Libertad
El manifiesto de la libertad interior son las bienaventuranzas, es decir, la profunda actitud de desapego de lo que poseemos (dinero, éxito, poder, proyectos, pretensión de gestionar nuestra propia vida). Por la pretensión de gestionar nuestra vida y la de los demás, sin dejar ningún espacio de desapego en lo profundo, nos hacemos esclavos de las cosas, de los compromisos, de las expectativas de los otros, de la imagen que los demás tienen de nosotros. La libertad de las bienaventuranzas es la de los hijos que no se preocupan del mañana, porque confían en el Padre celestial. Esta libertad es progresiva: hacen falta muchos años, mucho esfuerzo, muchas tribulaciones para adquirirla; no se nos da en seguida. Por tanto, estamos en camino hacia la verdadera libertad con la que Cristo nos ha librado, y cuando recibimos la eucaristía, cuando quedamos absueltos de nuestros pecados, damos un paso hacia adelante. Se trata de un camino que involucra toda nuestra existencia; es un camino doble, y la espiritualidad cristiana siempre lo ha calificado de purificación «activa» y «pasiva». La purificación activa consiste —empleando un término moderno— en saber escoger y, por tanto, también en saber renunciar, cuando es preciso, con vistas a un bien superior. Con la purificación activa jamás llegaremos a la libertad total, por eso interviene la acción purificadora del propio Dios. Es extremadamente importante descubrir la mano purificadora de Dios en nuestra vida: en la oración, en las amistades, en las relaciones públicas y privadas, en los negocios, en las enfermedades, en los cansancios, en las decepciones. Dios nos purifica por medio de mil acontecimientos, mil situaciones, y nosotros debemos serenamente abandonarnos a su acción, dejándonos, por así decirlo, descarnar, seguros de que él nos ama y que su mano es más sabia que la nuestra.
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