Adriano II (14 diciembre 867 - ¿diciembre? 872)
Giro a la condescendencia. Perteneciente a la aristocracia romana más opulenta, pariente de Esteban IV y de Sergio II, se trata del mismo Adriano que por dos veces había rechazado la elección. Contaba 75 años de edad y antes de ser ordenado había estado casado; su mujer y su hija vivían aún. Se habían producido tan graves discordias entre las facciones que se necesitaba de un hombre que, por su bondad y recta conducta, fuera el vínculo de unión que se necesitaba. Luis II, que estaba reuniendo todas las fuerzas del sur de Italia para una ofensiva contra los sarracenos, se apresuró a dar su confirmación. Sin embargo, el pontificado de Adriano II comenzó con un verdadero desastre: Lamberto, duque de Spoleto, que acaudillaba a la aristocracia del dominio territorial de Roma, asaltó la ciudad, donde contaba con partidarios, cometiendo mil atropellos. En medio de la revuelta, Eleuterio, hermano de Anastasio el Bibliotecario, se apoderó de la mujer y la hija del papa y las asesinó. Ello no obstante, apenas transcurrido un año, Adriano se reconciliaría con Anastasio, al que colocó al frente de la cancillería pontificia. Esta conducta, así como el perdón a los obispos Gunther y Tietgaudo, excomulgados por Nicolás I, fue interpretada como un signo de debilidad. Fue necesario que Adriano II hiciese una declaración pública afirmando que la línea fuerte de Nicolás I no sería alterada.
Esto no era completamente cierto: su propia bondad le traicionaba. Mediando Angilberga, esposa de Luis II, Adriano aceptó recibir a Lotario II en Montecassino, donde le ofreció la comunión: fue acordado que en un nuevo sínodo, a celebrar en Francia, se daría la solución definitiva en el pleito, pero como si hubiera una prematura claudicación fue levantada la sentencia de excomunión que pesaba sobre Waldrada. Aquí quedaron las cosas, pues Lotario murió el 8 de agosto del 869; apenas un mes desde la entrevista de Montecassino, Carlos el Calvo y Luis el Germánico se repartieron sus dominios, como tenían acordado, sin preocuparse por el hijo del emperador. Tampoco Luis II, que podía presentar mejores derechos que sus tíos, estaba en condiciones de intervenir. Era cuestión de vida o muerte para Italia el que pudiera soldar la unión de príncipes y duques del mediodía y conducirlos a la victoria: en febrero del 871 reconquistó Bari y, en una gran batalla a orillas del Volturno, derrotó a los musulmanes. La nobleza no estaba dispuesta a consentir que, como resultado de estas dos decisivas victorias, se fortificase la monarquía en Italia: en agosto del mismo año tomó prisionero al rey y no consintió en liberarle hasta que hubo hecho decisivas concesiones en orden al autogobierno de los principados. Un episodio que permitió a los musulmanes fortificar Tarento y repetir sus razzias por Campania.
Retroceso del pontificado. Adriano II era consciente de que la Iglesia necesitaba de la autoridad de un emperador, máxime estando rotas las relaciones con Oriente. El año 872 coronó nuevamente en calidad de tal a Luis II; la carencia de hijo de este carlovingio abría una incógnita de futuro. Pero era previsible que, en cuanto dejara de estar presente en Roma la autoridad imperial, las facciones de la nobleza tratarían de convertir el pontificado en un instrumento a su servicio, como estaban haciendo los señores feudales con obispos y clérigos en otras partes. Adriano II inició contactos con Carlos el Calvo y Luis el Germánico, preparando una eventual sucesión. Las relaciones con Luis se habían tornado difíciles porque el monarca alemán se oponía a las misiones de Cirilo y Metodio entre los eslavos, cuando éstos gozaban de todas las bendiciones de Roma. Los dos hermanos estuvieron en Roma con Adriano en los comienzos de su pontificado (869). Cirilo-Constantino murió entonces y fue sepultado en San Pedro. Metodio regresó a Moravia con una autorización especial para predicar y celebrar la misa en eslavo; el 870 fue consagrado obispo de Sirmium. Se dibujaba la posibilidad de una gran Iglesia eslava en la frontera de Alemania: Sirmium es hoy Sremska Mitrovica, no lejos de Belgrado. Luis el Germánico dio orden de aprehender a Metodio sin que bastaran las súplicas y reconvenciones de Adriano para conseguir su libertad. A pesar de todo, Metodio, que sería liberado en tiempos de Juan VIII, es el gran signo de unión entre la cristiandad eslava y latina.
