Concilio III de Constantinopla (Trullano) (680-681)
La iniciativa de la convocatoria se debió al emperador Constantino IV (668-685) que así se lo ordenó al patriarca de Constantinopla Jorge el 10 de septiembre del 680, para que invitara a los obispos de su patriarcado, así como a Macario, patriarca de Antioquía, que se encontraba en Constantinopla con sus obispos. Ya el año anterior había invitado al papa Dono (676-678) para que enviara a Constantinopla una delegación compuesta por obispos y monjes, pero la carta llegó cuando el papa ya había muerto. Su sucesor Agatón (678-681), en agosto del 680, mandó una delegación compuesta por tres obispos italianos, tres apocrisarios pontificios, un representante del arzobispo de Ravena y tres monjes.
El 7 de noviembre del 680 se reunió el concilio en la gran sala de la cúpula (in trullo) del palacio imperial, bajo la presidencia de Constantino IV. El número de participantes osciló a lo largo de las diversas sesiones entre 43 y 164. La cuestión que había motivado el concilio era la del monotelismo, consecuencia inevitable del monofisismo; pero dado que los fautores principales de esta tendencia eran los patriarcas de Alejandría y Jerusalén, que ya no formaban parte del Imperio, al caer sus sedes en manos de los árabes, esta temática había perdido virulencia.
El emperador tomó parte personalmente en las once primeras sesiones. Después de un profundo estudio del monotelismo, su portavoz Macario de Antioquía y su discípulo el abad Esteban reconocieron haber mutilado los textos que exhibieron en el concilio, y fueron depuestos. En la sesión 13.a la asamblea sinodal condenó a todos los que habían defendido ideas próximas al monotelismo: los patriarcas de Constantinopla: Sergio, Pirro, Pablo II y Pedro, el patriarca de Alejandría Ciro, Teodoro de Farán, y Honorio de Roma. La sesión de clausura, realizada en presencia del emperador, adoptó una profesión de fe en la que se declaraba la existencia en Cristo de dos naturalezas, dos energías, dos voluntades, de acuerdo con la doctrina de los cinco concilios ecuménicos anteriores. El papa León (682-683), sucesor de Agatón, aunque refrendó las decisiones de este concilio, restringió, sin embargo, el juicio de éste sobre el papa Honorio (625-638), culpándole sólo de negligencia al no reprimir el error monotelita.
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