Gregorio XVI (2 febrero 1831 - 1 junio 1846)
Personalidad y carrera eclesiástica. Alberto Cappellari nació (18 septiembre 1765) en Belluno, al norte de Venecia, en el seno de una familia noble, que había perdido su patrimonio. A los 18 años ingresó en el monasterio camaldulense de San Miguel de Murano en el Véneto, donde adoptó el nombre de Mauro. Tres años después de su profesión solemne fue ordenado sacerdote (1787) y nombrado más tarde profesor de filosofía (1790) del mismo monasterio. En 1795 se trasladó a Roma como asistente del procurador general de su orden. La fidelidad con la que vivió su regla monástica, basada en la piedad y en la austeridad, además de sus cualidades intelectuales, le hicieron merecedor de un gran prestigio dentro de su orden, que a su vez trascendió muy pronto por toda Italia y algunos países europeos.
Ratificó su valía humana y su fe religiosa con motivo de la conquista de Roma, la conversión del Estado pontificio en la República Romana (1798) y el consecuente cautiverio de Pío VI por el Directorio francés, al atreverse a publicar en 1799 El triunfo de la Santa Sede y de la Iglesia frente a los ataques de los innovadores. El libro fue un éxito editorial y se hicieron varias ediciones. En esta obra, Mauro Cappellari rebatía las doctrinas en las que se sustentaba el movimiento revolucionario antirreligioso. En efecto, cuando se había generalizado la opinión entre los revolucionarios de que la Iglesia era ya una causa perdida, hasta el punto de adjudicar al papa prisionero el título de «Pío VI y último», Cappellari proclamó la pervivencia de la Iglesia hasta el fin de los tiempos, de acuerdo con la promesa de su fundador. Como es sabido, los hechos desmintieron las previsiones de los revolucionarios en su contra, pues Napoleón (1769-1821) puso fin al Directorio con el golpe de Brumario (10 noviembre 1799) y estableció en Francia una dictadura. También en este mismo libro, frente al despojo de los territorios pontificios, el monje camaldulense argumentaba en favor de la soberanía temporal del papa, además de defender su infalibilidad y el carácter monárquico de la Iglesia.
Cappellari tenía una gran capacidad de gestión y de gobierno, como demostró en los diversos cargos que desempeñó antes de ser elegido papa. En 1800 fue designado primer abad vicario del monasterio romano de San Gregorio, y cinco años después abad ordinario. Fue, también, procurador general de los camaldulenses en 1807 y general de su orden en 1823. Pío VII (1800-1823) le nombró consultor de varias congregaciones, como la de asuntos extraordinarios y la del índice. León XII (1823-1829) le elevó al cardenalato (13 marzo 1826) y le nombró prefecto de la sagrada congregación De Propaganda Fide, desde donde dio un notable impulso a las misiones, experiencia esta última que sería decisiva —ya durante su pontificado— para sentar las bases modernas de la actividad misional de la Iglesia. Aceptó todos estos cargos sólo como servicio a la Iglesia, porque lo cierto es que rechazó varias sedes episcopales que le ofrecieron tanto Pío VIII como León XII. Por este motivo, el cardenal Mauro Cappellari entraba en el cónclave el 14 de diciembre de 1830 como simple sacerdote, por no haber recibido todavía la consagración episcopal.
Como se esperaba, no fue éste un cónclave corto. Duró cincuenta días y fueron precisas unas cien votaciones para elegir al nuevo sucesor de san Pedro. En cambio, fallaron los pronósticos sobre el nombre del candidato elegido. La prueba de que Cappellari no era uno de los papables es que hasta casi después de un mes de comenzar el cónclave no recibió los primeros sufragios significativos; es más, a la vista de este primer resultado, rogó al resto de los cardenales que dejaran de votarle. Sin embargo, el cardenal Zurla, que además de general de los camaldulenses era su confesor, en virtud de la obediencia le ordenó que aceptara el pontificado; y el 2 de febrero recibía 32 votos de los 41 posibles, con lo que se sobrepasaban los dos tercios exigidos. En honor del papa santo que había habitado su convento, san Gregorio VII (1073-1085), «campeón medieval de la libertad de la Iglesia», y de Gregorio XV (1621-1623), fundador de la sagrada congregación De Propaganda Fide (6 enero 1622), adoptó para sí el de Gregorio XVI (Ch. Sylvain, L’histoire du pontifical de Grégoire XVI, Brujas, 1889). Antes de recibir de manos del cardenal Bartolomeo Pacca (1756-1844) la tiara, símbolo de la autoridad pontificia, tuvo que ser consagrado obispo por el cardenal Zurla el 6 de febrero de 1831.