Retrocedía el pontificado, mostrándose incapaz de lograr el reconocimiento de hecho de la primacía romana. El 868 Hincmaro, obispo de Laon, sobrino del homónimo metropolitano de Reims, fue llevado ante el tribunal del rey porque había expulsado a algunos nobles feudales que usurpaban beneficios de su Iglesia. Antes de que pudiera intervenir su poderoso tío, apeló a Roma: Adriano procedió correctamente prohibiendo el embargo de Laon y reclamando su juicio en esta causa. Carlos el Calvo se negó, llevando la cuestión a dimensiones doctrinales muy serias: frente al papa, que se movía en la línea de las Falsas Decretales, el rey, apoyado en este caso por el propio obispo de Reims, invocaba el derecho consuetudinario que obligaba a confiar la solución del pleito a los obispos franceses. Citado el obispo de Laon ante el sínodo de Verberie, y aceptada la acusación, fue depuesto en otra reunión en Douzy (agosto 871): Adriano, entonces, cedió. Mientras que el canciller Anastasio redactaba carias enérgicas, en la línea de los papas anteriores, Adriano escribía secretamente a Carlos para proponerle un acuerdo: que el rey aceptase que Hincmaro pudiera apelar a Roma y él se comprometía a encomendar el caso a un tribu nal de obispos franceses, conforme a la costumbre antigua.
Restablecida la unión con Bizancio. Una revolución se había producido en Bizancio: Basilio el Macedónico (867-886) asesinó a Miguel III y se proclamó emperador; entre sus primeras decisiones figuraba la deposición de Focio y el restablecimienlo de Ignacio (23 noviembre 867). El nuevo emperador necesitaba de la Iglesia como una plataforma para el crecimiento de su propio poder; decidió convocar un concilio que restableciese la unidad. Emperador y patriarca escribieron a Adriano II en dos ocasiones, aceptando la línea que marcara Nicolás I, es decir, una referencia a la suprema autoridad del obispo de Roma, En el verano del 869, un sínodo lateranense confirmaba la deposición de Focio, la nulidad del concilio por éste presidido, y la supresión de las ordenaciones y actas de éste, que fueron públicamente quemadas. Mientras tanto se reunía en Conslanlinopla el concilio que pretendía ser ecuménico: a él asistieron los legados pontificios, que eran dos obispos, Donato y Esteban, y un diácono, Marino, que con el tiempo llegaría a ceñir la tiara. Presidió el patricio Baanes en nombre del emperador y no los representantes del papa. Lograron éstos, sin embargo, imponer de nuevo la supremacía de Roma en la fe y costumbres, y la confirmación del sínodo del 867, con gran disgusto de una parte sustancial del clero oriental, que se veía afectado por la nulidad de las actas de Focio; sufrieron, sin embargo, dos derrotas, pues la inmunidad reconocida a Roma se hizo extensiva también a las otras cuatro sedes patriarcales, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén, y en la cuestión búlgara el concilio decidió que este reino estaba dentro de la esfera de Bizancio y los misioneros romanos debían por consiguiente retirarse. Focio, vuelto del destierro y reintegrado a sus actividades docentes en la corte imperial, volvería a ser patriarca el 877.
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