Benedicto XV (3 septiembre 1914 - 22 enero 1922)
Personalidad y carrera eclesiástica. Giacomo Paolo Battista della Chiesa, es el menos conocido de todos los pontífices de los dos últimos siglos a pesar de que, por la importancia de sus decisiones como sucesor de san Pedro, su corto mandato al frente de la Iglesia —siete años, cuatro meses y veinte días— forma también parte de los grandes pontificados de la Edad Contemporánea. Nació en Génova (21 de noviembre de 1845), en el seno de una familia de la nobleza italiana. Sus padres fueron los marqueses Giuseppe della Chiesa y Giovanna Migliatori.
Algunos biógrafos (F. Hayward, Un pape méconnu: Benott XV, París, 1955, y G. Migliori, Benedetto XV, Milán, 1955) describen su infancia como la de un niño listo, reflexivo y reservado. Contra lo habitual de aquellos años, realizó los estudios civiles antes que los eclesiásticos. Hizo el bachillerato en el liceo de Génova, Danovaro e Giusso. Al concluir estos primeros estudios y manifestar a su padre sus deseos de hacerse sacerdote, éste le puso como condición que antes de ingresar en el seminario cursara la carrera de derecho. Y, en efecto, en la Universidad de Génova consiguió el doctorado en derecho (5 agosto 1875). Salvada la resistencia paterna, meses después de doctorarse ingresó (16 noviembre 1875) como seminarista en el colegio de Capranica, para iniciar los estudios eclesiásticos en la Pontificia Universidad Gregoriana. Cumplidos ya los 33 años fue ordenado sacerdote (21 diciembre 1878) e ingresó en la Acadeinia de Nobles Eclesiásticos, aplicándose al derecho canónico, disciplina en la que también consiguió doctorarse.
Por su excelente formación como jurista comenzó a trabajar como auxiliar en la Secretaría de Estado, donde conoció a Mariano Rampolla (1843-1911). Así surgió entre los dos una amistad de por vida y desde entonces sus carreras eclesiásticas discurrieron en paralelo, de modo que cuando Rampolla fue nombrado nuncio de España, en 1882, se llevó a Madrid a Giacomo della Chiesa como secretario particular. Compaginó sus quehaceres en la nunciatura con el desempeño de su ministerio sacerdotal y dio muestras admirables de caridad con los enfermos afectados por la epidemia de cólera que se desató en 1885.
Cuando Rampolla fue nombrado secretario de Estado por León XIII, en 1887, Giacomo della Chiesa regresó a Roma como minutante; en realidad, se convirtió en el secretario particular y hombre de confianza del cardenal Rampolla. Así se explica que, a pesar del poco relieve del cargo de minutante, durante estos años se le encomendaran trabajos de cierta responsabilidad, como el de las relaciones de la Secretaría de Estado con los periodistas, o se le enviara a Viena en dos ocasiones (1889 y 1890) para realizar misiones diplomáticas. Es más, a punto estuvo de ser nombrado arzobispo de Genova, pero fue el mismo Rampolla quien se opuso por pensar que Giacomo della Chiesa era más útil para la Iglesia en el humilde puesto que desempeñaba en la Secretaría de Estado que en la sede genovesa. Permaneció en dicho cargo hasta 1901, año en que fue promovido como sustituto de la Secretaría de Estado. Tras la elección de san Pío X (1903-1914), su protector y amigo fue sustituido por un nuevo secretario de Estado, Merry del Val (1865-1930), quien mantuvo en sus cargos a los colaboradores de Rampolla, Pietro Gasparri (1852-1934) y Della Chiesa. Como hiciera en Madrid, durante su permanencia en las oficinas diplomáticas de la Santa Sede compaginó su trabajo con la atención pastoral. Hasta 1907 dirigió algunas asociaciones piadosas de Roma y dedicó muchas horas a recibir confesiones, como recuerda una placa del confesonario que él solía utilizar en la iglesia de San Eustaquio.