Con Gregorio XVI comienza una etapa que se prolonga hasta el día de hoy, que se conoce como la de los grandes papas. Además de la dilatada permanencia temporal de los pontífices en la cátedra de san Pedro, desde Gregorio XVI hasta Juan Pablo II (1978) el pontificado se ha revestido de un gran prestigio moral y sus titulares han publicado toda una serie de documentos doctrinales de una enorme resonancia dentro y fuera de la Iglesia. Pues bien, quien inaugura la etapa de los grandes papas es un personaje que en su intimidad vivió como un camaldulense, o que pretendió «ser más monje que papa», por utilizar sus palabras. Hasta su aspecto exterior contribuía a dar esta imagen, pues «su figura —escribió su amigo el cardenal Nicholas Wiseman— no ofrecía a primera vista tanta nobleza como la de su predecesores; sus rasgos, grandes y redondeados, estaban ausentes de esos toques finos que sugieren un genio elevado y un gusto delicado». Pero tal carencia estaba de sobra compensada por una fortaleza nada común. Por gozar de buena salud, despidió a los médicos del Vaticano y destinó su sueldo a obras de caridad. Era un caminante infatigable y llevó una vida realmente austera; dormía sobre un colchón de paja y ordenó al cocinero que le preparara una dieta muy frugal, ya que —según le manifestó— la elevación a la cátedra de san Pedro no le había cambiado el estómago. Quienes le trataron en la intimidad se refieren a una personalidad vivaz, alegre y jovial, que supo hacer compatible la majestad del pontificado con una vida de intensa oración, derivada de su vocación de contemplativo.
La doctrina de la Iglesia y la ideología liberal. Gregorio XVI fue el primer papa que clarificó doctrinalmente el concepto de libertad frente a las propuestas de la ideología liberal.
El liberalismo soslaya la afirmación cristiana de que el hombre «tiene» libertad, y la sustituye por la de que el hombre «es» libertad. Identifica libertad y naturaleza. No consiste, pues, la cuestión en la defensa de determinadas libertades meramente operativas, externas; el núcleo del liberalismo está constituido por la proclamación de la libertad de conciencia: de nadie depende el hombre, salvo de sí mismo. Se elimina así en la teoría —o al menos en la práctica— el carácter de criatura que tiene el hombre; como tal, radicalmente dependiente del Creador, que es quien le ha otorgado un ámbito bien definido en donde es posible la libertad. La afirmación de la libertad de conciencia comporta un cambio profundo en el mismo concepto de conciencia. El cambio que, a lo largo de los siglos xix y xx, desarrollarán —entre otros— Schopenhauer, Nietzsche y Freud (G. Redondo, La Iglesia en el mundo contemporáneo, t. I).
Pues bien, éste es el núcleo concreto al que se dirige la condena del liberalismo de Gregorio XVI en su encíclica inaugural de pontificado Miran vos (15 agosto 1832), condena que por lo demás ratificarán sus sucesores. Meses antes de su publicación, el pontífice había recibido en audiencia a Lamennais (1782-1854), Lacordaire (1802-1861) y Montalembert (1810-1870), que habían peregrinado en noviembre de 1831 hacia Roma para que el papa les concediese un refrendo oficial a sus propuestas de catolicismo liberal. Si la buena voluntad de los menesianos cabe suponerla, su estrategia cuando menos hay que tacharla de contradictoria, pues desde los presupuestos menesianos de libertad se requería para sus propuestas políticas un certificado de autoridad. Así pues, Gregorio XVI mantuvo con los tres «peregrinos de Dios y de la libertad» un encuentro breve y distante, no les dio ninguna respuesta concreta, por lo que permanecieron todavía algún tiempo en Roma en espera de la tan ansiada contestación del papa. Después de seis meses de inútil expectación, los menesianos abandonaron Roma. La respuesta —aunque sin mencionarlos— era sin duda la Mirad vos. En dicho documento, además del liberalismo el papa aborda los temas del galicanismo y el regalismo, reafirma el celibato sacerdotal y la santidad del matrimonio y condena el indiferentismo, además de referirse a la libertad de imprenta, a la subversión contra el orden temporal y a la libertad de conciencia, aspecto este último en el que insistirá en su correspondencia con el zar Nicolás I (1825-1855) al manifestarle: «No hay que confundir la libertad de conciencia con la libertad de no tener conciencia.»
