Concilio IV de Constantinopla (869-870)
Como precedentes de este concilio hay que tener en cuenta la negativa del papa Nicolás I (858-867) a reconocer al patriarca Focio de Constantinopla, que había conseguido la sede gracias a la abdicación forzada de su predecesor Ignacio. Añádase a esto el que Focio no estaba dispuesto a renunciar a la jurisdicción sobre la Italia meridional y Dalmacia. Estos hechos fueron determinantes, en buena medida, de la condena de Focio por un sínodo romano del 863. Focio envió una circular a los demás patriarcas orientales en la que lanzaba graves acusaciones contra el papa y la Iglesia latina: la inserción del Filioque en el símbolo, la doctrina del purgatorio, etc. No contento con estas acciones, Focio reunió un sínodo en Constantinopla (867) y anatematizó a Nicolás I. Poco después hubo un cambio dinástico y se hizo con el poder el emperador Basilio el Macedonio (867-886), que depuso al patriarca Focio de la sede Constantinopolitana, e Ignacio volvió de nuevo a ella. El emperador y el patriarca Ignacio escriben al papa Nicolás I una carta indicándole la conveniencia de convocar un concilio ecuménico con el fin de serenar los ánimos dentro del mundo de Bizancio por las secuelas del iconoclasmo y la actitud de Focio. A esta misiva responde el papa Adriano II (867-872), sucesor de Nicolás I, aceptando la convocatoria del concilio y enviando como legados al diácono Marino, a los obispos Donato de Ostia y Esteban de Nepi.
El concilio comenzó sus sesiones el 5 de octubre de 869 en la iglesia de Santa Sofía y se clausuró el 28 de febrero de 870. Se celebraron diez sesiones. Al principio no contó con muchos asistentes, pero en las últimas sesiones asistieron alrededor de cien obispos. Los patriarcas de Antioquía y Jerusalén enviaron sus representantes, y en la sesión novena también se personó un representante del patriarca de Alejandría. El objeto principal de los debates conciliares se centró en el proceso contra Focio y sus seguidores. En la primera sesión se proclamó el llamado libellus satisfactionis, que contenía la profesión del primado del obispo de Roma, la condena del iconoclasmo y de los errores de Focio. En las sesiones quinta y séptima estuvo presente Focio, pero se negó a reconocer su culpabilidad. La última sesión tuvo una especial solemnidad por la asistencia del emperador Basilio y su hijo Constantino, así como los legados del rey de Bulgaria y del emperador de Occidente Ludovico II (855-875). En ella se promulgaron una profesión de fe y veintisiete cánones. Estos cánones tenían la intención de evitar que se repitieran los incidentes en torno a Focio, y volvieron a confirmar la legitimidad del culto a las imágenes (c. 3). Llama la atención el c. 21, que establece el orden de precedencia de los cinco patriarcas: en primer lugar el papa de Roma, luego los patriarcas de Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén.
La Iglesia católica reconoce este concilio como ecuménico. Como tal aparece en una amplia tradición, que va desde Anastasio el Bibliotecario, pasando por las colecciones canónicas occidentales —desde la segunda mitad del siglo xi— hasta el testimonio del Concilio Vaticano I. No ocurre lo mismo en la Iglesia ortodoxa griega, que considera como octavo concilio ecuménico, otro reunido por Focio en la misma capital imperial durante los años 879-880, que rechaza las decisiones del Concilio IV de Constantinopla.
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