En 1907 hubo que cubrir la vacante de Bolonia, una sede comprometida por las tensiones políticas y religiosas que allí se habían desatado, lo que hacía muy difícil acertar en la elección del candidato. San Pío X pensó en Giacomo della Chiesa como la persona idónea, a sabiendas de que le lloverían las críticas por parte de quienes, por transformar su sacerdocio en mera burocracia clerical, no alcanzan a ver la dimensión sobrenatural de la Iglesia y reducen ésta a una plataforma humana de promoción personal y luchas de banderías. Y, desde luego que, juzgado sólo a lo humano, el nombramiento del antiguo colaborador de Rampolla como arzobispo de Bolonia suponía apartarle de su prometedora carrera diplomática. Fue inútil que, para desvanecer este tipo de interpretaciones, fuera el propio san Pío X quien le consagrara obispo (22 diciembre 1907) en la capilla Sixtina, en presencia de Rampolla, Merry del Val y todo el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Sin embargo, el tiempo vino a dar la razón en lo acertado de la elección, pues el nuevo arzobispo realizó un magnífico trabajo, ganándose el afecto de todos por su bondad y su intensa actividad en la diócesis. Organizó congresos diocesanos y peregrinaciones, visitó todas y cada una de las 390 parroquias, y se puso a disposición de cualquier fiel que quisiera acudir a su confesonario donde era bastante fácil encontrarle. San Pío X le manifestó expresamente por escrito la satisfacción que le producía el desempeño de su cargo como arzobispo de Bolonia, lo que quiso reconocerle al nombrarle cardenal (25 mayo 1914). Dicho nombramiento hizo posible que sólo cuatro meses después pudiese participar en el cónclave, del que saldría elegido como vicario sucesor de san Pedro.
Entre otros, dos graves problemas debería afrontar quien saliera elegido papa: el primero, tenía relación con la vida interna de la Iglesia afectada por la crisis del modernismo; el segundo, era la situación de los países que desde hacía poco más de un mes estaban enzarzados en la Primera Guerra Mundial. Así pues, si es mucha la responsabilidad de los asistentes a cualquier cónclave, la emisión del voto en el de 1914 resultaba particularmente delicada por las circunstancias del momento. A pesar de las dificultades derivadas de la guerra, casi todos los cardenales consiguieron llegar a Roma para elegir al nuevo sucesor de san Pedro. En la tarde del 31 de agosto entraron en el cónclave 57 cardenales del total de los 65 que componían el sacro colegio. Esta elección estuvo reglamentada por las disposiciones que había establecido san Pío X, que fueron cumplidas escrupulosamente. El día 3, Giacomo della Chiesa obtenía 38 votos, justo los dos tercios exigidos, por lo que hubo que examinar todas las papeletas para comprobar si el elegido se había votado a sí mismo, lo que de haberse producido hubiera invalidado la votación. El nuevo papa adoptó el nombre de Benedicto XV, en reconocimiento a Prospero Lambertini (1675-1758), predecesor suyo en la archidiócesis de Bolonia y papa bajo el nombre de Benedicto XIV (1740-1758).
Al día siguiente de su elección, Benedicto XV nombró como secretario de Estado al cardenal Domenico Ferrata (1847-1917), quien ni tan siquiera pudo presentarse ante el papa para agradecerle el cargo, pues al salir del cónclave cayó enfermo y murió a los pocos días. Así pues, el 13 de octubre Benedicto XV, «excelente y apasionado jurista, plenamente hombre de su época que se enfrentó con algunas de las características esenciales del tiempo que le correspondió vivir, un defensor constante de una recta convivencia internacional como base de una paz estable» (G. Redondo, La Iglesia en el mundo contemporáneo, t. II, Pamplona, 1978), se fijó para el cargo de secretario de Estado en un jurista con experiencia en los asuntos diplomáticos como el cardenal Pietro Gasparri (1852-1934), al que ya san Pío X había nombrado presidente de la Pontificia Comisión del nuevo Código de derecho canónico. Y para que las dos ocupaciones de Gasparri fueran compatibles y no se demorase la publicación del Código canónico, el papa designó coma ayudante de Gasparri en los trabajos de codificación al jesuíta Ojetti, profesor de la Universidad Gregoriana.