En principio, Lamennais recibió la encíclica con estoicismo, pero con el tiempo y contra los consejos de sus compañeros se fue distanciando de Roma hasta colocarse en una posición de enfrentamiento. La publicación de su libro Palabras de un creyente en 1834, donde manifestaba que había dejado de creer en Cristo y en la Iglesia, para no creer más que en la humanidad, era toda una declaración de apostasía y suponía de hecho la ruptura, que formalmente se produjo en 1848, año en el que se secularizó y abondonó totalmente la fe. Entregado a la política como diputado demócrata en la Asamblea de la II República francesa, murió en 1854 sin arrepentirse. Bien diferente fue la actitud del resto del grupo de los menesianos, que tras rectificar, permanecieron en el seno de la Iglesia y de acuerdo con las enseñanzas de Roma siguieron luchando en favor de la libertad, y muy particularmente de la libertad de enseñanza, y contribuyeron a la renovación de los estudios eclesiásticos.
Positivismo y fideísmo. Los conflictos doctrinales procedentes de Francia a los que tuvo que hacer frente Gregorio XVI no se debieron exclusivamente a Lamennais. Entre los años 1830 a 1842, Augusto Comte (1798-1857) publicaba su Curso de filosofía positiva, donde proclamaba el advenimiento de una nueva era para la humanidad (coincidiendo casualmente la coronación de la cima histórica con su pensamiento), en la que la sociología debería convertirse en la ciencia que regulara la vida de los hombres conforme a las pautas del progreso y el bienestar material. Comte y Lamennais mantuvieron varias entrevistas en 1826; como resultado de estos encuentros, el primero reconoció a Lamennais, con admiración, como el jefe indiscutible del partido católico, aunque eso sí, sin posibilidad de encontrarse ideológicamente. No fue así, pues a partir de 1834 Lamennais iba a coincidir en no pocos puntos con Comte, tras variar el objeto de su fe hacia la humanidad, al haber situado a ésta en el lugar de las creencias que hasta entonces habían ocupado Cristo y la Iglesia.
Por otra parte, y en sentido contrario a los postulados expuestos anteriormente, Gregorio XVI tuvo que salir al paso de las propuestas de Louis Bautain, un profesor de filosofía converso y sacerdote desde 1828, que en su obra La filosofía del cristianismo (1835) trataba de conciliar el catolicismo con el idealismo, derivado de la filosofía kantiana. Bautain sostenía que sólo la fe en Jesucristo era la única base sobre la que podría apoyarse la razón para comprender el mundo y organizarlo. El antiintelectualismo de Bautain, que convertía a la fe en el principio de la ciencia, es conocido como fideísmo. La doctrina de Bautain fue condenada por la Iglesia en 1840, si bien en este caso el clérigo sometió su juicio a las indicaciones de Roma, y acabó sus días como profesor de teología moral de la Sorbona, integrado en el grupo de los católicos renovadores.
