Cosmos
El cosmos es el primer templo, constituido por el universo entero: «¡Qué grande es la casa de Dios! ¡Qué ancho es el lugar de sus dominios!». El profeta Baruc nos recuerda que Dios se revela ya en la admirable arquitectura del universo. En este marco se lleva a cabo una liturgia a la que están convocados cielo y tierra. «Las estrellas brillan desde sus atalayas y se gozan; él las llama y ellas contestan: "¡Aquí estamos!" y brillan de gozo por su creador.» En el espacio cósmico del universo ilimitado se realiza, por tanto, una especie de sagrada congregación («Iglesia» significa, precisamente, «congregación») en la que Dios llama al ser y a la alabanza a las estrellas, a la luz, a los seres vivos de toda especie. Sabemos que, por muy amplio, espacioso e inmenso que sea el espléndido edificio que contemplamos, no es más que la partícula de un universo cuyo límite no acaba de revelarse a los científicos. Como dice Baruc: «Es grande y no tiene fin, es alto y sin medida». Por tanto, somos los pequeños habitantes de un punto del planeta Tierra, que a su vez es un átomo comparado con los horizontes ilimitados, todos ellos con carácter sagrado, todos ellos capaces de cantar, a su modo, las alabanzas del Dios creador.
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