Benedicto XV y la Primera Guerra Mundial. Hasta los primeros días de septiembre, la Primera Guerra Mundial (P. Renouvin, La crisis europea y la Primera Guerra Mundial 1904-1918, Los Berrocales del Jarama, 1990) discurría de acuerdo con los planteamientos trazados desde 1906 por el plan Schileffen: una guerra de movimientos, que en principio hizo pensar en la victoria alemana en un plazo muy corto de tiempo. Sin embargo, ninguna de las previsiones iniciales se cumplieron, pues desde la batalla del Marne (9 al 12 septiembre 1914) los alemanes tuvieron que replegarse y las características del conflicto cambiaron radicalmente. Se pasó de la guerra de movimientos a la guerra de trincheras, que convirtió al enfrentamiento mundial en una guerra especialmente cruel y muy larga, pues duró cuatro años y medio. Y al cambiar de signo la contienda, también varió el modo de hacerla, pues en la Gran Guerra no sólo hubo que poner en juego los medios propiamente militares, sino que fue preciso también utilizar los recursos económicos, políticos, diplomáticos, psicológicos, etc., que hicieron de ella una guerra total, al implicar de un modo directo en el conflicto no sólo a los soldados de los frentes, sino también a la población civil. De modo que en la captación universal de todo tipo de recursos, el nuevo pontificado —por su prestigio— se presentaba como una pieza codiciada por las potencias. Todas ellas se consideraron merecedoras del apoyo de la Santa Sede y se sintieron legitimadas para ejercer todo tipo de presiones, con el fin de que el papa realizara una condena expresa de sus respectivos adversarios.
Muy lejos de pretensiones tan partidistas se encontraba el contenido de la encíclica inaugural de Benedicto XV, Ad Beatissimi (1 noviembre 1914). Al trazar en ella el programa de su pontificado, además del problema de la guerra, por fuerza tenía que referirse el papa a la herejía del modernismo, que aunque aparecida en el pontificado anterior, todavía golpeará con su tozudez letal sobre las conciencias de tantos católicos a lo largo de todo el siglo xx. En cuanto a este punto, Benedicto XV se expresaba así en dicha encíclica: «Y no solamente deseamos que los católicos se guarden de los errores de los modernistas, sino también de sus tendencias o del espíritu modernista, como suele decirse.» Pero inmediatamente después de estas advertencias doctrinales, la encíclica se ocupaba extensamente del problema de la guerra. Sin tomar posición por ninguno de los dos bandos, Benedicto XV denunciaba como causa profunda del conflicto la codicia de bienes materiales que había provocado el materialismo. A continuación, recordaba el papa la concepción cristiana de los bienes materiales, que por ser sólo una participación del Bien, su mera posesión no puede reportar la felicidad a los hombres. Y frente al imperio de la fuerza, el papa solicitaba el cese de las hostilidades y proponía que fuera el derecho quien regulase las relaciones humanas. No cabía mayor sinceridad y dramatismo en las palabras de Benedicto XV:
Que nos escuchen, rogamos, aquellos en cuyas manos están los destinos de los pueblos. Otros medios existen, ciertamente, y otros procedimientos para vindicar los propios derechos, si hubiesen sido violados. Acudan a ellos, depuestas en tanto las armas con leal y sincera voluntad. Es la caridad hacia ellos y hacia todos los pueblos, no nuestro propio interés la que nos mueve a hablar así. No permitan, pues, que se pierda en el vacío esta nuestra voz de amigo y de padre.
Pero ni éste ni otros muchos llamamientos del pontífice en favor de la paz fueron escuchados. Al contrario, sería más preciso decir que fueron muy mal recibidos por los gobiernos implicados en la guerra, predispuestos a rechazar cualquier declaración que no les fuera favorable. De modo que mientras en un periódico alemán se equiparaba la encíclica a las «exclamaciones de una vieja de los tiempos de 1830», en otro rotativo francés se la calificaba como «atmósfera vaticana fabricada en Alemania».
Ante tan cerradas actitudes el papa, que no estaba dispuesto a permanecer ajeno e indiferente ante el sufrimiento de millones de seres, emprendió toda una serie de acciones humanitarias, que eran manifestaciones prácticas de la virtud de la caridad cristiana hacia las víctimas de la guerra: heridos, prisioneros, desplazados o desaparecidos. De entrada, suplicó que al menos el día de Navidad de 1914 se hiciera un alto el fuego; y aunque esta vez su propuesta fue mejor recibida que la encíclica, nadie quiso secundarla. No por ello se desalentó Benedicto XV, y en mayo de 1915 encargó a monseñor Federico Tedeschini (1873-1959), sustituto de la Secretaría de Estado, que organizase en las dependencias de la propia Secretaría de Estado una oficina para recabar datos sobre combatientes desaparecidos y trasladar la información a sus familias. Se estableció en Berna una comisión permanente, dirigida primero por Selvaggini Marchetti y después por Luigi Maglione (1879-1944) para llevar las negociaciones en favor de los detenidos, fueran éstos civiles o militares. Todas estas iniciativas del papa se llevaron a cabo sin excluir a nadie por motivos de religión o nacionalidad. Gracias a la intervención de la Santa Sede, ya en la primavera de 1915 se pudo realizar en Suiza un intercambio de prisioneros, que habían quedado inhabilitados para el servicio militar. En conjunto, unos 100.000 prisioneros de guerra heridos fueron trasladados a países neutrales. Para estos mismos fines humanitarios, el Vaticano organizó diversas colectas y recogió más de 82 millones de liras-oro.