La renovación religiosa en Francia e Inglaterra. Resulta explicable que todas estas desviaciones doctrinales tuvieran como protagonistas a clérigos franceses. A partir del concordato de 1801 fue posible la aparición de un nuevo clero en Francia, al que la jerarquía quería distanciado de las posiciones galicanas de la etapa prerrevolucionaria y sobre todo entregado al culto y a la atención pastoral de la feligresía, con el fin de reparar los daños causados por la Revolución. Pero a cambio de potenciar estos objetivos se descuidó su formación doctrinal. Frayssinous llegó a escribir que Lamennais tenía genio, pero que carecía de teología, y salvo a Rohrbacher (1789-1856), a todos sus seguidores les ocurría otro tanto, de modo que los menesianos «se enredan en generalidades oratorias; se puede admirar su ardor, su preocupación apostólica por conquistar un siglo [...] pero les faltan las bases» (J. Leflon, L’église de France et la Révolution de 1848, París, 1948). Así pues, con el fin de paliar estas carencias, el arzobispo de París, monseñor Denis Auguste Affre (1793-1848), inició las gestiones para comprar el convento de los carmelitas, uno de los escenarios más significativos de la persecución religiosa de 1792, donde instaló la Escuela de Altos Estudios Eclesiásticos, que tanto contribuiría a la renovación del pensamiento religioso en los pontificados posteriores al de Gregorio XVI. Los seis primeros alumnos se matricularon en 1845 y el primer doctor, el futuro cardenal Charles Lavigerie (1825-1892), obtuvo este grado académico en 1850.
En contraste con el estéril revuelo de los clérigos anteriores, fueron laicos franceses los protagonistas de una de las iniciativas más novedosas y fecundas de estos años, concretamente unos jóvenes estudiantes de la Universidad de la Sorbona. Fréderic Ozanam (1813-1853) comenzó sus estudios de derecho en 1831. Pues bien, el entonces estudiante de derecho y más tarde profesor de la prestigiosa universidad francesa, había promovido en dicha universidad una «Conferencia de Historia» para debatir libremente sobre el alcance social del Evangelio. El mes de mayo de 1833 convocó a seis de sus jovencísimos compañeros en las dependencias de la Tribuna Católica; sólo uno de ellos tenía más de veinte años. Fue así cómo se fundó la Sociedad de San Vicente de Paúl: los reunidos juraron buscar a Cristo en la figura de los más necesitados mediante el ejercicio de la caridad. En 1835 funcionaban ya cuatro conferencias en París y poco después se extendieron por toda Europa. Ozanam ha sido beatificado (22 agosto 1997) por Juan Pablo II en la catedral de París.
Un panorama más esperanzador que el de Francia era el que se iba a abrir para los católicos ingleses, debido sobre todo a la acción de dos personajes como Nicholas Wiseman y John Henry Newman (1801-1890), este último uno de los principales impulsores del movimiento de Oxford. Wiseman se había formado en el seminario inglés de Roma reconstruido por Pío VII y fue enviado como coadjutor a Londres, donde Gregorio XVI había erigido cuatro vicariatos. El éxito de sus conferencias religiosas (lectures) y la puesta en marcha de publicaciones (Dublin Review, The Tablet), iban a ser decisivos para revitalizar la religiosidad de las islas en un momento en que los emigrados irlandeses comenzaban a pesar electoralmentc en Inglaterra y donde a la vez los «viejos católicos» se habían anquilosado. En 1850, Wiseman fue nombrado cardenal primado. No fue fácil su trabajo, pues a pesar de su categoría intelectual y de su arraigada y profunda piedad, o quizás precisamente por ello, tuvo que sufrir la indiferencia y el recelo de los entibiados «viejos católicos» ingleses.
Por otra parte, Newman era un clérigo anglicano, que había decidido libremente vivir el celibato, y se había convertido en una de las figuras universitarias más destacadas de su tiempo. Ingresó en la Universidad de Oxford a los quince años, fue profesor y rector de la capilla universitaria, donde se granjeó un gran prestigio por su honradez intelectual y su profunda piedad. En la década de los treinta, surgieron en la Universidad de Oxford una serie de iniciativas de renovación de la Iglesia anglicana, que había perdido pulso religioso por su identificación con el Estado. Al ser estatal la Iglesia anglicana, la politización de lo religioso en Inglaterra fue todavía más acusada que en los países de mayoría católica. Comenzó así un movimiento intelectual y religioso en el que se produjeron toda una serie de publicaciones y conferencias y en el que jugó un papel decisivo Newman. El movimiento de Oxford, además de la revitalización religiosa de Inglaterra, para Newman iba a suponer un cambio decisivo. Desde su profundo conocimiento de la historia de la Iglesia inició un acercamiento al catolicismo (J. Morales, Newman, el camino hacia la fe, Pamplona, 1978) hasta su conversión (9 octubre 1845), todo un acontecimiento para los católicos ingleses y una auténtica sacudida para el anglicanismo. En principio, pensó permanecer en la Iglesia católica como un laico, pero por consejo de Wiseman se ordenó de sacerdote en Roma en 1847; más tarde León XIII (1878-1903) le nombraría cardenal en 1879. Tanto por sus escritos como por sus fecundos apostolados, el cardenal Newman fue una de las personalidades de mayor influencia en la segunda mitad del siglo pasado y todo un punto de referencia. En la actualidad está abierto su proceso de canonización.
