Discípulo
¿Quién es el discípulo, quién es el cristiano —hombre y mujer— que madura en un camino espiritual? Podemos contestar que es aquel que no pretende ir más allá de sus posibilidades, sino que hace cuanto puede con todo su ser, con originalidad, con entrega, con desinterés, identificándose con Jesús pero sin pensar demasiado en ello, ya que es el propio Señor quien lo arrastra en su vórtice espiritual. ¿Y quién es un mal discípulo? Aquel que no entiende estos valores, que los critica, que se inclina hacia gestos grandilocuentes y cosas rimbombantes. Son malos discípulos aquellos que no comprenden la importancia de los gestos sencillos, esas obras hermosas que ve el Padre celestial y que ven los hombres sensibles al encanto del aroma de las bienaventuranzas evangélicas, esas obras que alaban al Padre porque son genuinas, mientras que de todas las demás obras siempre cabe pensar que pueden tener una segunda intención, un motivo inconfesable. Las buenas obras de las bienaventuranzas son las obras cristianas sencillas, que no se ponen en evidencia.
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