Sólo en Alemania, con el apoyo del episcopado, se siguió la pista a 800.000 desaparecidos, de los que la administración estatal no tenía ninguna noticia; de ellos se pudo localizar el paradero de una octava parte, de los que 66.000 todavía vivían. Por su parte, el rey de España, Alfonso XIII (1902-1931), secundó la iniciativa de Benedicto XV y transformó su propia secretaría particular de palacio en una oficina que cubrió entre otras las siguientes funciones: información sobre desaparecidos, intercambio de prisioneros, repatriaciones de militares heridos o enfermos de gravedad, repatriaciones de población civil, conmutación de penas y envío de fondos a personas de los territorios ocupados que estaban incomunicados de sus familias. De este modo, sólo en la oficina de Alfonso XIII se realizaron 250.000 investigaciones sobre desaparecidos, se consiguió repatriar a más de 6.000 soldados y se libró de la muerte a unas 50 personas condenadas a la pena capital. Además de impulsar todas estas ayudas humanitarias, Benedicto XV dictó toda una serie de disposiciones para facilitar la atención espiritual de los capellanes en los frentes; así, por ejemplo, autorizó para los soldados que fueran a entrar en combate la absolución general sin confesión previa de sus pecados, cuando ésta se hacía imposible por el número de personas, con la obligación de que los penitentes los declarasen auricularmente en la primera oportunidad que tuvieran posteriormente. Además de los cuantiosos daños materiales y de los incalculables sufrimientos morales, la Primera Guerra Mundial se cobró unos 23 millones de muertos, 13 millones de soldados y 10 millones de civiles que perecieron por hambre. Ante tan escalofriante escalada de la muerte, habrá que concluir que la decisión adoptada por Benedicto XV, en 1915, permitiendo a los sacerdotes celebrar tres misas el día de los difuntos, es algo más que una mera coincidencia en el tiempo.
En mayo de 1917 Benedicto XV consagró personalmente obispo a Eugenio Pacelli —futuro Pío XII (1939-1958)— y le envió como nuncio a Munich para sondear a toda una serie de personalidades con el fin de redactar una propuesta de paz. Por entonces, la Primera Guerra Mundial se había estancado, de modo que no se veía su final. El resultado de todos estos trabajos fue la propuesta de paz (1 agosto 1917) firmada por el papa, que se envió a los gobiernos. Dicho documento, tras definir la guerra como una «inútil destrucción», apostaba por una paz sin vencedores ni vencidos construida sobre los siguientes seis puntos: 1) desarme y sometimiento a un arbitraje obligatorio para dirimir los conflictos entre Estados; 2) libertad de navegación; 3) condonación mutua, entera y recíproca de los daños y gastos de guerra; 4) restitución de los territorios ocupados; 5) regulación armónica de los territorios en litigio, esto es, de Alsacia y Lorena, disputados entre Francia y Alemania, y de Trieste y el Trentino, entre Austria e Italia; 6) solución particular para las cuestiones territoriales de Armenia, Balcanes y Polonia.
Una vez más fue desatendido el llamamiento del papa, pues ninguno de los dos bandos estaba dispuesto a negociar. Desde esta actitud beligerante en extremo, la nota de Benedicto XV ofrecía un flanco fácil. Por la referencia a la guerra como una inútil destrucción, el escrito pontificio fue tachado como «propaganda criminosa contra la guerra, tendente a minar la moral del combatiente». Así las cosas, no había manera de que se hiciese oír el sucesor de san Pedro, porque bien diferente al suyo era el discurso dominante de esos años. Meses después de dar a conocer su iniciativa Benedicto XV, el presidente de Eslados Unidos, Woodroow Wilson (1856-1924), hacía públicos sus 14 puntos para un plan de paz, en los que la justicia y el derecho propuestos por el papa eran sustituidos por el diktat del vencedor, en el que se anunciaban fuertes sanciones a Alemania y la desintegración del Imperio austro-húngaro.Y, en efecto, la guerra acabó por derrota dejando tras de sí una sacudida universal de sufrimiento. Y como los arreglos de paz que la sucedieron no se construyeron ni sobre la justicia y la paz, sino sobre la imposición de los vencedores, quedaba así sembrado el germen de peores calamidades para el futuro.