La «cuestión de Colonia». En Prusia se agravó el problema suscitado por los matrimonios mixtos, derivando en lo que se conoce como la «cuestión de Colonia». Federico Guillermo III de Prusia (1797-1840) intentó que Gregorio XVI cambiara las disposiciones del breve de Pío VIII; ante la negativa del papa, maniobró en Prusia. El arzobispo de Colonia, monseñor Ferdinand August Spiegel (1764-1831), presionado por el rey cedió y su debilidad fue seguida por la del episcopado alemán.
Las protestas del pontífice ante el rey de Prusia no se hicieron esperar, y coincidiendo con el envío de dichas protestas falleció Spiegel. El candidato para sustituirle, Clement-August von Droste zu Vischering (1773-1845), por pertenecer a la nobleza, le pareció al rey de Prusia un elemento manejable y no tuvo dificultad para aceptar su nombramiento. Sin embargo, su primera actuación fue denunciar el acuerdo secreto entre Spiegel y Federico Guillermo III. El prelado acabó en la cárcel y al arzobispo de Posen le sucedió otro tanto, por solidarizarse con su postura. La valiente actitud de los prelados alemanes contó con el apoyo y el respaldo de los católicos de diversos países, especialmente en Alemania y Estados Unidos.
No cejó en su empeño el rey prusiano y buscó apoyo en los «hermesianos», católicos disidentes que seguían las doctrinas racionalistas de Georg Hermes (1775-1831), condenadas por Roma en 1835. También apoyaron al rey de Prusia los «jóvenes hegelianos», que veían en el fortalecimiento del Estado el principio del progreso histórico, por lo que para ellos era preferible un cristianismo estatalizado a la prusiana que una Iglesia dependiente de Roma y descontrolada del Estado. Y no deja de ser significativo que el propio Karl Marx (1818-1883), ya concluido el conflicto en 1842, tomara partido del lado de los jóvenes hegelianos en la defensa que habían mantenido del Estado prusiano frente la Iglesia católica.
Quedaban así planteadas dos de las grandes cuestiones de los próximos años, como eran la injerencia del Estado en la vida de la Iglesia y la incompatibilidad entre determinadas corrientes de pensamiento y la actividad política de los católicos. Droste-Vischering sólo fue liberado tras la muerte del rey, pues su sucesor, Federico Guillermo IV (1840-1861), de talante más dialogante, pudo llegar a un acuerdo y zanjar la «cuestión de Colonia» mediante la Convención de 1841. En adelante, además de permitir las disposiciones del papa en los matrimonios mixtos, el Estado prusiano dejaría de interferir en las comunicaciones de los obispos alemanes con Roma y se creó la Dirección de Cultos católica en Berlín.
La oleada revolucionaria de los años treinta. Como soberano temporal, Gregorio XVI se vio afectado por la oleada revolucionaria de los años treinta que sacudió a toda Europa. Concretamente, la revuelta de la región italiana había estallado en Módena justo al día siguiente de su elección. Constituido en Bolonia un gobierno insurrecto, apresaron al legado pontificio y proclamaron la república. Los revolucionarios controlaban poco después las legaciones, las Marcas y la Umbría, esto es, las cuatro quintas partes de los Estados Pontificios. Fracasados los primeros intentos de conciliación por parte de Gregorio XVI, su secretario de Estado, el cardenal Tommaso Bernetti (1779-1852), solicitó ayuda militar de Austria para pacificar los dominios pontificios, lo que a su vez provocó las protestas de Francia. Durante casi dos meses, el Estado pontificio vivió en permanente agitación por la acción de los revolucionarios, entre los que figuraba Luis Napoleón (1808-1873), futuro emperador de Francia con el nombre de Napoleón III (1852-1870).
