Perseverancia
Felipe dice a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Siempre me pareció una petición muy hermosa y no entendía el reproche de Jesús a Felipe. Me hubiera parecido obvio que Jesús contestara: Me alegro de que por fin Felipe haya pedido lo más importante: ¡Muéstranos al Padre y nos basta! Esta petición evoca muchas otras que se han hecho famosas en la tradición eclesial: Dame tu amor y tu gracia, y esto me basta; muéstrame tu rostro, etc. Ciertamente Felipe alcanzó aquí una tensión espiritual elevadísima, sin embargo Jesús le contesta: «Hace tanto tiempo que estoy con vosotros y tú no me has conocido, Felipe». Estamos ante una interpretación un tanto inédita del tema de la perseverancia, y notamos que estas palabras van dirigidas a cada uno de nosotros. Observemos que la palabra «me has conocido», traducida al lenguaje neotestamentano, está en la misma línea de la palabra que Jesús le dice a Pablo: «¿Por qué me persigues?». Este «me has conocido», «me persigues», «¿me amas tú?», es el yo de Cristo y de la Iglesia, en el que el hombre contempla ese rostro del Padre que desea contemplar y para el que está hecho; y su corazón está inquieto hasta que no lo contempla. He aquí el don de la perseverancia: no se trata simplemente de aguantar, sino de contemplar cada día en la comunidad, en la eucaristía, en la Palabra, en la Iglesia, en la presencia misteriosa de Jesús, en la actualidad del Espíritu Santo, el rostro del Padre, y vivir entonces como si ya hubiéramos llegado al final, ya que este final nos es dado en cada momento del camino.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.