Concilio de Basilea - Ferrara - Florencia (1431-1442)
Poco antes de morir Martín V, el 2 de febrero de 1431, envió la bula de convocación del Concilio de Basilea y nombró al cardenal Cesarini para que lo presidiera. Estos actos fueron confirmados por su sucesor Eugenio IV el 12 de marzo de 1431. El concilio tuvo su primera reunión el 14 de diciembre de 1431 y en ella estuvieron presentes tres obispos, catorce abades y diverso clero. Se definieron los objetivos a conseguir: la extirpación de la herejía husita, el establecimiento de la paz entre los cristianos y la reforma de la Iglesia. Entre tanto, Eugenio IV, informado de la escasa participación conciliar, tomó la decisión de disolver el concilio y así se lo comunicó al cardenal Cesarini. Pero el 21 de enero de 1432 el concilio rehusó la disolución y renovó el decreto Sacrosancta de Constanza, declarándose legítimo representante de la Iglesia. Dos años duró el conflicto entre el concilio y el papa. Eugenio IV se vio obligado a ceder y reconoció la legitimidad del concilio el 15 de diciembre de 1433. En el ínterin, el Concilio de Basilea había logrado la pacificación de los husitas, cuando éstos aceptaron los «Compactara de Praga», bajo ciertas condiciones que les favorecían. También durante este período el concilio creó cuatro comisiones: de cuestiones generales, de la fe, de la reforma y de la paz. Estas comisiones tenían la particularidad de que todos sus miembros —prelados o simples eclesiásticos— tenían la misma autoridad.
Entre los años 1433 y 1436 el concilio emanó una serie de decretos de reforma eclesiástica, que de ponerse en práctica hubieran supuesto una renovación en la vida de la Iglesia. Entre ellos destacan los que se refieren a la liturgia, contra el concubinato de los clérigos, y contra el abuso de los interdictos. Otras disposiciones estaban más bien en la línea de reducir los poderes papales, como la abolición de las tasas y anatas a la curia por la colación de beneficios.
En el verano de 1437 se suscitó la cuestión de elegir la sede en la que debía celebrarse el concilio para la unión con los griegos. Eugenio IV era partidario de escoger una ciudad italiana, y ésta era también la preferencia de los griegos; mientras que la mayoría de los conciliaristas de Basilea preferían esta misma ciudad o Aviñón. Después de largas negociaciones, la minoría del concilio, el papa y los griegos se pusieron de acuerdo en la elección de Ferrara como la ciudad más idónea. Y a esta ciudad trasladó el papa el Concilio de Basilea el 17 de septiembre de 1437.
Ante esa decisión papal la mayoría conciliarista de Basilea se opuso, declarando dogma de fe la superioridad del concilio sobre el papa y deponiendo a Eugenio IV el 25 de junio de 1439. El 5 de noviembre del mismo año eligieron al duque Amadeo de Saboya para sustituirlo con el nombre de Félix V (1439-1449). Pero este antipapa, en poco tiempo, fue perdiendo apoyos políticos y eclesiásticos y terminó por resignar su cargo al concilio en 1449. El concilio, que se había convertido en cismático, se disolvió, después de haber reconocido al nuevo papa Nicolás V (1447-1455).
Ferrara. Con el cambio de sede a Ferrara, el concilio entra en una nueva fase caracterizada por la búsqueda de la unión entre las Iglesias orientales y la Iglesia latina. Con ello, Eugenio IV consigue un gran éxito al superar la división existente con las Iglesias de Oriente. La apertura se realiza el 8 de enero de 1438 en la catedral de San Jorge con la presencia del legado pontificio, cardenal Nicolás Abergati. Estuvieron presentes 24 arzobispos y obispos procedentes de Italia, Francia y España. Con la llegada del papa el 27 de enero de este mismo año aumentó considerablemente el número de asistentes, gracias sobre todo a la llegada de 20 obispos orientales, al frente de los cuales venía el patriarca de Constantinopla José II, así como el emperador bizantino Juan VIII Paleólogo (1425-1448). También hicieron acto de presencia los representantes de los patriarcas de Alejandría, Antioquía y Jerusalén, el metropolita de Kiev, seis procuradores de monasterios griegos, cuatro diáconos de Santa Sofía y algunos laicos insignes como Demetrio, hermano del emperador, y Jorge Scholarios, que sería más tarde nombrado patriarca.
En la segunda sesión (10 enero) se declaró la ilegitimidad de la continuación del Concilio de Basilea y de los actos emanados en esas circunstancias. Durante la tercera sesión (15 de febrero) se establecieron penas canónicas contra los conciliares que permanecían en Basilea. También se determinó el modo de proceder en las votaciones, abandonando los criterios anteriores de naciones y de comisiones, se dividió a los asistentes en tres clases: 1) patriarcas y obispos; 2) superiores religiosos, 3) prelados y teólogos.
