esto el cardenal de Althan se apresuró a hacer público que el emperador ponía el veto a Paolucci. Eliminada esta candidatura, se pasaron casi seis semanas en debates y cabildeos, hasta que el 8 de mayo salió unánimemente proclamado papa el cardenal Conti, que tomó el nombre de Inocencio XIII en recuerdo del más glorioso de los Conti, Inocencio III. Contaba 66 años de edad y tenía una salud precaria. No cumplió tres años de pontificado y ningún hecho importante lo inmortalizó.
Amante de la paz, trató de mantener buenas relaciones con los gobiernos. Para satisfacer las demandas del emperador Carlos VI (1711-1740), el 9 de junio de 1722, por la bula Inscrutabili illius, le concedió la investidura del reino de Nápoles y Sicilia (ésta había pasado a poder de Austria dos años antes, a cambio de Cerdeña). El emperador no quedó satisfecho con esto e hizo valer los privilegios de la monarchia sicula, aunque habían sido abrogados por Clemente X. Además, defendió con firmeza sus derechos a los ducados de Parma y Piacenza, como feudos del Imperio, que en 1731 pasarían al infante don Carlos de Borbón. El papa luchó por la recuperación del condado de Comacchio, ocupado por los imperiales en 1708, y que para la Santa Sede se había convertido en el símbolo de la intangibilidad del Estado eclesiástico. Pero las negociaciones fueron muy lentas e Inocencio XIII no llegó a ver la restitución, que se efectuó en 1725.
Las relaciones con España fueron de calma relativa después del arreglo de 1720. El gobierno se preocupó por llevar a la práctica viejos proyectos reformistas, relegados en el concordato de 1717 a una acción posterior. Al fracasar la vía de abordarlos por medio de los clásicos concilios provinciales, el monarca optó por pedir a Roma los debidos decretos reformadores. El poderoso cardenal Belluga fue el protagonista de la realización de los planes reformistas, plasmados en la bula Apostolici ministerii, expedida por Inocencio XIII en 1723 y confirmada por Benedicto XIII al año siguiente. El documento era una llamada a las reformas pendientes después de Trento y las cláusulas más rigurosas de la bula son las que anulan cualquier privilegio local o colectivo que pueda oponerse a lo decretado por el concilio.
Repetidas veces fue acusado Inocencio XIII de simpatizar con los jansenistas y de estar en contra de la bula Unigénitas. Aprovechando este rumor, al mes de su elección, siete obispos franceses le enviaron una carta con durísimas críticas hacia la bula de Clemente XI, pidiendo su abolición. Pero el papa entregó la carta a la Inquisición, que la condenó e impuso a sus autores la aceptación pura y simple de la bula clementina.
Inocencio XIII se mostró contrario a la actitud de los misioneros jesuítas de China en pro de los ritos chinos, y ordenó al secretario de la congregación De Propaganda Fide dirigir al general de la Compañía una durísima reprimenda, fundada en las calumniosas informaciones que sus detractores habían enviado a Roma. El general se defendió de las acusaciones diciendo que los misioneros jesuítas se habían ajustado en China a las normas pontificias, obedeciendo las órdenes del papa. Estos eran ya signos de la gran tormenta que descargaría sobre los jesuítas al cabo de pocos decenios.
Inocencio XIII murió en Roma el 7 de marzo de 1724 y fue enterrado en la basílica de San Pedro. Para juzgarle equitativamente —escribe Pastor (Historia de los papas, XXXIV, p. 82)— es preciso tener presente su estado de enfermo crónico y la brevedad de su pontificado.
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