Jesús
Jesús es el don definitivo de Dios, es la plena revelación del misterio. Don y revelación que emanan de que él no es sólo un signo de Dios, un bien que brota de la infinita ternura de su amor, sino la comunicación del mismo Dios, tal y como es. Su ser profundo es propiamente divino y plenamente humano. Su historia pertenece personalmente a Dios y a la vez tiene ritmos, tiempos, momentos realmente humanos. El climax de esta singular historia de Jesús —la «hora», como la llama el cuarto evangelio— es la pascua: en ella el amor del Padre no sólo se comunica plenamente al hombre mediante la donación total del Hijo y la efusión del Espíritu, sino que también vence y destruye, mediante el sufrimiento amoroso de Cristo y su poderosa glorificación, el pecaminoso rechazo que el hombre opone al amor de Dios. Por tanto, celebrar el misterio de Dios, hallando en él plenitud de vida y de salvación, para el hombre significa unirse a Cristo, acoger su vida, celebrar su pascua.
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