La cuarta sesión (9 abril) tuvo el interés añadido de ser la primera en la que estaban presentes los griegos. En ella se promulgó una bula en la que el papa y los padres asistentes declaraban la legitimidad y ecumenicidad del concilio, frente a las afirmaciones de los basilenses. Asimismo, se decidió estudiar en comisiones privadas los puntos de divergencia entre latinos y griegos con el siguiente procedimiento: los griegos exponían sus objeciones contra los latinos, y éstos les respondían. Los puntos controvertidos fueron los siguientes: 1) cuestión del Filioque; 2) la utilización del pan ázimo en la eucaristía; 3) la doctrina sobre el purgatorio; 4) el primado del romano pontífice sobre toda la Iglesia.
El emperador bizantino quiso que se comenzase por discutir la cuestión del purgatorio. El 17 de julio se llegó a una fórmula de compromiso. Hubo un largo período de inactividad durante el verano, debida, en buena medida, a la espera propiciada por el emperador de Bizancio, ante la posible llegada de otros príncipes cristianos occidentales, a los que también se había invitado al concilio, y de quienes el citado emperador confiaba recibir ayuda militar contra los turcos. Después de una inútil espera, el 14 de octubre se comenzó a discutir el tema del Filioque, es decir, sobre esta palabra añadida por los latinos al símbolo nicenoconstantinopolitano. Entre los griegos, Marcos Eugénicos fue quien más se opuso a los latinos en este punto, acusándolos de haber modificado el Credo, mientras los latinos alegaban que se trataba de una simple clarificación. Después de una serie de discusiones, se tomó el acuerdo de estudiar este asunto en una comisión paritaria de doce griegos y doce latinos. Las discusiones se hubieran prolongado mucho más, pero los acontecimientos externos al concilio motivaron que éste fuera transferido a Florencia. En efecto, la seguridad de Ferrara se veía amenazada por las tropas de los Visconti, las dificultades financieras de la curia, que pagaba la estancia de los padres conciliares, y las facilidades económicas ofrecidas por la ciudad de Florencia, fueron importantes razones para decidir el cambio de ciudad.
Florencia. El 26 de febrero de 1439 se reanudó el concilio (sesión 18.a) en la iglesia de Santa María Novella. Se dedicaron ocho sesiones al Filioque, en las que destacaron el dominico Juan de Montenero por los latinos y Marcos Eugénicos por los griegos. Las intervenciones del patriarca de Constantinopla y de Bessarión de Nicea facilitaron entre los griegos que se llegara a un acuerdo, sin olvidar las actuaciones del emperador de Bizancio, que era partidario de la unión. Después de diversos retoques y correcciones se aprobó el decreto de unión y fue firmado el 5 de julio por el papa y el emperador, ocho cardenales, dos patriarcas, 60 obispos latinos y 20 griegos (excepto Marcos Eugénicos y el obispo de Stauropolis). Al día siguiente, en la solemne misa de pontifical oficiada por Eugenio IV fue leída la bula Laetentur caeli sobre la unión. Terminada la eucaristía se leyó por el cardenal Cesarini el texto latino del decreto y después el cardenal Bessarión hizo lo propio con el texto griego. En el decreto se definía la procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo; se reconocía el primado del sucesor de Pedro como cabeza de la Iglesia universal, la existencia del purgatorio y la validez de los sufragios por los difuntos, así como la validez del pan ázimo o fermentado para confeccionar la eucaristía.
Conseguida la unión, los griegos trataron de regresar cuanto antes a sus lugares de procedencia. Pero no por eso se dio por terminado el concilio. Los armenios firmaron también un acuerdo de unión con la Iglesia de Roma el 22 de noviembre de 1439, en el que reconocían el aditamento del Filioque, la doctrina de las dos naturalezas, dos voluntades y dos operaciones en Cristo, los siete sacramentos, el Concilio de Calcedonia, el símbolo Quicumque y el decreto florentino de unión con los griegos.
Los jacobitas, cuyo error era el monofisismo, renunciaron a él públicamente el 4 de febrero de 1442, haciendo suya una larga profesión de fe. Eugenio IV decretó que el concilio se trasladase a Roma (24 de febrero de 1443), donde pensaba volver a residir, después de una prolongada ausencia. De esta continuación del concilio sólo sabemos que tuvo una sesión en septiembre de 1444 y otra en agosto de 1445, pero no tenemos más datos, ni siquiera el de su terminación.
En resumen, podríamos decir que, aun cuando los resultados del concilio fueron brillantes, en especial por lo que atañe al fin del cisma con los griegos y con otras Iglesias de Oriente, sin embargo hay que anotar igualmente el carácter efímero de esta unión, como consecuencia del fanatismo antilatino de una parte considerable del clero griego alentado por Marcos Eugénicos de éfeso.
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