Las relaciones de la Santa Sede con las naciones europeas. Durante el segundo año del conflicto mundial Italia entró en guerra, integrándose en el bando de la Entente. Esta tardía incorporación venía a aumentar la preocupación del pontífice, empeñado como estaba en la paz. Y razones tenía Benedicto XV para preocuparse, pues la incorporación de Italia, de entrada, supuso el aumento de las dimensiones de la catástrofe y el aislamiento diplomático de la Santa Sede por la retirada de los embajadores de Prusia, Baviera y Austria, es decir, los representantes de los Imperios centrales que se alineaban en el bando enemigo de Italia. También abandonaron la ciudad eterna los diplomáticos de las potencias a las que se había sumado Italia; esto es, los representantes de la Entente, a excepción de un encargado de negocios británico. Gracias a la guerra, se cumplía así uno de los objetivos del estatismo liberal: el aislamiento de la Iglesia. Como se supo con posterioridad, dicho aislamiento quedó formalmente reflejado en la cláusula secreta del artículo 15 del tratado de Londres (26 abril 1915) en el que Italia puso como condición para entrar en guerra junto a Francia y Gran Bretaña el rechazo por parte de los aliados de toda iniciativa de paz procedente del papa y la exclusión de la Santa Sede en las conversaciones de paz al término de la guerra. La posición del gobierno italiano excluía, por tanto, cualquier solución a la llamada «cuestión romana», que desde la pérdida de los Estados Pontificios permanecía a la espera de conseguir una fórmula que garantizase la autonomía del papa. Durante el pontificado de Benedicto XV todo quedó en una serie de conversaciones de acercamiento entre representantes de la Santa Sede y el gobierno italiano. Habría que esperar al siguiente pontificado para llegar al arreglo de la cuestión romana.
En cuanto a la actividad política de los católicos italianos, ésta se vio afectada por una serie de novedades durante estos años. En 1919, el sacerdote Luigi Sturzo (1871-1959) —cuya trayectoria nos resulta conocida, por las actividades que llevó a cabo en pontificados precedentes— fundó el Partido Popular italiano (18 enero 1919) con un decidido empeño en eliminar del mismo su carácter confesional. A diferencia de otras organizaciones que Sturzo había dirigido, en el Partido Popular no habría capellanes ni se amalgamaría su organización con la estructura las diócesis italianas. Y aunque la Santa Sede no sería responsable de sus actuaciones por cuanto que el Partido Popular no la representaba, sin embargo la influencia de la Secretaría de Estado sobre sus dirigentes fue evidente durante estos años. Esta nueva situación movió a Benedicto XV a suspender definitivamente el non expedit (12 noviembre 1919) que impedía participar a los católicos en la política. En las elecciones de ese mismo año el partido de Sturzo consiguió 103 diputados, una minoría parlamentaria de tal peso con la que a partir de entonces los gobiernos tendrían que contar.
Por entonces también comenzaban a dar sus primeros pasos dos nuevas fuerzas políticas en Italia: el fascismo y el comunismo. El 23 de marzo de 1919, en un local de la plaza del Santo Sepulcro de Milán, se reunió Benito Mussolini (1883-1945) con 118 individuos para fundar los fascios italianos de combate y en su programa —entre otros puntos— se exigía la expropiación de los bienes de las congregaciones religiosas y la derogación de la ley de garantías. Por otra parte, en 1921 Amadeo Bordiga y Antonio Gramsci (1891-1937), apoyándose en la Federación de las Juventudes Socialistas, se separaban del partido socialista para fundar el partido comunista. Cuando murió Benedicto XV en 1922, todavía faltaba un tiempo para que el totalitarismo desplegara toda su inhumana capacidad, pero algo se podía ya aventurar por las noticias que llegaban de lo sucedido en Rusia desde 1917, donde en opinión de Lenin (1870-1924) «la revolución avanzaba muy despacio, porque se fusilaba muy poco».