Sofocado el levantamiento, las potencias —Inglaterra, Francia, Prusia y Rusia— convocaron una Conferencia en Roma e impusieron un Memorándum (21 marzo 1831) a Gregorio XVI, que le obligaba a introducir una serie de reformas en sus Estados, que apaciguasen a los revolucionarios, y a solicitar la retirada de las tropas austríacas. Desguarnecidos los territorios pontificios, en 1832 estalló otra revolución, esta vez en la Romana. De nuevo la revuelta fue apaciguada por la intervención extranjera; pero en esta ocasión además de Austria intervino Francia, que ocuparon respectivamente Bolonia y Ancona. Estas dos ciudades permanecieron ocupadas hasta 1838.
Así las cosas, y ante la dificultad por encontrar un equilibrio en las relaciones de la Santa Sede con los revolucionarios y las potencias, Gregorio XVI en 1836 tuvo que sustituir a su secretario de Estado, Bernetti —forjado en la escuela de Consalvi: reticente a Viena y proliberal— por Luigi Lambruschini (1776-1854), de tendencia conservadora. El nuevo secretario de Estado, una de las cabezas de los zelanti más intransigentes, adoptó medidas antirrevolucionarias y desconcertantes, como la negativa para instalar la red ferroviaria en el Estado pontificio o prohibir la asistencia a los católicos a los congresos científicos. Ahora bien, conviene señalar que los congresos de la Italia de entonces tenían más de políticos que de científicos y se estaban utilizando como avanzadilla del proceso de unificación italiana.
En efecto, en estas circunstancias nada fáciles, comenzó a actuar la Joven Italia de Giuseppe Mazzini (1808-1872), para quien el sumo pontífice —por ser soberano temporal— era el enemigo a batir, si es que se quería conseguir la unidad de Italia y establecer su capital natural en Roma. Por su parte, los literatos, historiadores y científicos, aglutinados desde hacía tiempo en el movimiento conocido como Risorgimento, centraron sus críticas en el papa. Por más que se presentara el Risorgimento como un enlace con épocas pretéritas de gloria cultural y artística, el movimiento no fue mucho más allá de ser un instrumento político, cuyos partidarios rebajaron el listón cultural y científico hasta la altura de la mediocridad, a causa de la politización ingénita del Risorgimento. Para los risorgimentistas, el empeño de Gregorio XVI en mantener la soberanía temporal de sus territorios era el principal obstáculo para llegar a la unidad de Italia. Para el papa, esa misma soberanía temporal era la garantía inexcusable de su independencia frente al resto de los Estados para cumplir con su misión espiritual, y además tenía el papa otra poderosa razón para defender sus posiciones: todos esos territorios pertenecían a la Iglesia desde hacía unos mil años. Gregorio XVI, por tanto, mantuvo hasta el final de su vida un equilibrio en esta complicada cuestión, cuyo desenlace se produciría, no obstante, durante el pontificado de su sucesor, Pío IX (1846-1878), etapa en la que fueron usurpados en su totalidad los territorios de la Iglesia.
Un sector influyente de la historiografía italiana ha juzgado con dureza a Gregorio XVI, juicio que por lo demás se ha transmitido a historiadores de otros países. Pero esta crítica se centra sólo en un aspecto parcial de su pontificado, como es el de su soberanía temporal sobre unos territorios enclavados en Italia, sin considerar que la misión primordial del papa es de tipo espiritual y que su potestad no es de ámbito local, sino universal. Sin duda, el juicio sobre el pontificado de Gregorio XVI varía sustancialmente si se realiza con las coordenadas de lo espiritual y lo universal, que son las que enmarcan la misión de los sucesores de san Pedro, pues sólo desde ellas se puede comprender sus actuaciones.
