Diablo
Etimológicamente, «diablo» significa división, aquel que separa, que divide; como consecuencia, el término ha pasado a significar acusador, calumniador, maldiciente. La Biblia lo emplea para designar todo adversario del Reino de Dios, empezando por el primer adversario, e indica la actitud de todo aquello que es enemigo de lo verdadero y del hombre. El adversario manifiesta su enemistad lanzando las semillas de la división con falsas acusaciones y calumnias; podemos observar claramente hasta qué punto esta fuerza de división —mediante acusaciones, calumnias, falsas interpretaciones, malentendidos inflados como globos— está funcionando continuamente en la comunidad humana y en la comunidad cristiana, i Pensemos en cuántas divisiones y cuánto malestar hay en la comunidad, y en cuánto daño acarrean, haciendo así el juego del enemigo de Dios! Si después nos cuestionamos en un ámbito más personal, podremos descubrir, en la historia de cada uno de nosotros, que es enemiga del Reino de Dios toda realidad que tiende a crear división en el interior del hombre. Todo aquello que nos divide interiormente, por ejemplo con falsas autoacusaciones y remordimientos, o calumnias sobre Dios —insinuándonos la ¡dea de que tal vez Dios se ha olvidado de nosotros, que no nos ama como pensamos, que nos ha abandonado, que no vamos a conseguirlo, que no tendremos la fuerza para superar tal o cual dificultad—: todo esto es lo que el enemigo arroja en nuestro interior para dividirnos y abatirnos. Otras veces, por el contrario, el diablo nos inocula el veneno de la presunción, como intentó hacer con Jesús, invitándole a abusar de su poder, de sus cualidades y capacidades.
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