Matrimonio
El matrimonio constituye una innata e irremediable vocación a ¡a unidad de pareja y de familia, una unidad que hay que ir construyendo día a día. Por eso, las palabras de Jesús valen para todas las familias: «Te pido que todos sean uno, Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, de tal manera que puedan ser uno, como lo somos nosotros». La experiencia de los primeros años de matrimonio es precisamente aquella en la que se busca con ahínco construir esta unidad, con el entusiasmo, la alegría de ver que estamos hechos el uno para el otro, pero también con la dificultad que supone descubrir que no somos lo que pensábamos, y que, por tanto, nos espera un largo camino de integración, de ascesis, de perdón, de paciencia. Porque la unidad no es obvia; que dos personas vivan juntas durante mucho tiempo sin cansarse la una de la otra, sino reconociendo cada vez más el don de Dios, es un milagro, es un don que Dios nos da, es una gracia. Llevarse bien en familia no es obvio, ni natural; lo natural es lo contrario. Es la gracia del sacramento del matrimonio la que nos compromete a vivir «en dos» y «a dos» un camino único, llevando a cabo todas las acciones de la jornada no ya con la mirada de la persona sola, libre de elegir y hacer lo que le da ¡a gana exigiendo que la otra la respete; por el contrario, es preciso que todo, directa o indirectamente, se haga «en dos» y «a dos», o al menos en función el uno del otro. Esto es muy difícil: hay personas que, incluso después de años de matrimonio, siguen sin entenderlo; se quejan de que tienen problemas, no se sienten comprendidos, y lo que ocurre es que no han entendido esta regla fundamental.
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