Gregorio I Magno, san (3 septiembre 590 - 12 marzo 604)
Significación. Estamos ante una de las figuras capitales de la historia de Europa, cuya obra es más importante que la de ningún otro creador de Imperios. Nacido hacia el 540, pertenecía a una rica familia de patricios que diera ya a la Iglesia dos papas, Félix II y Agapito I. Se le preparó cuidadosamente —siempre en formación latina— para una carrera política de muy alto nivel. A los 30 años de edad era ya prefecto de Roma, en un momento en que el pontificado comenzaba a intervenir en estos nombramientos (572-574). Los especialistas en la materia (The Earliest Life of Gregory the Great, Lawrence, Kansas, 1968) coinciden en afirmar que la experiencia recogida en la primera etapa de su existencia es imprescindible para explicar la importancia de su obra. La muerte de su padre, Gordiano, y el encuentro con la regla de san Benito, le llevaron a un proceso de rigurosa conversión: vendió todos sus bienes para fundar seis monasterios, entre ellos el de San Andrés de Celiomonte, que era su propio domicilio, y comenzó a vivir el riguroso ascetismo de los monjes. Años después recordaba este tiempo de ayuno y oración contemplativa como el más feliz de su existencia. Pero hacia el año 578 Benedicto I requirió sus servicios y le ordenó diácono. En calidad de tal le enviaría Pelagio a Constantinopla el 579. Aquí organizaría su residencia de apocrisiario, equivalente a una embajada, como un pequeño monasterio con otros monjes que le permitían seguir viviendo en comunidades. Este período, hasta el 585 en que hubo de regresar a Italia, reviste gran importancia: a instancias de san Leandro escribe las Moralia. Ganó la voluntad de las autoridades bizantinas, para las que pasó a ser candidato idóneo al pontificado. En los últimos años de Pelagio II se convirtió en el consejero indiscutible.
El papa. Pocas veces se había visto tanta unanimidad: Mauricio, el emperador, el clero y el pueblo le aclamaron y aplaudieron. Sólo él se mostraba reticente, pero acabó cediendo y fue consagrado el 3 de septiembre del 590. Una leyenda pretende que, para combatir la peste que asolaba Roma, hizo que salieran siete procesiones de otros tantos tituli, haciendo una llamada a la penitencia. La peste cesó. Alguien dijo que se había visto, sobre la mole Hadriana, un ángel que envainaba una espada de fuego: ésa es la razón de que se le conozca, todavía hoy, como castillo de Sant’Angelo. Manifestó el disgusto que le producía tener que cambiar la vida contemplativa por la tiara: de sus años mozos guardó siempre el convencimiento, que reflejan sus obras, de que el monacato es la forma superior de vida cristiana. Frente al patriarca de Constantinopla, que insistía en ser llamado «universal» —pretensión que san Gregorio siempre combatió— puso en marcha una conciencia de servicio mediante la fórmula que aparece en adelante en los documentos pontificios, del «siervo de los siervos de Dios». La misión del papa coincide con la doctrina evangélica: el que quiera ser primero entre vosotros sea vuestro servidor.
San Gregorio fue, ante todo, director espiritual de la Iglesia. Los tres sínodos que reunió dieron normas de vida religiosa. Fue, para Roma, un verdadero obispo que intentaba permanecer cerca de sus fieles y para ello estableció la costumbre de las «estaciones», que le permitía reunidos. Personalmente fue Gregorio un hombre de gran habilidad, determinación y energía, sostenidas por una muy frágil salud que acabó convirtiéndole en un paralítico. Realista, se distinguía especialmente por la humildad: a fin de cuentas la vida es sólo un breve tránsito temporal. La caridad destaca como una de sus virtudes más sobresalientes. Guerra, hambre y peste reclamaban medidas urgentes. La amenaza lombarda continuaba. El 592 y el 593 la ciudad de Roma sufrió dos asedios, el primero a cargo del duque Ariulfo de Spoleto y la segunda del rey Agiulfo; en ambas ocasiones el papa consiguió la retirada de los lombardos mediante negociaciones y una fuerte indemnización. Ya no era el gobernador bizantino sino el papa quien actuaba como defensor de Roma. Sin embargo, Gregorio se negó siempre a firmar acuerdos como la tregua del 598, porque ése era un cometido que correspondía al exarca y no a él.