En cuanto al resto de los países durante este pontificado, conviene recordar que en 1921 Irlanda conseguía la independencia; lógicamente, en un país en el que el 92 % de su población era católica, la Iglesia obtuvo un mayor campo de actuación que en la etapa precedente.
Por su parte, en Francia se mitigaron los ataques de la época de Combes (1835-1921) y se reanudaron las relaciones diplomáticas, rotas desde 1905. Desde el principio, Benedicto XV no escatimó gestos para conseguir un entendimiento. A pesar de no mantener relaciones con Francia, Benedicto XV se dirigió por carta personal al presidente de la República francesa para comunicarle su elección como sumo pontífice. En las negociaciones de Versalles, el enviado pontificio se entrevistó con Aristide Briand (1862-1932), presidente del Consejo de Ministros, con el fin de buscar una fórmula de arreglo. El 16 de mayo de 1920 tuvo lugar la canonización de santa Juana de Arco (1412-1431), en la que el gobierno francés quiso estar representado oficialmente. Por fin y a pesar de la violenta oposición de los radicales y los socialistas, el Parlamento aprobó (30 noviembre 1920) el restablecimiento de relaciones diplomáticas por 391 votos favorables, frente 179 en contra. En 1921, monseñor Bonaventura Cerretti (1872-1933) era nombrado nuncio de la Santa Sede en París.
Y en cuanto a España, la incapacidad y la división de los católicos que actuaban en la vida pública fue la nota dominante de este período; aquí la crisis política acabó por resquebrajar el régimen español y mediante un golpe de Estado (13 septiembre 1923) el general Miguel Primo de Rivera (1870-1930) impuso una dictadura.
Ya fuera de Europa, es preciso mencionar que se encararon muy mal los acontecimientos para los católicos de México, donde al calor de la revolución iniciada en la segunda década del siglo se desató una persecución contra la Iglesia, que se prolongó durante el pontificado de Pío XI (1922-1939).
La vida de la Iglesia. A pesar de que buena parte del pontificado de Benedicto XV transcurrió durante los años de la guerra y la durísima posguerra, no por ello se desatendió el desarrollo de la vida interna de la Iglesia. En este sentido, Benedicto XV continuó algunas reformas promovidas por su predecesor. Sin duda, la más importante fue la renovación de la legislación eclesiástica, una tarea que duró trece años. Benedicto XV, mediante la bula Providentissi-ma Mater (27 junio 1917), promulgó el nuevo Código de derecho canónico. Además, estableció una comisión especializada para vigilar la correcta interpretación de las nuevas disposiciones legales. Por otra parte, ya en la encíclica inaugural, el papa había llamado la atención a todos los obispos sobre la trascendencia de la formación del clero. De modo que con el fin de mejorar las enseñanzas eclesiásticas, en 1915 creó la Congregación de Seminarios y Universidades.
En otro orden de cosas, una de las sanciones impuestas a Alemania en las conversaciones de paz fue la pérdida de sus colonias. No era difícil adivinar que a continuación los misioneros alemanes serían obligados a repatriarse; sucedía todo esto sin tan siquiera escuchar a la Iglesia, pues la Santa Sede había sido excluida de dichas conversaciones. Con el fin de evitar las graves consecuencias que esta decisión acarrearía a las misiones en las antiguas colonias alemanas, Benedicto XV encargó al futuro nuncio en París que mediante los contactos que pudiese establecer evitara a toda costa la repatriación de los misioneros. Monseñor Cerretti triunfó en su misión y consiguió que en los tratados de paz se reconociera a la Santa Sede como propietaria de las misiones católicas alemanas, con lo que se garantizaba la continuidad evangelizadora. En este sentido, pocos días después de la firma del Tratado de Versalles (28 junio 1919), que marca el comienzo de una alocada carrera nacionalista, el papa publicó la encíclica Máximum illud (30 noviembre 1919), en la que trazaba las líneas fundamentales de las misiones; en dicha encíclica se presenta la concepción universal de la Iglesia, que acoge a todos los hombres sin discriminaciones nacionales, por ser todos igualmente hijos de un mismo Padre y redimidos sin excepción por Jesucristo en la cruz.
