Filiación
La misión de los creyentes no es la de ser protagonistas sino testigos. Requiere de los creyentes unas decisiones valientes y una actividad incansable, pero no para lucirse ellos, sino para servir a Jesús. Lucas narra la parábola de los siervos que, después de trabajar todo el día en los campos, no pueden descansar porque tienen que preparar la cena del amo. Y encima se les invita a declararse «siervos inútiles». Por un lado, el trabajo que hay que realizar se hace enorme; por el otro, no existe la menor posibilidad de gratificante complacencia por el servicio prestado. Todo esto puede hacer sospechar una dureza de alma por parte del amo. Sin embargo, es precisamente este reconocimiento de la inutilidad del servicio lo que permite a los siervos cambiar de mentalidad y entrar en una nueva dimensión espiritual, donde lo que cuenta no es tanto la ejecución puntual y perfecta del trabajo (la «justicia de los escribas y fariseos» de la que habla Mateo, que en la práctica se revela como carente de amor), sino la relación de amor, de gratitud, de humildad, de familiaridad con el amo. El amo se convierte en padre, los siervos en hijos, conscientes de que todo lo que hacen no es nada comparado con el inmenso amor que han recibido. Entonces seguirán trabajando y sirviendo, pero no con la pretensión de hacer algo importante y resolutivo, sino con la intención de manifestar signos auténticos con los que expresar su gratitud y su voluntad de compartir la amorosa solicitud del amo ausente. Esta solicitud no tiene límites, y este amor de los siervos convertidos en hijos tiene la insaciabilidad y el dinamismo incansable propios de la caridad.
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