Obispo
El obispo es aquel que está llamado a reconducir continuamente a la unidad y a la autenticidad las múltiples situaciones históricas en las que los creyentes, los bautizados, viven su sacerdocio bautismal: su vida es una referencia a Cristo y un servicio a los fieles, interpretando el camino que el Espíritu les hace cumplir a cada uno. El obispo tiene que saber comprender las realidades con los ojos de la fe y con los del corazón, tiene que sentirlas con el mismo afecto de Cristo, el afecto que Dios tiene a cada criatura. Tiene que percibir la integración entre el dinamismo del espíritu bautismal de cada uno y las realidades familiares y sociales en el mismo momento en que se producen: tiene que percibir la alegría, el sufrimiento, la creatividad, el esfuerzo en la edificación del mundo. El obispo está llamado a interpretar el profundo dinamismo del creyente que se mueve dentro del clima espiritual del mundo contemporáneo, poniendo en él signos de perfecta justicia, libertad, alabanza a Dios. Ésta es la función y el punto de vista del obispo. Esto es lo que le estimula, lo que unifica todos sus esfuerzos. No tiene por qué coincidir necesariamente con ningún otro punto de vista: ni político, ni social, ni económico, ni cultural. Más bien, los integra a todos en un análisis contemplativo de fe, por el cual considera las cosas y lo que hay tras ellas, considera a las personas y las profundas capacidades de bien que se esconden en todas ellas.
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