Ceferino, san (198 - 217)
Versión negativa. Hijo de Abundio, Zephyrinus aparece, en medio de las tormentas doctrinales, como un hombre sencillo que se aferra a las verdades esenciales de la fe con absoluta claridad: no hay sino un solo Dios y de su divinidad participa Jesucristo, que nació, murió y resucitó. Hipólito (160? - 235), que sería después el primer antipapa conocido, le califica de débil, irresoluto, de escaso talento y poco dotado para los negocios de la Iglesia, por lo que se dejó seducir por Calixto, a quien presenta como un «ambicioso, ávido de poder, hombre corrompido». Pero este testimonio de Hipólito en su obra Philosophoumena, hallada en 1842, es considerado por los historiadores como un producto inválido del apasionamiento. Calixto, esclavo de Carcóforo e hijo también de esclavo, poseía un buen talento para los negocios: administraba los de su amo cuando éstos sufrieron una quiebra, y fue condenado a las minas de sal de Cerdeña, donde permaneció tres años; fue, como sabemos, uno de los liberados por las gestiones de Marcia. Víctor I le había encargado cierta tarea en Actium, que cumplió satisfactoriamente. Por eso Ceferino le rehabilitó, encomendándole la dirección del bajo clero y la administración del gran cementerio que era entonces la primera propiedad importante de la sede romana. Se trata de las catacumbas que hoy se conocen precisamente como de San Calixto, cerca de la Vía Apia.
Hipólito. La llegada de Septimio Severo (193-211) al poder había puesto fin al tiempo de tregua. Pero más que las persecuciones, de diverso matiz según las regiones del Imperio, sufría la Iglesia por el debate interno, que no siempre se presentaba con suficiente claridad. Esto explica que Hipólito, que se consideraba a sí mismo como un gran teólogo, el único capaz de confundir a los herejes, alcanzara tanta importancia: su ambición era ser papa, pues únicamente la autoridad suprema sobre la Iglesia podía garantizar el triunfo de su doctrina. Ordenado presbítero, se integró en el elemento directivo de la comunidad romana, sin renunciar por ello a criticar ásperamente al obispo y a sus colaboradores. El gnosticismo, todavía vigoroso, se había separado creando una Iglesia propia: pero montanistas y adopcionistas aspiraban a permanecer dentro de la Iglesia romana universal haciendo que se aceptaran sus doctrinas. Aunque Tertuliano (160? - 220?) insiste en que Víctor I estaba dispuesto a aceptar el montanismo, del que le separaban influencias extrañas —Tertuliano era entonces un montanista—, lo único que parece claro es que el papa condenó tanto a unos como a otros. Ahora bien, Roma practicaba desde antiguo la norma de que el hereje arrepentido, tras suficiente penitencia, podía y debía ser restituido a la Iglesia. Fue precisamente esta doctrina la que tanto Tertuliano como san Hipólito reprocharon a san Ceferino, como si se tratara de una peligrosa novedad. La excomunión contra Teodoto y su discípulo Asclepiodotus fue renovada, pero el obispo Natalias, arrepentido, volvió a la comunión.
Según Tertuliano, la persona que había inducido a san Ceferino a la condena del montanismo era cierto maestro llamado Praxeas, que apareció en Roma hacia el 213. Junto con Noetus y Sabelio, Praxeas enseñaba una doctrina que hacía caso omiso de la distinción de personas en la Trinidad. Esta doctrina, que conducía a entender que el Padre también compartía la Pasión («patri-pasionismo» o «modalismo») con el Hijo, era herética. Hipólito acusó a Ceferino de no haber defendido frente a ella la ortodoxia, pero las dos afirmaciones que le atribuye («yo sólo conozco a un solo Dios, Cristo Jesús, y ninguno fuera de él, que nació y padeció» y «no fue el Padre quien padeció sino el Hijo») demuestran claramente que no hubo ninguna concesión al modalismo aunque faltasen las explicaciones amplias y matizadas que la teología reclamaba. Orígenes, que enseñaba en Roma por esos años, demostró hacia la «más antigua Iglesia» una veneración que muestra cómo Roma era reconocida fuente de unidad.
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