Eugenio II (junio 824 - agosto 827)
Firmeza del papa. La nobleza romana se unió al partido imperial en un esfuerzo para evitar que el clero hiciese triunfar su candidato. Los últimos meses del pontificado de Pascual habían sido muy duros. Wala, consejero de Luis y luego de Lotario, que estaba en Roma a la sazón, consiguió negociar una especie de arreglo mediante el cual se logró el reconocimiento de Esteban, arcipreste de Santa Sabina. El electo no se limitó a comunicar a Luis el Piadoso su elevación, como estaba acordado: le juró fidelidad, reconociendo de este modo la soberanía del emperador. Su nombramiento fue, en general, bien acogido porque se esperaba de este modo conseguir más paz interna. Así fue, pero a costa de que el papa fuese solamente instrumento de la política imperial.
La «Constitutio romana». Finalizaba el verano del 824 cuando Lotario apareció nuevamente en Roma proclamando su intención de restaurar el orden en la ciudad y establecer nuevas leyes que impidiesen las divisiones y tumultos. Eugenio II se plegó a estos proyectos y la consecuencia fue la llamada Constitutio romana del 11 de noviembre del mencionado año, que establecía un fuerte control del Imperio sobre el Patrimonium Petri. Los capítulos más salientes determinaban:
Todas las personas declaradas bajo protección imperial o pontificia gozarían en adelante de inmunidad.
Se establecía el principio jurídico de los germanos de la personalidad de las leyes, de modo que cada uno sería juzgado por la ley romana, franca o lombarda, según su nación.
La administración de Roma y de los demás dominios pontificios se encomendaba a dos missi, uno imperial, el otro papal, los cuales elevarían cada año un informe al emperador.
Suprimiendo el canon establecido en el sínodo del 769, se decretaba que en las elecciones pontificias tomaría parte el pueblo junto con el clero.
Por último, que antes de que pudiera ser consagrado, el papa tendría que prestar juramento de fidelidad al emperador.
En definitiva, la Constitutio venía a demostrar que al emperador, y no al papa, correspondía la autoridad soberana. La crisis a que el Imperio estaba siendo abocado, precisamente por derechos sucesorios, evitaría que se obtuviesen de ella los resultados que Lotario esperaba. Eugenio comenzó mostrando bastante independencia en dos asuntos: la reforma, que parecía tan necesaria, y la iconoclastia. En noviembre del 826 un sínodo reunido en Letrán, que aceptó desde luego la nueva forma propuesta para las elecciones y también la legislación franca referida a las Iglesias propias, promulgó numerosos cánones acerca de la simonía, deberes de los obispos, monaquismo, educación clerical, indisolubilidad del matrimonio, etc., que se hicieron extensivos a todas las Iglesias de Occidente sin consulta previa al emperador.
En el mes de noviembre del 824 había pasado por Roma una embajada del emperador Miguel II (813-829) y del patriarca Teodoro, que intentaba negociar una fórmula que permitiese suavizar las aristas que despertara la iconoclastia. Eugenio advirtió que la doctrina formulada en el segundo Concilio de Nicea (787) era la única aceptable. Y no cedió ni ante una embajada de Luis el Piadoso ni ante los requerimientos de una comisión de teólogos, reunida en París el 825, contando con permiso del papa, que había llegado a conclusiones excesivamente críticas respecto al culto de las imágenes. Eugenio, que mantenía contacto estrecho con Teodoro de Studion y con los monjes iconódulos refugiados en Roma, proyectaba el envío conjunto de una embajada imperial y pontificia a Constantinopla, cuando falleció.
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