Benedicto XV proponía como objetivo primordial la formación de un clero indígena sin rebaja alguna respecto al de Europa, de modo que se le pudiera encomendar a su tiempo el gobierno de la Iglesia en aquellas tierras. Mientras esto se conseguía, recordaba el documento pontificio a los misioneros que ellos no eran embajadores de sus Estados, sino de Cristo, y con toda claridad describía la función sobrenatural del misionero, como predicador del Evangelio, ante el peligro de cambiarla por otra de tipo humano equiparándose a benéficos colonizadores:
Recordad —son palabras de esta encíclica dirigidas a los misioneros— que no debéis propagar el reino de los hombres, sino el de Jesucristo, y no es deber vuestro el añadir ciudadanos a la patria terrena, sino a la celestial [...] El pensar más en la patria terrestre que en la suprema [...] representaría una de las más tristes plagas para el apostolado, la cual paralizaría en el misionero el verdadero celo en las almas al tiempo que entre los indígenas perdería toda autoridad.
Durante el corto pontificado de Benedicto XV, las misiones conocieron una importante expansión. Además de las delegaciones apostólicas de Japón (1919) y Albania (1920), se erigieron ocho arzobispados, 25 obispados, 30 vicariatos y prefecturas apostólicas y cuatro prelaturas nullius. Muchas de las iniciativas de Benedicto XV, continuadas por su sucesor, pudieron hacerse realidad gracias al apoyo que encontró en el prefecto de la congregación De Propaganda Fide, el cardenal Wilhelm von Rossum (1854-1932), que ocupó este cargo desde 1918 hasta su muerte. Rossum «es considerado como el promotor de las "misiones mundiales" católicas, ya que se despidió del europeísmo, pugnó por la adaptación y llevó adelante la formación y promoción del clero indígena bajo obispos indígenas» (H. Jedin, Manual de historia de la Iglesia, l. VIII, Barcelona, 1978).
La misma advertencia que hacía a los misioneros de que no era su misión propagar el reino de los hombres sino el de Jesucristo, pero referida a la predicación de todos los sacerdotes, ya había sido expuesta con anterioridad en otra encíclica, Humani generis Redemptoris (15 junio 1917), en la que el papa señalaba como objetivo de la predicación la conversión interior de los oyentes, para lo que era preciso que el predicador hablara sólo de Dios y de los deberes hacia él, y no de las ocurrencias humanas del orador, por brillante que fuera su exposición, pues no se trataba de impactar al auditorio, sino de remover cada alma hacia Dios.
Por otra parte, en esta necesidad de conversión interior de cada alma se resume el mensaje que la Virgen transmitió a tres niños portugueses —Jacinta, siete años; Francisco, nueve años, y Lucia, diez años— durante el año 1917 en las seis apariciones que tuvieron lugar cada mes, desde el 13 de mayo al 13 de octubre. Las apariciones de Fátima (C. Barthas, La Virgen de Fátima, Madrid, 1963) sometidas a proceso canónico desde 1922, fueron declaradas en 1930 como dignas de crédito, por lo que se autorizó el culto oficial a la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de Fátima. Desde el principio, la afluencia de peregrinos ha ido en aumento, hasta el punto que se puede considerar a Fátima como uno de los centros marianos más importantes de todos los tiempos.
Benedicto XV tomó algunas decisiones de carácter ecuménico. En febrero de 1916 estableció para toda la Iglesia universal el octavario para rezar por la unidad de todos los cristianos. Para conseguir la aproximación a los orientales, en 1917 creó una congregación especial para la Iglesia oriental y fundó el Instituto Oriental. Casi al final de su pontificado tuvo lugar un encuentro con los anglicanos, conocido como las primeras conversaciones de Malinas, que se celebraron entre los días 6 y 8 de diciembre de 1921.
Poco después del acontecimiento anterior, en los primeros días del año 1922 Benedicto XV se vio afectado por un catarro que en pocos días degeneró en bronquitis, agravando su estado de salud el 20 de enero, día en que se le diagnósticó una neumonía. El pontífice falleció dos días después, a las seis de la mañana. Sus restos mortales reposan en las grutas vaticanas de la basílica de San Pedro, en un sarcófago con estatua yacente de Benedicto XV, obra de Giulio Barbieri, costeada por la archidiócesis de Bolonia. Poco después de morir, los turcos erigieron en Estambul una estatua de Benedicto XV con una placa en la que se puede leer: «Al gran papa que vivió la tragedia mundial como benefactor de todos los pueblos, al margen de su nacionalidad o religión.»
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