Fidelidad
La fidelidad —que es coherencia con uno mismo, con sus propias promesas, y fidelidad al otro, sea éste un ser humano o sea el Señor Jesucristo— es tan importante que no hay que temer algún que otro automatismo. Conservar la fidelidad durante toda la vida bien vale el riesgo de la rutina, Además, hay automatismos y automatismos. Está el automatismo razonable y el irracional. El razonable es bueno, porque nos lleva a realizar unos gestos con espontaneidad, con inmediatez, casi de forma instintiva, porque son gestos derivados de opciones racionales y auténticas. En cambio, el automatismo irracional no lo es tanto, ya que persevera gracias a unos condicionantes meramente (externos y simula una realidad que no existe; se hacen unos gestos (como, por ejemplo, un detalle para un cumpleaños) porque la situación lo exige y no por amor ni por cariño. Por tanto, el automatismo en sí no es ni bueno ni malo. La fidelidad es la virtud que genera automatismos buenos. No debemos tener miedo de ahondar las raíces de nuestra fidelidad, incluso en los gestos instintivos o repetitivos, porque así éstos serán siempre verdaderos. Por ejemplo, siempre podremos y deberemos reforzar la raíz mediante la oración, la gracia, el recurso a la misericordia de Dios, la meditación, pero no nos asustemos si algunos gestos los realizamos a lo mejor sin sentir nada en ese momento, porque el sentimiento está ya en la raíz, en lo hondo.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.