Clemente XII (12 julio 1730 - 8 febrero 1740)
Personalidad y carrera eclesiástica. Lorenzo Corsini nació en Florencia el 7 de abril de 1652. Miembro de una rica familia de mercaderes y banqueros establecida en Florencia desde el medievo, era hijo de Bartolomé Corsini e Isabel Strozzi. Después de estudiar con los jesuítas en Florencia, marchó a Roma para completar sus estudios en el colegio romano. Cuando su tío, el cardenal Neri, fue nombrado obispo de Arezzo en 1672, Lorenzo dejó Roma y se trasladó a Pisa, donde obtuvo el doctorado en ambos derechos. Muerto su tío en 1677, permaneció en Florencia hasta la muerte de su padre en 1685. Luego volvió a Roma y desarrolló una rápida carrera eclesiástica en la curia.
Después de comprar los cargos de regente de la Cancillería (1686) y clérigo de la Cámara apostólica (1689), fue nombrado por Alejandro VIII prefecto de la Signatura de gracia (8 febrero 1690), arzobispo titular de Nicomedia el 10 de abril y nuncio apostólico en Viena el 1 de julio. Al ser rechazado por la corte imperial, continuó en Roma. En 1695 fue designado tesorero y colector general de la Cámara apostólica y, a excepción de la breve misión que desempeñó en el verano de 1704 en Ferrara para solucionar unas divergencias con el Imperio, estuvo al frente de la administración financiera de la Santa Sede hasta 1707 y aplicó una política netamente mercantilista.
Creado cardenal presbítero del título de Santa Sabina el 17 de mayo de 1706 por Clemente XI, fue miembro de diferentes congregaciones. En 1710 fue designado camarlengo del sacro colegio y en 1725 cardenal obispo de Frascati. Formó la célebre biblioteca Corsini, que puso a disposición de los eruditos en el palacio Pamphili de la plaza Navona, donde habitó desde 1713, y desplegó un espléndido mecenazgo.
El cónclave que se abrió a la muerte de Benedicto XIII (1730) duró cinco meses largos, desde el 6 de marzo hasta el 12 de julio. A punto estuvo de ceñir la tiara el cardenal Impcriali, candidato de los zelantes, pero el cardenal Bentivoglio, en nombre de España (a quien luego se adhirió Francia) le puso el veto. Como ningún partido era bastante poderoso para imponer su candidatura, las negociaciones se prolongaron tanto que varios cardenales murieron y otros enfermaron gravemente. Los comienzos del calor y la actitud del cardenal Alvaro Cienfuegos, que se adhirió con todos los imperiales a los electores del cardenal Corsini, provocó la precipitada elección de este último el 12 de julio de 1730. Escogió el nombre de Clemente XII en memoria de Clemente XI, que le había nombrado cardenal, y unos días después se ciñó con gran solemnidad la tiara, mientras que la toma de posesión de San Juan de Letrán la retrasó hasta el 19 de noviembre.
A pesar de que el nuevo papa contaba 78 años de edad, su viveza intelectual se conservaba fresca; solamente la gota, acompañada de fiebre, empezó pronto a atormentarle las manos y los pies; su vista era débil y a los dos años de pontificado quedó completamente ciego, por lo que había que guiarle la mano para que pudiera firmar los documentos. Aunque siguió ocupándose intensamente de los asuntos de gobierno, su salud era cada vez peor y su sobrino Neri Corsini, creado cardenal el 14 de agosto de 1730, tuvo que desempeñar un papel preponderante, aunque demostró más interés por las artes y las letras que por la política.
El gobierno de la Iglesia. Una de las primeras medidas que tomó Clemente XII fue reparar los daños del pontificado anterior. Encontró las finanzas arruinadas y nombró una comisión que tratase de sanearlas, y como pronto se descubrieron los abusos y la mala administración del cardenal Coscia se le llamó a Roma, pero él escapó a Nápoles y se puso bajo la protección del emperador, lo que indignó al papa, que le privó de todos sus privilegios y le secuestró las rentas de sus beneficios. Ante la amenaza de excomunión, volvió a Roma y, después de un largo proceso, en 1733 le condenaron a diez años de prisión en el castillo de Sant’Angelo.
