Muerte
Cada ser humano va al encuentro de su propia muerte, y lo sabe. Ésta es la gran diferencia con respecto al fin de los animales; el hombre conoce, con absoluta certeza, su propia muerte y se defiende contra esta realidad. Puede que decida no querer pensar en ello, lo cual es también una manera de defenderse. Por lo tanto, sólo el hombre está —siempre e inevitablemente— puesto ante su propio fin, o, mejor dicho, ante la totalidad de su existencia. Porque es precisamente en la muerte cuando se produce la plenitud de la existencia humana; es la muerte —y el hecho de caminar hacía ella— lo que nos recuerda el sentido definitivo de nuestras acciones, lo que nos empuja a no aplazar indefinidamente nuestras opciones. En un período de tiempo determinado, el hombre tiene que tomar decisiones. La existencia humana es definitiva, por consiguiente se impone un imperativo ético: el hombre se ve obligado a considerar su vida como algo limitado a un cierto espacio de tiempo que concluye con la muerte. En esta visión existencial, filosófica —¡no biológica, por supuesto!—, la muerte es una realidad que domina toda la vida y en la que e! hombre está llamado a disponer de sí mismo en su totalidad, a pesar de que eso conlleva aceptar que hay algo en su existencia que no procede de él. De hecho, el hombre puede negarse a tomar una postura, puede blasfemar; o puede acoger para sí la realidad de la muerte. El sentido de la muerte es el de colocarnos, de manera definitiva y decisiva, frente a nuestra existencia vista como totalidad, aunque sustraída a una disponibilidad exclusiva.
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