Pascua
La luz de la resurrección no hace desaparecer la cruz, sino que ayuda al creyente a comprender el misterio de la vida y del amor que se desprende de ella. Si olvidamos esta conexión que es la estructura íntima del misterio pascual, nos exponemos a decepciones a veces dramáticas. La alegría pascual, en efecto, y el deseo pascual, tienen que contar con la realidad en la que, desde el punto de vista histórico del desarrollo de los acontecimientos en su materialidad, parece que nada ha cambiado: siguen subsistiendo a nuestro alrededor la enfermedad, la muerte, el odio, las agitaciones sociales. La pascua no quita estas realidades de inmediato, pero nos dice que, si Cristo vive en la gloria de Dios, si Cristo vive en la Iglesia y en la historia, si está vivo, por tanto, en nosotros, todo esto no solamente no nos impide amar, sino que nos permite esperar y amar cada vez más. Para el que ha entendido algo de la vida y del amor, ésta es una palabra que lo dice todo; Cristo nos asegura que si uno vive con amor incluso el sufrimiento y la muerte, Dios no le abandona, sino que le acoge, le ama, le conduce hacia la plenitud de la vida y del gozo. El que ama recibe la vida de Cristo, que le hace capaz de transmitir vida a su alrededor. El gozo pascual, por tanto, no es superficial ni desaprensivo, no es la alegría de un instante, sino el gozo capaz de recordar seriamente la cruz de Cristo: de este modo nos ayuda a encontrar los caminos a través de los cuales podemos anunciar a los hermanos la verdadera esperanza.
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