Enfermedad
La única manera de vivir la enfermedad —y no simplemente soportarla como un tiempo muerto de la existencia — es la de buscarle un sentido, una orientación positiva para el camino del espíritu, aun en medio de la paralización de los miembros, de la pasión y la humillación de la carne. Reconocerle un sentido a la enfermedad es posible, pero a condición de que volvamos a cuestionarnos el sentido de la vida humana. Para reconocer que también las cosas que se padecen —y sobre todo ellas mismas— alimentan la libertad del hombre, primero hay que reconocer que toda libertad humana empieza con e! signo de la obediencia. Cuando el hombre aprende a superar una visión posesiva y pagada de sí de los bienes terrenos, entonces también aprende a creer y a esperar más allá de la pérdida de esos bienes. La pérdida de la salud no conduce a la humillante conclusión de que la vida ya no es posible, conduce más bien a Invocar y a esperar una salud o una salvación que alcanza al hombre cuando éste ha juntado ya sus manos inoperantes. La pasión extrema de la enfermedad mortal es la experiencia humana en la que misteriosamente se experimenta la suprema libertad: la libertad de la fe, y no la de las obras. En esta lucha suprema, los hermanos, que quedan al margen y tampoco saben qué hacer ni qué decir, también participan, pero en la misma actitud del agonizante, es decir, juntando sus manos, en la fe y en la invocación. Su constancia y su valor al permanecer junto al hermano que sufre, aunque no puedan hacer nada por él, es la única forma de participar y comunicarse más allá de toda palabra.
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