Cregorio II, san (19 mayo 715 - 11 febrero 731)
El romano. Después de siete papas griegos o sirios, en todo caso orientales, y de tantas promociones de ancianos que garantizaban reinados muy breves, un romano de 46 años, con mucha experiencia en los asuntos públicos, llegaba a la sede de san Pedro en momentos extraordinariamente difíciles, cuando cabía preguntarse si la cristiandad, atrapada en medio de dos tenazas, iba a sucumbir a manos del Islam: estaba a las puertas de Constantinopla y, cruzando España con gran rapidez, sus soldados árabes y berberiscos pasaron al otro lado del Pirineo, adueñándose de la Narbonense. No era previsible que quince años más tarde los francos conseguirían invertir el sentido de la marcha. Naturalmente, la resistencia iniciada en Asturias era absolutamente desconocida. El año 717 comenzó el asedio de Constantinopla, que iba a durar un año justo y acabaría estrellándose contra las fuertes murallas y la superioridad técnica de los bizantinos que descubrieron y aplicaron el «fuego griego».
En calidad de subdiácono, Gregorio había desempeñado bajo Sergio I los oficios de tesorero y bibliotecario. Como diácono fue uno de los miembros prominentes de la delegación que acompañó a Constantino en su viaje del 710, desempeñando, como dijimos, un importante papel en las negociaciones en torno a la doctrina del concilio llamado Quinisexto. Esta estancia le permitió conocer las realidades del Imperio: como romano, se sentía más inclinado que sus antecesores a buscar el apoyo del oeste. Sin embargo, seguía siendo un súbdito fiel para Constantinopla. En sus negociaciones con Liutprando (712-744), el nuevo rey de los lombardos, no se limitó a defender los intereses del Patrimonium Petri, sino que hizo suyos también los del Imperio. Pero esto puede obedecer al hecho de que su gobierno se había extendido hasta abarcar, al menos en ciertas ocasiones, todo el ducado de Roma, que comprendía, además de la Urbe y su territorio, Campania y Tuscia. Cuando Grimoaldo, duque de Benevento, se apoderó de Cumas el 710, el rector de las propiedades de Campania unió sus fuerzas a las de los bizantinos de Nápoles para recuperarla. El 728 conseguirá Gregorio que Liutprando evacuara Sutri, de la que se había apoderado. Resultaba ya muy difícil separar en el Patrimonium la propiedad de la autoridad: el progresivo repliegue bizantino permitía el crecimiento de un poder pontificio que puede definirse como temporal.
Oriente. León III el Isáurico (717-741) había salvado a Constantinopla. Entre sus proyectos para organizar una contraofensiva que le permitiera recobrar el espacio imprescindible para la superviviencia del Imperio, figuraba una revisión del sistema de impuestos, obligando a las provincias a contribuir más pesadamente a las cargas militares. Gregorio II, defendiendo a los que de hecho eran ya sus súbditos, se opuso. El emperador dictó una vez más la orden de conducir prisionero al funcionario rebelde, pero las milicias romanas, apoyadas en esta ocasión por los duques de Spoleto y Benevento, lo impidieron. El exarca Paulo fue asesinado en la revuelta (726-727). Una extraña alianza se concertó entonces entre su sucesor, Eutiquio, y Liutprando: bizantinos y lombardos unirían sus fuerzas para castigar a los rebeldes; el rey lograría la sumisión de los ducados que operaban con independencia, mientras el exarca se apoderaría de Roma. Gregorio repitió el gesto de san León: presentarse en el campamento de Liutprando, revestido como papa, y obtener de él un acta de protección. Solemnemente el rey de los lombardos depositó sus insignias reales en la tumba de san Pedro en muestra de sumisión. Gregorio no se opuso a que, mediante un acuerdo, Eutiquio volviera a ocupar la residencia de los exarcas en Roma y le ayudó incluso a someter a los súbditos rebeldes. Las rentas pontificias acudieron también a la reparación de los muros de la ciudad. Lo sucedido en Constantinopla obligaba a tomar esas precauciones.
Las misiones en el oeste. Vientos nuevos llegaban del norte y del oeste. Como hicieran ya reyes y misioneros anglosajones, en el otoño del 718 san Winfrid (680? - 754), nacido en Wessex, llegaba a Roma para explicar al papa los grandes proyectos que, desde Frisia, comenzaba a acometer: se trataba de convertir a los pueblos de la llanura y del bosque, sajones que a sí mismos se llamaban Deutsch, «teutones». Gregorio II respaldó el programa y cambió a Winfrid su nombre por el de Bonifacio con que ahora se le conoce (15 mayo 719), otorgándole una especie de monopolio sobre estas misiones con la condición de mantenerlas en estrecha dependencia de Roma. Sucedía esto en el momento en que llegaban noticias extraordinariamente graves desde España y desde Bizancio, de modo que la obra de san Bonifacio parecía una especie de compensación por las pérdidas sufridas. En efecto, en los años inmediatos siguientes fue conocido el hecho de que se habían producido miles de bautismos. El 722 Gregorio II llamó al misionero a Roma y le consagró obispo (30 de noviembre); prestó juramento de fidelidad al papa con la misma fórmula que empleaban los suburbicarios. Vuelto a Hesse, san Bonifacio derribaría la encina de Goslar, signo del paganismo, y edificaría en su lugar el monasterio de Fulda. Gregorio II recibió también al duque Teodo de Baviera y a Ina (t 725), rey de Wessex, que había renunciado al trono para hacerse monje. Se ha conservado una correspondencia relativamente abundante con estos personajes, que revela la preocupación por la defensa y expansión de Occidente. Gregorio murió un año antes de que Carlos Martel lograra la victoria de Poitiers, que marcaba un cambio de signo.
El papa concedía mucha importancia a la restauración de Roma, sus murallas, sus monumentos y sus defensas contra las avenidas del río. Decidido partidario de la vida monástica, convirtió su casa en monasterio de Santa Águeda y encomendó al abad Petronax de Brescia que restaurara Montecassino. Las misiones eran concebidas asimismo como obra de monjes y no de clérigos.
Iconoclasüa. Desde el año 726 una nueva fuente de discordia con el Imperio había surgido. León III, empujado por ciertos extremistas cristianos y también por las críticas de musulmanes y judíos, se mostró enemigo del culto a las imágenes. Es cierto que en la Iglesia oriental se había llegado a extremos reprensibles en este aspecto, declarándose que muchas de ellas eran ajeiropoietes, es decir, no hechas por manos de hombre, sino de origen sobrenatural. El emperador se propuso erradicar el culto a las imágenes; es lo que se conoce como «iconoclasüa». Un decreto, firmado por el patriarca de Constantinopla, se publicó el año 730: el emperador amenazó a Gregorio II con deponerle si no suscribía esta disposición. El papa respondió que la iconoclastia era herejía (siendo las imágenes representación de algo que es, en sí mismo, sagrado), que no correspondía a los laicos sino a los clérigos decidir sobre cuestiones de doctrina, y que todo el oeste reverenciaba al sucesor de san Pedro. De hecho, al conocerse las amenazas del emperador, se produjeron revueltas en el norte de Italia. A pesar de todo, el papa no alteró su lealtad al Imperio.
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