Alejandro VIII (6 octubre 1689 - 1 febrero 1691)
Pedro Ottoboni nació en Venecia el 22 de abril de 1610. Perteneciente a una familia de la moderna nobleza véneta, estudió derecho en la Universidad de Padua, donde se graduó de doctor en ambos derechos. Abrazó el estado eclesiástico y marchó a Roma, comenzó la carrera curial con el apoyo de Urbano VIII. Ejerció los cargos de refrendatario de las dos Signaturas, gobernador de Terni (1638), Rieti (1640) y Cittá di Castello (1641). En 1643 fue nombrado auditor de la Rota y el 19 de febrero de 1652 Inocencio X le concedió el capelo cardenalicio. El 7 de diciembre de 1654 fue designado obispo de Brescia y permaneció diez años en su diócesis, donde utilizó su experiencia jurídica para corregir algunas desviaciones disciplinares y doctrínales. Vuelto a Roma, Clemente X le nombró datario y Clemente XI secretario del Santo Oficio, lo que le obligó a ocuparse del quietismo y de la cuestión de la extensión de las regalías en Francia.
De los 62 cardenales que integraban el sacro colegio al morir Inocencio XI (1689), no menos de diez estaban ausentes de Roma y no pudieron entrar en el cónclave. éste duró del 23 de agosto al 6 de octubre. Los votos se iban orientando hacia el cardenal Barbarigo, y hubiera sido elegido de no haberlo rechazado. El partido de los zelanti pensó entonces en Pedro Ottoboni, un patricio veneciano, no enfeudado ni al Imperio ni a Francia y estimado por sus cualidades de afable trato y habilidad para los negocios curiales. Fue elegido el 6 de octubre de 1689 y quiso llamarse Alejandro VIII, y aunque estaba para cumplir los 80 años, gozaba de buena salud. Su coronación, que tuvo lugar el 18 de octubre, fue celebrada popularmente en Roma y Venecia con arcos de triunfo y fuegos artificiales. Diez días después tomó posesión de San Juan de Letrán.
Alejandro VIII volvió a resucitar el nepotismo. Hizo venir de Venecia a sus parientes para poder honrar y enriquecer a sobrinos y resobrinos. A uno le concedió la rica abadía de Chiaravalle y luego la púrpura cardenalicia con el cargo de vicecanciller, más la legación de Avignon; a otro le concedió la superintendencia de las fortalezas marítimas y de las galeras del Estado. Además, procuró que los Ottoboni emparentaran con ricas y principescas familias romanas.
En la política eclesiástica ocuparon un lugar preferente los problemas heredados con Francia. Alejandro VIII siguió en un principio la línea recta e intransigente de su predecesor, pero luego tanto el rey como el papa se persuadieron que lo mejor para todos era proceder en paz y concordia. Sin embargo no era fácil, dada la ambición de Luis XIV y la obstinación de algunos galicanos. Alejandro VIII deseaba el restablecimiento de la paz religiosa en Francia, donde aumentaba cada día más el número de obispos nombrados por el rey y no confirmados por la Santa Sede a causa de su galicanismo. Por eso se avino a algunas concesiones. Cedió en la confirmación canónica de los obispos, a condición de que se retractasen explícitamente de sus errores, y accedió a nombrar cardenal al obispo de Beauvais, Forbin Janson, enemigo del emperador pero muy estimado de Luis XIV. El rey, por su parte, renunció al derecho de asilo de la embajada romana (cosa que ya habían hecho otros monarcas) y restituyó a la Santa Sede la ciudad de Avignon y el Venaissin, que le había arrebatado anteriormente. A pesar de estas tentativas y deseos de reconciliación, el papa se mantuvo inflexible en los principios, declarando por la bula ínter multíplices (4 agosto 1690) inválidos, írritos y nulos los cuatro artículos galicanos y la extensión de los derechos de regalía a todas las iglesias de Francia.
Con el Imperio se mantuvo más distanciado que su predecesor. No concedió ningún capelo cardenalicio a los candidatos imperiales y otorgó menor ayuda financiera al emperador Leopoldo para la guerra contra los turcos, entre otras cosas porque Venecia, patria del papa, veía con desconfianza los triunfos de Austria hacia levante. En cambio, a Venecia la ayudó económica y militarmente contra los turcos y la colmó de privilegios.
En el plano religioso, Alejandro VIII condenó el 7 de diciembre de 1690 treinta y una tesis de los jansenistas lovanienses, relativas al pecado y la gracia, la justificación, la veneración a María, el bautismo y la autoridad del romano pontífice. En 1690 canonizó a su compatriota san Lorenzo Giustiniani (1381-1455) y, también, a san Juan de Capistrano (1386-1456), san Juan de Sahagún (1430-1479), san Juan de Dios (1495-1550) y san Pascual Bailón (1540-1592).
Los romanos quedaron agradecidos a Alejandro VIII, porque les rebajó los impuestos, facilitó las importaciones de víveres y disminuyó su precio. También se preocupó de enriquecer la Biblioteca Vaticana, adquiriendo la biblioteca, rica en manuscritos, de la reina Cristina de Suecia, que murió en 1689. Alejandro VIII falleció en Roma el 1 de febrero de 1691, a los dieciséis meses de pontificado, y fue sepultado en la basílica de San Pedro.
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