Hombre
«Oh Dios, Creador y Padre nuestro, te alabamos y te bendecimos porque eres grande y porque nos comunicas la vida. Te damos gracias porque nos has hecho como un prodigio, porque nos has tejido en lo profundo. Eres tú el que has creado nuestras entrañas y nos has tejido en el seno materno. Tus obras son maravillosas y tú nos conoces hasta el fondo.» La actitud más espontánea del hombre, ante su vida, es la de sorprenderse y maravillarse. Y nuestro canto de alabanza, cuyas motivaciones profun das están tan bien expresadas en el salmo 138, es un canto a la misteriosa acción de Dios que «teje» y «amasa» a la criatura humana en el seno de la madre. Dios conoce al hombre desde sus orígenes más recónditos; conoce al feto que ningún ojo puede distinguir porque él es desde el principio el Señor de las entrañas del hombre, es decir, de todo lo más oculto que hay en él. El hombre, por tanto, pertenece a Dios desde el seno materno, y en esto reside el fundamento último de su grandeza y de la grandeza de su vida. La mirada del Señor no se limita a percibir un ser invisible a toda mirada humana; también entrevé, en aquello que aún es informe, al adulto del mañana, cuyos días ya están escritos en su libro. En esta perspectiva, el hombre es el prodigio, el milagro más grande de Dios, es una de las acciones gloriosas y reveladoras del mismo Dios. El embrión humano es ya un signo del amor creativo de Dios, una manifestación de su imaginación creadora, de su esplendor; es la prefiguración de un proyecto, la introducción a una de las páginas del «libro de la vida», el comienzo de una vocación. El misterio del hombre creado por Dios es verdaderamente grande.
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