Gregorio XVI también fue testigo de la grave situación de España, donde en los primeros días de octubre de 1833 estalló una guerra civil entre liberales y carlistas. En este clima se desató un anticlericalismo radical, pues si graves fueron las medidas legislativas del gobierno liberal contra las órdenes religiosas, que entorpecieron el normal desarrollo de las relaciones de Roma con la «católica» España (V. Cárcel Ortí, Política eclesial de los gobiernos liberales españoles 1830-1840, Pamplona, 1975), el sectarismo se desbordó hasta llegar al asesinato. Durante la tarde y la noche del 17 al 18 de julio de 1834, sólo en la capital de España fueron asesinados cerca de cien religiosos (jesuítas, dominicos, franciscanos y mercedarios) y en los meses siguientes se repitieron las matanzas en otras ciudades (Zaragoza, Barcelona, Murcia y Reus entre otras), donde murieron otros cincuenta religiosos más, sin que las autoridades pusieran mucho empeño en impedir los crímenes y desde luego ninguno en castigar a los culpables, que quedaron impunes (M. Revuelta González, La exclaustración 1833-1840, Madrid, 1976). Es más, llegado el caso, el diputado progresista Pascual Madoz, en una de sus intervenciones en el Congreso, justificó incluso las masacres (J. Paredes, Pascual Madoz 1805-1870, libertad y progreso en la monarquía isabelina, Pamplona, 1982). Lo cual tampoco resulta sorprendente si se tiene en cuenta que El Catalán, periódico de los progresistas catalanes dirigido por Madoz, unos días antes de las matanzas anunció en sus páginas con euforia «que se iba a armar una de San Quintín, en la que iban a cortar el cuello a los frailes».
Por lo demás, durante la minoría de Isabel II (1833-1843), y especialmente desde que los progresistas se hicieron con el poder a partir del año 1835, fueron constantes las medidas legislativas persecutorias: cierre de conventos, nacionalización de los bienes del clero, abolición de los diezmos, además de las matanzas y las quemas de conventos, consentidas y en algunos casos promovidas desde instituciones del gobierno progresista, en sus versiones central o provincial. La llegada al poder de los moderados en 1844 rebajó la tensión, hasta el punto que comenzaron las conversaciones para redactar un concordato, lo que se lograría en 1851.
Igualmente difíciles se presentaron las relaciones de la Santa Sede con Portugal, que también fue escenario de otra guerra civil (1827-1834) entre los partidarios del absolutismo de Don Miguel (1828-1834) y los liberales de Doña María de la Gloria (1834-1853). Derrotados los tradicionalistas, se alternaron en el poder «cartistas» y «progresistas», y también aquí apareció el anticlericalismo.Y aunque el sectarismo portugués tampoco podía desplegar muchas más variantes que las ya conocidas del anticlericalismo español (persecución de clérigos y nacionalización de los bienes de la Iglesia), no es menos cierto que los lusos superaron en intensidad a los hispanos. El panorama portugués que tuvo que contemplar Gregorio XVI en sus últimos días no fue nada consolador: se cerraron conventos y escuelas de religiosos, se expulsó al nuncio y se rompieron las relaciones con la Santa Sede. Sólo en 1848 Pío IX consiguió firmar los primeros acuerdos respecto a los seminarios y el fuero eclesiástico.
Por otra parte, en 1830 las tropas polacas que debían acudir a sofocar la revolución belga, se sublevaron contra el zar. Los católicos polacos trataban de sacudirse el yugo al que estaban sometidos, mediante la rusificación y la imposición de la religión ortodoxa en su territorio, que había sido entregado a Rusia desde el Congreso de Viena. En un primer momento, consiguieron expulsar al virrey ruso y liberar Varsovia, pero las disputas internas entre los polacos «blancos» y los «rojos», que llegó hasta la masacre de los «blancos» a manos de los «rojos», y la falta de apoyo de Inglaterra y Francia, al contrario de lo que había ocurrido en Bélgica, dejó a los sublevados polacos a merced del zar. No es de extrañar, por tanto, que en tan confusa situación la falta de información del pontífice sobre la insurrección de los polacos contra el zar, más que un pretendido apoyo a un gobierno autoritario, motivase el breve Superiori Anno (9 junio 1832), en el que instaba a los católicos polacos a volver a la obediencia del zar.
