Benedicto XIII (29 mayo 1724 - 21 febrero 1730)
Personalidad y carrera eclesiástica. Pedro Francisco Orsini nació en Gravina de Puglia (Bari) el 2 de febrero de 1650. Vástago de la noble familia de los Orsini-Gravina, que había dado a la Iglesia dos papas y un buen número de cardenales, a la muerte de su padre, el duque Felipe de Orsini, en cuanto primogénito recibió la investidura del ducado de Gravina. Pero poco después renunció a sus derechos y entró en los frailes dominicos, profesando en el convento romano de Santa Sabina. Estudió filosofía y teología en Nápoles y Bolonia y se ordenó sacerdote (1671). Poco después, ante las presiones familiares, Clemente X le concedió la púrpura cardenalicia (1672) y el 4 de enero de 1673 le nombró prefecto de la Congregación del Concilio y miembro de otras congregaciones romanas. Orsini consiguió librarse de estos encargos burocráticos y dedicarse a una actividad más en consonancia con su concepción religiosa. En 1675 se hizo cargo de la diócesis de Manfredonia, donde permaneció hasta 1680, en que promovió a Cesena. En ambas sedes trató de ser fiel reflejo del modelo episcopal trazado por el Concilio de Trento, haciendo la visita pastoral, celebrando sínodos, restaurando los seminarios, estableciendo instituciones de asistencia social, preocupándose por la disciplina del clero e impulsando la enseñanza del catecismo. En 1686 se trasladó a la complicada diócesis de Benevento y, siguiendo la línea anterior, se ganó el respeto y la admiración. En la curia se miraba con respeto su trabajo pastoral, pero se dudaba de su capacidad para los asuntos políticos y diplomáticos, al permanecer al margen de las diferentes facciones del sacro colegio.
El cónclave que siguió a la muerte de Inocencio XIII fue muy breve (20 a 29 de mayo de 1724). Ante la imposibilidad de sacar adelante la candidatura del candidato imperial (Piazza) o de las cortes borbónicas (Paolucci), los conclavistas se decidieron por el cardenal Orsini, que fue elegido papa el 29 de mayo de 1724. Quiso llamarse Benedicto XIV en memoria de Benedicto XI, dominico como él, pero advertido que el anterior Benedicto XIII (Pedro de Luna) no había sido papa legítimo, tomó el nombre de Benedicto XIII. Fue coronado el 4 de junio y el 24 de septiembre tomó posesión de San Juan de Letrán.
El nuevo papa quiso gobernar la Iglesia como un pastor de almas, que es lo que trató siempre de ser, dando más importancia a la religión que a la política. Por eso, su actuación dejó perplejos a los contemporáneos y los juicios que luego se han emitido sobre su pontificado suelen ser críticos y negativos.
El gobierno de la iglesia y la política eclesiástica. En el gobierno de la Iglesia quiso rodearse de personas de su confianza y trajo muchos colaboradores de su diócesis, que no tardaron en aprovecharse de la situación, como hizo el secretario Nicolás Coscia, que ejerció sobre él una influencia nefasta. A pesar de la oposición de los cardenales, Benedicto XIII lo incorporó al sacro colegio y le confirió una posición similar a la que antes ocupaba el cardenal nepote. Coscia abusó descaradamente de la confianza del papa y llegó a ser detestado por todos; pero él administraba en su favor las finanzas pontificias, colocaba a sus amigos en los puestos de importancia y ejercía un maléfico influjo incluso en la Secretaría de Estado, que dirigía el experimentado cardenal Paolucci. Con tal de atesorar más y más, no tenía inconveniente en defraudar a la Cámara apostólica y dejarse sobornar por los gobiernos extranjeros. En vano se intentó abrir los ojos al papa con hechos y dichos; al bueno del pontífice le parecían calumnias. Hubo que esperar al pontificado siguiente para que la fuerza de la justicia cayera sobre la cabeza del indigno cardenal.
En el plano de la política eclesiástica, la actuación de Benedicto XIII ha sido juzgada de forma negativa por las excesivas concesiones que hizo a los monarcas. El concordato que firmó con Víctor Amadeo II de Saboya (1685-1730), rey de Cerdeña, en 1727, a costa de muchas concesiones jurisdiccionales (le concedió el derecho de presentación de todas las iglesias, catedrales, abadías y prioratos), fue duramente criticado por sus detractores. Pero quizá no se valoró suficientemente que muchas sedes de Cerdeña y del Piamonte estaban privadas de pastor y el papa trató de crear unas condiciones que normalizaran la vida eclesial.
Más grave fue, a juicio de García-Villoslada (Historia de la Iglesia católica, IV, p. 102), el negocio de la monarchia sicula. Siendo cardenal el papa había firmado la bula de Clemente XI suprimiendo la supuesta legación apostólica del rey de Sicilia. Sin embargo, ahora, después de muchas propuestas y contrapropuestas de Viena y Roma, se llegó a la redacción de la bula Fideli ac prudenti (3 agosto 1728), en la que no se abrogaba expresamente la constitución de Clemente XI, pero se concedían al emperador tales privilegios que podían darse por satisfechos los defensores de la monarchia sicula, pues se afirmaba que «todas las causas pertinentes al foro eclesiástico, a excepción de las más importantes, no sean examinadas en otra parte que en Sicilia, y pueda el emperador señalar y delegar un juez supremo que decida en cada caso con autoridad eclesiástica». En contrapartida el papa consiguió que por fin el emperador restituyera a la Santa Sede el condado de Comacchio (1725).
Benedicto XIII cuidó mucho más su función pastoral y religiosa. Para celebrar con el mayor esplendor posible el jubileo de 1725, el papa lo preparó con diligencia y quiso participar personalmente en la visita de las cuatro basílicas romanas. La ciudad de Roma pudo mostrar a los peregrinos la incomparable escalinata que desde la plaza de España se había construido hasta la iglesia de la Trinitá dei Monti. Además, para realzar la dimensión religiosa del año santo, convocó un concilio provincial en San Juan de Letrán, al que acudieron 78 obispos, que él mismo inauguró y propuso como modelo a imitar por los obispos en sus diócesis a fin de llevar a cabo la reforma eclesiástica.
Para la mejor formación de los clérigos fomentó la fundación o el buen funcionamiento de los seminarios tridentinos. Prestó su ayuda a las órdenes religiosas, favoreciendo particularmente a los dominicos y a los jesuítas. Devoto como era del culto a los santos, canonizó a santo Toribio de Mogrovejo (15381606), arzobispo de Lima; san Juan de la Cruz (1542-1591), reformador del Carmelo; san Luis Gonzaga (1568-1591), san Estanislao de Kostka (1550-1568), etc. El anciano pontífice disfrutó de buena salud hasta principios de 1730, en que cumplió 82 años, luego le aquejaron unas fiebres y, en pocos días, se lo llevaron. Murió en Roma el 21 de febrero de 1730 y fue enterrado en la iglesia de Santa María sopra Minerva. Los historiadores no le han dedicado mucha atención. Todos coinciden en afirmar que el suyo fue un pontificado religioso, y Pastor (Historia de los papas, XXXIV, pp. 255-56) añade: «Fue uno de los papas más devotos y humildes, pero no basta ser un óptimo fraile para ser también un excelente papa.»
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