Eutanasia
Actualmente, la máxima aspiración del hombre frente a la muerte es la de no sufrir, ni por el dolor propio ni por el dolor ajeno. Puede ocurrir, en consecuencia, que el esfuerzo humanitario hacia el moribundo corra el riesgo de tender siempre y únicamente a aliviar el sufrimiento, tanto físico como psicológico. Cuando nos situamos en esta perspectiva, podemos llegar a justificar la misma eutanasia, entendida en la acepción estricta de una aceleración de la muerte de otro para poner fin, en él y en nosotros, a un sufrimiento inevitable. En este sentido, la eutanasia es el síntoma de que se ha perdido la esperanza. En efecto, para el sufrimiento que el hombre puede soportar no existe más medida que la que marca la esperanza que lo sostiene. Lo que hay que buscar entonces, frente a la experiencia suprema de la vida, es aumentar la esperanza al tiempo que nos esforzamos por aliviar el sufrimiento. Si darle a la muerte una palabra y un rostro más familiares parece tarea ardua, y hasta imposible, para muchos de nuestros contemporáneos, esto se debe quizá a nuestra mala costumbre de querer solamente tiempos cortos o palabras clamorosas. Nos resulta difícil pronunciar palabras y realizar gestos cuyo resultado no podarnos apreciar de inmediato en el rostro y en la respuesta de nuestros interlocutores. En cambio, las palabras y los gestos capaces de articular los sentimientos y el sentido de las cosas, y por tanto el mismo sentido de ¡a muerte, sólo pueden ser palabras y gestos pacientes, lanzados como la semilla en la tierra: no con amargura, sino sabiendo que darán fruto más tarde.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.