«Patrimonium Petri». Como una parte de la reconstrucción se encuentra el esfuerzo para organizar el Patrimonium Petri, es decir, el conjunto de propiedades de la Sede Apostólica: además del patrimonium Romae incrementado con los bienes de Aquae Salariae, entraban en él las grandes fincas de Apulia, Calabria, Lucania, el Samnium, Campania, Capri, Gaeta, Toscana, Rávena, Córcega, Cerdeña y, especialmente, de Sicilia. Este enorme patrimonio estaba formado por fincas a las que se llamaba fundos. Una reunión de fundos, explotados por medio de campesinos establecidos en régimen de enfiteusis o arrendamientos, se llamaba massa y se evaluaba según el volumen de la renta que producía. El conjunto de las massae de una provincia se llamaba a su vez patrimonium y tenía a su frente un administrador directamente nombrado desde Roma. Ninguno de estos patrimonios provinciales podía compararse con el de Sicilia, que nutría de trigo los almacenes de Roma y permitía al papa asegurar el alimento de la ciudad. San Gregorio decidió, prudentemente, que los administradores («rectores») fuesen en todo caso clérigos para evitar la formación de linajes que confundiesen la propiedad con la autoridad.
El Patrimonium Petri, cuya existencia con la organización mencionada se comprueba al menos en la segunda mitad del siglo vi, fue el origen remoto de los Estados Pontificios, ya que, de acuerdo con la ley romana, los rectores, como el famoso subdiácono Pedro que administraba Sicilia, poseían funciones jurisdiccionales sobre colonos y arrendatarios. En tiempos de san Gregorio el conjunto del Patrimonium rendía 500.000 sueldos, una gran parte de los cuales recaudados en especie. Dos veces al año una flota procedente de Sicilia, arribaba a Ostia cargada de trigo: el mercado, los repartos gratuitos de grano, la construcción de iglesias y de otros edificios, hacían del papa el punto esencial de referencia para la vida de esta grande y frágil ciudad. Es cierto que seguía siendo un súbdito del Imperio y que los emperadores le trataban como uno de sus altos oficiales, pero las funciones en él subrogadas le convertían en el verdadero dueño de Roma. El fisco se entendía con él y no con los ciudadanos. De él y no del exarca se esperaban las medidas eficaces de defensa para las que se había comenzado a reclutar una guarnición, llamada «milicia romana». Sobrevivía un senado pero enteramente supeditado al papa, que era quien nombraba al «prefecto de la ciudad». Por otra parte, el Senado había dejado de ser una asamblea: era tan sólo la élite de los grandes propietarios que usaban este título como signo de su elevada posición. El papa era ya, por tanto, un príncipe temporal, aunque no soberano. En las dos ocasiones mencionadas, para la liberación de Roma negoció directamente con los lombardos. Pero al exarca correspondía la representación política del emperador.
El escritor. F. H. Dudden Gregory the Great. His Place in History and Thought, Londres, 1967) y P. Batiffol Saint Grégoire le Grand, París, 1.928) coinciden en señalar que, con todo, el más importante y duradero de los aspectos de la obra de san Gregorio se encuentra en sus escritos. Nunca quiso emplear en ellos el griego, aunque es indudable que lo hablaba por su larga estancia en Constantinopla. Era, pues, un latinista. Sus cartas, de las que 850 han llegado hasta nosotros, presentan un variado y rico muestrario de orientaciones pastorales que tienden a buscar la imitación de Cristo. Nadie puede tener la seguridad de estar salvado: de ahí la tensión en que ha de desarrollarse la existencia. Monje ante todo, quería que el espíritu monástico se difundiese por las venas de la Iglesia hasta alcanzar los últimos rincones. La Regula pastoralis, comenzada a redactar como una explicación de su resistencia a aceptar el cargo, llegó a ser el libro más importante acerca del oficio episcopal. Se ordena en cuatro partes: las condiciones que deben tener los candidatos; la forma de vida, profundamente religiosa, a que el oficio obliga; la discreción que se necesita para la predicación; y la humildad que debe presidir todos los actos del obispo ya que, a fin de cuentas, no es sino el servidor de sus hermanos en la fe. Ejemplares de la Regla fueron después adoptados en todos los países como norma de disciplina.
Las Moralia, comenzadas durante la estancia en Constantinopla, son un comentario al Libro de Job. Es significativo que, mientras buscaba interpretaciones alegóricas, afirmaba que la Escritura carece de sentido cuando se prescinde de su contenido histórico. La Biblia no proporciona únicamente textos para la predicación: es ante todo una lectura espiritual para el perfeccionamiento de cada hombre. Sus comentarios y sermones, contenidos en las Homilías sobre los Evangelios, Homilías sobre Ezequiel, Homilías sobre el Cantar de los Cantares y Comentarios sobre el Libro I de Samuel, le permitieron ahondar en una cuestión de importancia decisiva en la conformación de la mentalidad europea, a partir del gran debate sobre la gracia a que Pelagio y san Agustín dieran lugar.
