Benedicto III (29 septiembre 855 - 17 abril 858)
La papisa Juana. Una curiosa leyenda sitúa entre León IV y Benedicto III el fantástico episodio de la papisa Juana. Vivía en Roma un diácono muy apreciado por su cara de ángel y su profundo saber. Nacido en Ingelheim, cerca de Maguncia, aunque de padres anglosajones, había estudiado en Atenas antes de llegar a la capital de la cristiandad; tal era el origen de su conocimiento del griego y de los saberes orientales. Elegido papa con el nombre de Juan, trabajó infatigablemente, permaneciendo hasta altas horas de la noche con su principal colaborador, Sergio. Pero en una ocasión en que presidía una procesión le acometieron los dolores del parto y se descubrió que se trataba de una mujer. La justicia la condenó a morir arrastrada por un caballo. La más antigua noticia de esta curiosa superchería aparece en la Chronica universalis Mettensis, escrita hacia el año 1250 y atribuida al dominico Juan de Mailly. La repite hacia 1265 la Chronica de Erfurt, aunque sitúa el episodio tras la muerte de Sergio III, el año 914. Martin de Troppau añadiría que, durante mucho tiempo, los papas, en sus procesiones, evitarían pasar por el lugar donde había tenido lugar el parto y la muerte. La leyenda alcanzó tanta amplitud que en el siglo xv se hizo figurar un busto de la papisa en la colección de la catedral de Siena.
Pontificado conflictivo. No existe posibilidad cronológica de insertar la leyenda entre León y Benedicto III porque ambos se sucedieron sin solución de continuidad. A los pocos días de la muerte de aquél fue elegido Benedicto, que era cardenal-presbítero de San Calixto. No fue una elección indiscutida, pues el clero mostraba su preferencia por el cardenal del título de San Marcos, Adriano, que se negó a aceptar. El partido imperial tenía su propio candidato en el bibliotecario Anastasio que, tras su cese y excomunión decretados por León IV, había buscado refugio en la corte de Luis II. Los imperiales, aprovechando que aún no se había dado el plácet previo a la consagración, se apoderaron de Letrán y encerraron en prisión a Benedicto. Roma vivió un auténtico clima de guerra civil hasta que Anastasio y sus favorecedores se convencieron de que no iba a triunfar; con los musulmanes instalados en Bari no convenía al emperador tal ruptura. Se llegó a un acuerdo: Anastasio pudo retirarse como abad de un monasterio aceptando la consagración de Benedicto, que tuvo lugar el 29 de septiembre del mismo año.
La muerte de Lotario y la necesidad de establecer una regulación sucesoria entre sus hijos Lotario II, de quien procede el término Lotaringia (Lorena), Luis II de Italia y Carlos de Provenza (855-863), permitieron al papa afirmarse. Guiado por los consejos de quien sería su sucesor, Nicolás, mostró energía frente a los desarreglos de los carlovingios: amenazó a Huberto, hermano de la emperatriz Teutberga de Lorena, con la excomunión, si no detenía sus pretensiones de señor feudal sobre los monasterios; exigió que Ingeltruda, esposa del conde Bos, que había buscado con su amante refugio en aquella misma corte, fuera devuelta a su marido. La Iglesia tropezaba con el menosprecio de las normas matrimoniales. A instancias de Hincmaro de Reims accedió a confirmar las actas del Concilio de Soissons, pero haciendo la salvedad de que únicamente en el caso de que los informes por él recibidos fuesen correctos. Ante Bizancio no dejó de invocar la primacía romana, y cuando el patriarca Ignacio comunicó la deposición de Gregorio de Siracusa y de otros obispos, advirtió que los depuestos podían acudir a Roma para que fuese rectamente juzgada la causa.
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