Conversión
Nos preguntamos en qué consiste cambiar de vida, qué es la conversión —en griego metánoia—, el cambio de mentalidad o de horizonte. En síntesis, creo que se puede responder que la conversión incluye tres aspectos, tres realidades: una conversión religiosa, una conversión ética y una conversión intelectual. - La conversión religiosa es la decisión de poner a Dios por encima de todo. No significa llegar a ser santos en seguida, pero indica la decisión radical de poner a Dios por encima de todo y someternos a él. Se trata de un cambio de horizontes fundamental e importantísimo. Mi vida tiene en cuenta la primacía de Dios y de él dependo en el bien y en el mal, en la enfermedad, en la muerte. - La conversión ética es la manifestación externa de la conversión religiosa: consiste en la de cisión de no servir a los ídolos, de no ser esclavos de ídolos antiguos o paganos o de ídolos permanentes, como son el dinero, el placer, el éxito, el poder. En otras palabras, la conversión moral consiste en subordinar nuestro interés inmediato a la justicia. Esta conversión es un don, no es fruto únicamente de mi esfuerzo, es don de Dios, es el Espíritu Santo en nosotros, es Cristo que vive en nosotros. Por tanto, la decisión consiste en aceptar la idea de someternos a la guía del Espíritu Santo y de vivir una vida según el Espíritu. El hombre verdaderamente convertido en el aspecto religioso y en el aspecto moral es el hombre de las bienaventuranzas, entendidas no solamente como las nueve bienaventuranzas de Mateo, sino también como la bienaventuranza de la práctica de la Palabra, la de la fe, y la de Hechos 20,35: «Hay más felicidad en dar que en recibir». Doce bienaventuranzas —también podrían citarse otras— que forman una unidad, que se condicionan mutuamente, que nos ofrecen el cuadro del hombre que ha aceptado el camino de la conversión. - La conversión intelectual no es tomada directamente en consideración por las Escrituras, ya que se trata de una actitud, de alguna manera, previa. Es la sabiduría humana que ha llegado a comprender que el hombre no puede vivir de apariencias inmediatas, sino que tiene que tener la fuerza de razonar según la búsqueda de la evidencia intrínseca y de las razones profundas de lo verdadero y de lo falso.
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