Para san Gregorio la gracia no es un elemento contundente capaz de anular la libertad humana: en esta condición esencial de la naturaleza humana, es decir, el libre albedrío, reside todo el mérito, pues si la gracia, ayuda de Dios, no falla, al hombre corresponde, en definitiva, aceptarla o rechazarla. Los Diálogos contienen, entre otras, una vida de san Benito de Nursia que es signo de absoluta fidelidad a su monaquisino.
La gran política. Polifacético, san Gregorio escribió, cuidó de los pobres, levantó iglesias, restauró Roma, hizo penitencia, enseñó con la palabra y el ejemplo, al tiempo que se ocupaba de las grandes cuestiones disciplinarias y políticas. En modo alguno sentía vacilar su conciencia de que Roma formaba parte del Imperio ni de que la unidad de la Iglesia estuviese garantizada por la fidelidad a los cuatro concilios (Nicea, Constantinopla, éfeso, Calcedonia), que llegaba a comparar con los cuatro Evangelios, incluyendo el debatido canon 28 que garantizaba a Constantinopla el segundo puesto («después», pero no «antes» ni a la par de Roma) dentro de la cristiandad. Sintió escándalo porque el patriarca Juan el Ayunador se titulase «ecuménico», un título que le parecía signo de soberbia y que él mismo se negó positivamente a usar. Protestó reiteradamente de dichas pretensiones, pero a pesar de la amistad que le unía a los patriarcas de Antioquía y Alejandría, no consiguió que éstos, temerosos del emperador, le apoyasen. Cuando Mauricio, el emperador, le reprochó que hiciera cuestión importante de lo que, a su juicio, era sólo un juego de palabras, él replicó que estas palabras afectaban a una misión encomendada indefectiblemente a san Pedro por el propio Cristo que había colocado a todas las Iglesias, incluyendo a la de Constantinopla, bajo la supremacía de la Sede Apostólica. No vería el éxito de sus protestas, pero el año 607 Focas prohibiría a los patriarcas el uso del debatido título de ecuménico.
Las misiones. R. A. Markus («Gregory the Great and a papal Missionary strategy», en Study of Christian History, 6, Londres, 1970) no duda en calificar a Gregorio de «primer misionero». En realidad, las misiones para convertir a los germanos que aún permanecían fuera del ámbito romano en la idolatría, estaban en marcha cuando él subió al trono. Pero recibieron de su mano un fuerte impulso. En primer término en Cerdeña, donde impuso al obispo de Aleria la obligación de concluir con los resistentes focos paganos. Respecto a los judíos, recomendaba multiplicar los esfuerzos para atraerlos al bautismo, pero rechazaba cualquier recurso a la fuerza o a la coacción. Sus relaciones, estrechas e importantes, con los reyes germánicos en España, Francia e Italia, no deben interpretarse como desvíos en la fidelidad al Imperio, sino como una necesidad de fortalecer el cristianismo en ellos y sus vinculaciones con Roma. En España encontró un gran apoyo en Recaredo y san Leandro de Sevilla: debe recordarse el estrecho paralelismo que la obra literaria de san Gregorio ofrece con la de san Isidoro. En las Galias, la restauración del vicariato de Arles y las estrechas relaciones con Brunequilda, ella misma de origen visigodo, se explican por la necesidad de reforzar la dependencia de sus obispados respecto a Roma.
Un episodio en la vida de san Gregorio ha sido rodeado de tintes poéticos legendarios. Siendo todavía diácono vio que estaban vendiendo en un mercado de Roma jóvenes esclavos rubios y preguntó quiénes eran: «Son anglos», le respondieron. Y entonces replicó que «no son anglos, sino ángeles». Compró tales esclavos —es un hecho comprobado que parte de las rentas del Patrimonium se empleaban en el rescate de los esclavos— y, siendo ya papa, los envió a su país con el prior de un monasterio romano, llamado Agustín (t 604). Tal habría sido el origen de la Iglesia en la Inglaterra sajona. El propio Gregorio enviaría a Agustín el palio en su calidad de primer arzobispo de Canterbury. Nuevos refuerzos misionales enviados el año 601 permitieron fundar sedes en Londres y en York.
Entre las obras más destacadas de san Gregorio figura también un Sacramentarlo, que es una especie de misal de la época, y una colección de cantos, el Antifonario. Sus precisiones en el campo de la liturgia explican que la salmodia monocorde propia de los monjes siga siéndole atribuida con el nombre de «canto gregoriano». En realidad, no se trata de ninguna invención suya, aunque es evidente que estimuló la oración cantada. De él data también la reducción del tiempo de Adviento a cuatro semanas en lugar de las seis de que se componía al principio.
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