Concilio I de Lyon (1245)
El 13.° concilio ecuménico tuvo su justificación más inmediata en el conflicto suscitado por el emperador Federico II (1194-1250) contra el papado, en tiempos de Gregorio IX (1227-1241) y de su sucesor Inocencio IV (1243-1254). El concilio había sido proyectado por Gregorio IX para la Pascua de 1241 en Roma, pero no se pudo llevar a cabo por la acción violenta del emperador con un grupo de obispos. Inocencio IV hizo suya la convocatoria del concilio, pero no sintiéndose seguro en Roma se trasladó a la ciudad libre de Lyon el 2 de diciembre del 1244, estableciéndose en el monasterio de Saint Just. La convocatoria conciliar fue anunciada por el papa en un sermón de 1244. Además de citar al emperador para que compareciera ante el concilio, se cursaron invitaciones a todos los obispos del mundo. Sin embargo, sólo pudieron asistir 150 prelados, la mayor parte de ellos de países como Francia y España; menos numerosa fue la representación de Inglaterra e Italia, y todavía menor la presencia de obispos alemanes, debido sobre todo a la hostilidad de Federico II.
De este concilio conservamos una breve relación de las actas y una Chronica maiora de Mateo de París. La sesión de apertura se celebró en la catedral de Lyon, el 28 de junio de 1245. En ella el santo padre expuso las grandes preocupaciones que albergaba en esos momentos: la persecución de la Iglesia por parte de Federico II, la caída de la ciudad santa de Jerusalén en manos de los sarracenos y la derrota de los cruzados en Gaza, la irrupción de los mongoles o tártaros en Europa, el cisma griego y la moralidad del clero y del pueblo cristiano. En esta primera reunión Tadeo de Sessa, representante del emperador, defendió a Federico II de las acusaciones que se hacían contra él, pero el papa refutó puntualmente sus alegatos. El 5 de julio tuvo lugar la segunda sesión en la que intervinieron los obispos de Carinola, Compostela y Tarragona, pidiendo que se procediera contra el emperador. Tadeo de Sessa no consiguió rebatir los argumentos contra Federico II, aunque logró un aplazamiento de doce días para que se difiriera la sentencia, con el fin de recibir nuevas instrucciones de su soberano. En el intervalo de esta sesión y la siguiente, se despacharon en el concilio algunos asuntos eclesiásticos. Así, se acordó ratificar ocho decisiones anteriores al concilio. También se prepararon doce decretos de índole jurídico-canónica, en los que se regulan asuntos de gran interés, como la elección de los obispos, la celebración del cónclave, y algunas disposiciones litúrgicas. La tercera sesión se llevó a efecto el 17 de julio, tal y como estaba previsto, aprobándose los 22 capítulos o cánones anteriormente preparados. Se leyó también una colección de privilegios de la Iglesia romana, entre los que figuraba alguno sobre los beneficios de Inglaterra, lo que provocó la protesta de los barones ingleses. El punto central, sin embargo, fue la sentencia contra Federico II, acusado de perjurio, de perturbar la paz, de perseguir a la Iglesia y de sospecha de herejía; fue depuesto en cuanto emperador y excomulgado. La deposición del emperador fue firmada por todos los obispos presentes y los franciscanos y dominicos fueron encargados de hacerla pública por toda la cristiandad. El concilio terminó el 25 de agosto de 1245 con un solemne Te Deum.
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