Fabián, san (10 enero 236 - 20 enero 250)
La leyenda. Se trataba de un laico que hubo de ser ordenado antes de comenzar su gobierno. Una leyenda, recogida por Eusebio, pretende que cuando la asamblea deliberaba acerca de la sucesión de san Antero, una paloma se posó sobre la cabeza de Fabián, que fue inmediatamente aclamado: le había designado el Espíritu Santo. Esta leyenda indica un estado de conciencia que ve en el papa una directa designación por Dios. Fue el suyo un tiempo excepcional de paz y prosperidad para la Iglesia, pues Gordiano III y Felipe el Árabe (244-249) se mostraron incluso favorables a la comunidad cristiana. Pero el espectáculo que ésta ofrecía era de ruina: los efectos del cisma se sumaban a las desoladoras consecuencias de las herejías. Todo tenía que ser reconstruido. Esenciales resultaban para la conciencia de la cristiandad esas memorias conocidas como «actas de los mártires», porque la sangre vertida era el mejor signo de identidad. Por esta misma causa se concedía mucha importancia a la conservación y ampliación de los cementerios, primeras propiedades que fueron reconocidas a la Iglesia. La noticia de que lograra rescatar los restos de Ponciano e Hipólito parece demostrar que existía ya una penetración cristiana en la casa imperial, pues era imprescindible la autorización del emperador para la entrega de los difuntos en el exilio.
Todos nuestros datos, aunque escasos, coinciden en destacar la importancia que la sede romana había llegado a alcanzar. Una comunidad tan numerosa como la que en la antigua capital se congregaba, exigió su división en siete distritos, al frente de cada uno de los cuales aparecía un diácono, un subdiácono y seis asistentes. Cuando los obispos Donato de Cartago y Privatus de Lambaesis fueron condenados por un sínodo africano, la sentencia no se consideró firme hasta ser refrendada por su homólogo romano. También Orígenes apeló al papa tras ser condenado en Alejandría, reconociendo de este modo la superioridad.
Novaciano. Un gran nombre aparece en este tiempo que recuerda en muchos aspectos la figura de Hipólito: se trata de Novaciano. Tenía alrededor de cincuenta años cuando, llegado de Oriente con toda probabilidad, apareció en Roma; el origen frigio que se le atribuye carece de fundamento. Bautizado in extremis durante una grave enfermedad, esta circunstancia le incapacitaba para el presbiterado, pero san Fabián apreció en él tan excepcionales cualidades que le dispensó del impedimento, ordenándole. Desde entonces se convirtió en el principal de los presbíteros romanos: se encargaba de responder a las cuestiones doctrinales y disciplinarias que llegaban de muy diversos puntos.
El año 250 Decio emprendió la primera de las persecuciones sistemáticas: no buscaba tan sólo castigar a los cristianos, sino destruir la Iglesia entera. San Fabián fue de los primeros detenidos y muertos. Durante dieciséis meses la sede permaneció vacante, porque las excepcionales circunstancias impedían la elección. Novaciano, que ejercía un papel directivo, abrigó la esperanza de ser reconocido como sucesor.
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