También encomendó el papa a una congregación de cardenales la revisión del concordato firmado con el rey de Cerdeña en 1727, al descubrir que los negociadores pontificios se habían dejado sobornar para hacer mayores concesiones al rey. Se comunicó al rey que las graves irregularidades que se habían cometido en la negociación del concordato lo hacían inválido, pero ni el monarca ni su ministro Ormea, principal autor del concordato, quisieron escuchar al papa, y las relaciones entre Roma y Turín se hicieron difíciles, aunque se suavizaron un poco en 1736, cuando el ministro sardo mandó arrestar al mayor enemigo de Roma en Italia, el escritor napolitano Giannone, desterrado de Nápoles y excomulgado.
En el terreno de la política eclesial, Clemente XII estuvo aún más expuesto que sus predecesores a los ataques contra el Estado pontificio por parte de los gobiernos, que postergaron los derechos de la Santa Sede y las inmunidades eclesiásticas. A la muerte del duque de Parma, Antonio Farnese (1731), el papa decretó el retorno de Parma y Piacenza al dominio de la Santa Sede, pero ocupados por las tropas del infante español Carlos de Borbón, permanecieron en su poder hasta 1735 que pasaron a los austríacos. El destino de los ducados fue decidido por las potencias europeas sin tener en cuenta los derechos y las protestas pontificias. Lo mismo ocurrió cuando el infante Carlos, aprovechando la guerra de sucesión polaca (1733-1735), conquistó en 1734 el reino de Nápoles y en la paz de Viena (1735) se le confirmó la posesión del reino de las Dos Sieilias sin tener en cuenta los derechos del papa, que además se veía obligado a ceder Parma y Piacenza al emperador.
Las relaciones del papado con España se deterioraron por la política italiana de Felipe V en favor de su hijo Carlos. El trasiego de tropas españolas por el Estado pontificio, los reclutamientos de soldados y la negativa del papa a conceder la investidura del reino de Nápoles a Carlos de Borbón, desembocaron en una nueva ruptura de las relaciones diplomáticas entre Roma y Madrid en 1736. La ruptura —y la práctica ocupación de Roma por fuerzas españolas— fue el medio que aprovechó Madrid para forzar un convenio ventajoso. En el forcejeo se desató el furor regalista, alentado por el ministro Patino (1666-1736) y el obispo Gaspar Molina, presidente del Consejo de Castilla. Las negociaciones acabaron con la firma de un concordato el 26 de septiembre de 1737 (A. Mercati, Raccolta dei concordad, I, pp. 321-27), que no satisfizo a ninguna de las partes. En Roma lo consideraron gravoso y en España disgutó a gran parte del clero y no agradó a los regalistas del Consejo. No resolvió ninguna de las grandes cuestiones sobre reservas, dispensas, espolios, pensiones y coadjutorías, y la controversia sobre el derecho de patronato real quedó aplazada. El concordato de 1737 sólo sirvió para restablecer las relaciones, conceder la investidura de Nápoles a Carlos de Borbón e imponer un crecido subsidio sobre las rentas del clero.
Clemente XII tuvo que hacer frente a las primeras escaramuzas del jurisdicionalismo, reforzó la posición de la Iglesia contra los jansenistas y, siguiendo el ejemplo de algunos príncipes, condenó la masonería con la bula In eminenti (28 abril 1738), prohibiendo a todos sus súbditos pertenecer a ella o asistir a sus conventículos bajo pena de excomunión.
A pesar de los apuros financieros del Estado de la Iglesia, el papa desarrolló un importante mecenazgo. Mandó construir en la cima del Quirinal el palacio de la Consulta, como sede del tribunal pontificio, y encargó a Nicolás Salvi la Fontana di Trevi, que no se terminará hasta 1762; hizo reestructurar el pórtico de Santa María la Mayor y levantó la imponente fachada de San Juan de Letrán, según el proyecto del arquitecto Galilei. En esta basílica construyó una capilla familiar en honor de san Andrés Corsini, en la que hoy se puede contemplar su sepulcro. Interesado por la cultura, enriqueció la Biblioteca Vaticana y encargó de la misma al sabio cardenal Quirini; en el Capitolio instaló el primer museo de escultura y antigüedades europeas y lo abrió al público. Murió Clemente XII el 6 de febrero de 1740, a los 87 años de edad, y fue sepultado en su capilla de San Juan de Letrán.
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