Nicolás I (1825-1855) no dudó en publicar con todo aparato el escrito del pontífice y en utilizarlo como justificación del endurecimiento de la represión sobre Polonia. Poco después, Gregorio XVI con mayor conocimiento de lo sucedido, rectificó su posición y defendió a los polacos adoptando distintas medidas diplomáticas. Esta nueva actitud de Gregorio XVI quedaba expresamente manifestada en su alocución consistorial de 22 de julio de 1842, que terminaba apelando a los sentimientos del zar. Es más, cuando Nicolás I acudió a Roma, donde mantuvo con Gregorio XVI una larga entrevista (13 diciembre 1845) en la que el cardenal Acton hizo de intérprete, el papa medió en favor de los patriotas polacos y le entregó al zar un memorial con los crímenes que habían cometido sus tropas en Polonia. Esta entrevista tan poco eficaz por los resultados, al menos significó un primer movimiento hacia el entendimiento entre los dos Estados, que cuajaría en el acuerdo de 1847, cuando ya dirigía los destinos de la Iglesia Pío IX.
Las misiones. Quedaría incompleta esta semblanza de Gregorio XVI sin hacer una referencia a su impulso misional, no en vano en su tumba de la basílica de San Pedro una inscripción le recuerda como «el papa de las misiones».
Desde que fuera nombrado en 1826 por León XII prefecto de la sagrada congregación De Propaganda Fide, puso en marcha numerosas iniciativas. Entre éstas, cabe destacar el impulso que dio a los vicariatos apostólicos, de los que durante su pontificado estableció 44 más en territorio de misiones. Las faltas de entendimiento que solían producirse hasta entonces entre los obispos y las congregaciones misioneras fueron prácticamente eliminadas, al nombrar obispos a muchos misioneros religiosos. Por último, Gregorio XVI anuló las iniciativas «nacionales» misioneras, en buena parte dependientes de los soberanos europeos, y centralizó toda esta tarea en la congregación De Propaganda Fide. Todas estas disposiciones y la aparición de órdenes misioneras durante estos años permitieron que se dieran los primeros pasos decisivos en la evangelización de África. En el norte se establecieron la diócesis de Argel (1838) y el vicariato apostólico de Túnez (1843). Igualmente fueron evangelizados, entre otros, los territorios de Ciudad del Cabo, Guinea, Abisinia, Gabón y Liberia.
En efecto, Gregorio XVI trazó los nuevos y modernos cauces misionales de la Iglesia, que fueron fijados en su instrucción Neminem profecto (23 noviembre 1845). La expansión misional de la Iglesia debía guardar una relación directa con el aumento de Iglesias locales, para lo que era necesario erigir nuevos obispados en esos territorios y formar un clero indígena. Para conseguirlo, descendía luego el documento pontificio a recomendaciones tan concretas como las siguientes: división del territorio de misiones hasta hacerlo asequible al trabajo de los misioneros; formación del clero autóctono y promocionarlo hasta el episcopado; no considerar al clero autóctono como auxiliar; no limitar a los indígenas a ser sólo catequistas, y abrir las puertas del sacerdocio a cuantos tuvieran cualidades y vocación; respetar el rito oriental; evitar la intromisión de los misioneros en asuntos políticos o profanos y cuidar con esmero la educación cristiana de la juventud (G. Redondo, La Iglesia en el mundo contemporáneo, t. I).
Por su trascendencia y el momento en el que se publicó, puede considerarse la instrucción sobre las misiones como la coronación y el remate del pontificado de Gregorio XVI. Poco después de ver la luz este documento pontificio, a comienzos de 1846, un cáncer en la cara quebró la vigorosa salud de Gregorio XVI. La grave enfermedad le minó rapidísimamente, siendo ineficaces todos los remedios que se le aplicaron, incluidos los de los médicos alemanes que vinieron a asistirle. Su última aparición en público tuvo lugar el 21 de mayo; ese día asistió al pontifical de Letrán e impartió la bendición a la muchedumbre desde la loggia. Días después, al agravarse su estado de salud, solicitó recibir los últimos sacramentos, y consecuente con la sencillez de camaldulense que había marcado su conducta desde el mismo momento de su elección, manifestó: «quiero morir como un religioso y no como un soberano». En efecto, sus deseos se vieron cumplidos, pues el 1 de junio exhalaba su último aliento prácticamente abandonado de todos y se le embalsamó con una irrespetuosa desenvoltura (J. Schmidlin, León XII, Pío VIII y Gregorio XVI, París, 1940).
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